2 jun. 2016

La Historia de Queitaris (V): El Muro de Tergocles.

He aquí un nuevo capítulo de la historia de Queitaris, la ciudad que juega un papel vital en toda la saga de Helárissos. Esta nueva entrada prosigue con la vida y obra de Tergocles Antodeo, una de las figuras más determinantes en el devenir de la Ciudad Eterna. ¡Espero que os guste!

“Y así, mientras las tropas rebeldes avanzaban hacia el sur y cundía la anarquía en todas las ciudades de Áquiros, Tergocles convocó a sus más fieles tropas, incluyendo la guardia imperial y la afamada legión kemonisea al mando del leal Sécrato, y las acantonó en el estrecho istmo que une la Península del Halcón con el Dominio de Áquiros. Al mismo tiempo, la flota leal al Emperador zarpó para bloquear los puertos rebeldes de Coszio y Alba Sersia y proteger el Oleuteris y las Playas Blancas, pues sólo en estos lugares la escarpada costa de la Península permitía realizar un desembarco. De este modo, Queitaris quedó completamente rodeada por un cerco de escudos y lanzas.

Pero Tergocles no se limitó a aguardar. En secreto hizo llegar mensajes a todas las guarniciones de las provincias exteriores del Imperio: La Marca, Alberanir y Kemoia; y les dio la orden de mantenerse al margen del conflicto a toda costa, pues su deber era salvaguardar la integridad del Imperio, y el Emperador sabía que, si las tropas acantonadas regresaban a Áquiros a combatir, el dominio aquíreo que tanta sangre y dolor había costado mantener se derrumbaría en cuestión de días.

Y tanto era el prestigio de Tergocles, tanta la fama que se había labrado entre los legionarios, que salvo unas pocas excepciones la mayoría de guarniciones acataron su orden e ignoraron las amenazadoras exigencias de Ecnérides para que se unieran a los senadores rebeldes. Mucho han discutido los sabios el por qué de esta acción de Tergocles, ya que le habría resultado fácil atraerse a las legiones y, con su poderío, aplastar a los rebeldes. Algunos dicen que antepuso el Imperio a su propia supervivencia, otros que ya entonces había tomado la decisión que trastocaría por siempre la historia de Helárissos. Muchas son las sombras que se atisban al tratar de desentrañar el pasado, y sólo los Dioses podrían iluminar nuestra ignorancia.

Y así por fin el numeroso, aunque desorganizado, ejército senatorial llegó a las inmediaciones de la Península con la intención de tomar Queitaris y ejecutar a Tergocles. El Emperador se puso al frente de sus leales, y ambas huestes se enfrentaron en una sangrienta batalla. Cuentan las crónicas que, en los llanos de Caude, hasta tres veces avanzaron las tropas rebeldes, y tres veces lograron los legionarios de Tergocles expulsarles. Al final el propio Emperador marchó bajo el estandarte mientras caía la noche, y derrotó a los rebeldes. Cuentan que el cielo nocturno se tiñó de rojo. Rojo fuego, rojo sangre, y también el profundo púrpura de una magia antigua.

Al amanecer la tropa rebelde huyó en desbandada del lugar, y dicen que el propio Ecnérides salvó la vida agarrándose al estribo de un jinete mercenario. Sécrato y otros generales fieles abogaron por perseguir al enemigo y acabar de una vez por todas con los senadores traidores, pero Tergocles se negó. ‘¡Si no les damos caza, la guerra continuará y muchos otros morirán!’ protestaron sus hombres. Tergocles sacudió la cabeza y oteó con tristeza hacia sus espaldas, hacia Queitaris. ‘Haga lo que haga, Áquiros sangrará. Ya nada puede evitar eso.’

Y dicho esto, Tergocles mandó acantonar a las tropas y proteger la Península a toda costa, mientras a sus espaldas un ejército de canteros, carpinteros, herreros y tallistas se afanaban en alzar un gran muro que cerrase por completo el istmo entre Queitaris y Áquiros. Fue aquélla una tarea titánica, una proeza digna de leyenda, pues mientras los legionarios resistían embate tras embate de las tropas rebeldes (si bien nunca tan brutales como el primer asalto que habían rechazado), la poderosa muralla crecía sin cesar gracias a la voluntad de Tergocles, al sacrificio de unos entregados queitaris, y quién sabe si a algo más.

¿Intervino la magia en aquella magna obra? ¿Era aquella misteriosa mujer, cuya sombra siempre envolvía a Tergocles, en verdad una hechicera del Magis ekón? Los eruditos rechazan tales ideas como burdas fantasías, pero no cabe duda que sólo la magia de un poderoso Heptaqón parece explicar el rápido avance de la construcción del muro de que hablan los cronistas de la época.

Jugara o no la magia un papel en ello, por fin el muro quedó levantado. Aún hoy en día, cualquiera que lo contemple por primera vez se siente atenazado por su imponente apariencia, con sus poderosos contrafuertes y sus torres circulares. Cuando se cerró el último lienzo, las tropas leales se refugiaron tras él, y el Oleuteris quedó cerrado por dos gruesas cadenas de acero. También en Playas Blancas se habían alzado imponentes fortificaciones. Queitaris y su Península eran ahora inexpugnables.

Una nueva hueste rebelde se aproximó al muro. A su cabeza, vestido de blanco y dorado, cabalgaba un ensoberbecido Ecnérides, quien se había hecho proclamar Cónsul Supremo. A la sombra de las altas torres de piedra, los senadores pidieron audiencia con aquél que llamaban tirano y monstruo. Tergocles se asomó desde lo alto del parapeto, ataviado con la tiara y el manto imperial, y les saludó con voz cálida.

Ecnérides se burló de él con palabras rudas y exigió su rendición inmediata y la entrega de Queitaris, o arrasarían con todo lo que encontrasen a paso. Más aún, el supuesto Cónsul se pavoneó luciendo sus vestiduras, proclamando a voz en grito que toda Áquiros estaba con él. Dicen que Tergocles sonrió feroz al oír aquello, pues sabía que no era cierto. Unos pocos meses habían bastado al ambicioso Voreo para demostrar su ambición y su tiranía, y ya muchas voces comenzaban a alzarse contra la iniquidad de los autoproclamados libertadores.

Tergocles respondió con firmeza, acallando las bravatas de Ecnérides. Ningún ejército mercenario atravesaría jamás el muro. Cualquier asalto no serviría más que para provocar un inútil baño de sangre. Pero el propio Tergocles tampoco deseaba prolongar aquella guerra estéril, aunque bien podía convocar a las guarniciones exteriores y barrer Áquiros con ellas. Por todo ello, estaba dispuesto a aceptar que el Senado gobernase Áquiros. ‘Pero no Queitaris.’ Añadió con voz tonante. ‘Esta ciudad permanecerá bajo mi cuidado y el de mis descendientes, y sólo sus gentes decidirán su destino.’

Cuentan que Ecnérides enrojeció de rabia ante estas palabras, aunque fingió tomárselas a broma. Pero sus chanzas y sus insultos vacíos murieron bajo la poderosa voz de Tergocles Antodeo:

‘Vosotros, senadores, elegidos por el pueblo de entre el pueblo, habéis traicionado vuestros juramentos y traído la guerra a nuestra tierra. Por evitar derramamiento de sangre, no os combatiré. Pero tened esto en cuenta: sólo si aceptáis mis términos, Áquiros podrá mantener su esplendor y dominio sobre toda Helárissos. De lo contrario… ¡éste será el fin del mundo que hemos conocido! ¡El Imperio Antiguo ha muerto, suya es la sangre que mancha vuestras manos!’

Y dicho esto se arrancó el manto y la tiara y los arrojó al vacío. Luego se dio la vuelta y desapareció, abandonando a Ecnérides y sus seguidores en un insoportable silencio de confusión y duda. Cuentan que algunos de los senadores apostaron por atacar de todos modos, pero la mayoría de los rebeldes se sintieron intimidados por la amenazadora sombra del muro y las feroces palabras de Tergocles, y optaron por volver grupas de vuelta a Táberis.

Y así Tergocles Antodeo se ganó el nombre de Último Emperador, renunciando voluntariamente a la misma corona que, durante los primeros años de su reinado, muchos auguraban que perdería por traición o revuelta. Y con su acto inesperado puso fin a la dinastía imperial que había gobernado Áquiros desde el trono de Queitaris, y el dominio aquíreo volvió de nuevo al Senado de Táberis. Pero la leyenda de Tergocles aún no había terminado, pues como señor de Queitaris todavía le aguardaban grandes proezas y grandes penas, y un papel que jugar en un mundo convulso y tambaleante.

Pues cuentan quienes compartieron sus días con él que Tergocles, ya entrado en la madurez y con demasiadas cicatrices en su piel y en su corazón audaz, comenzaba a comprender por fin que su destino no era salvar un mundo moribundo, sino ayudar a dar forma a uno nuevo, uno en el que Queitaris podría por fin brillar con luz propia como la ciudad singular y sagrada que era, un faro de conocimiento y esperanza a orillas del Mesogeis.”

Subödai u-Xiúr