23 sept. 2016

La Historia de Queitaris (VII): El Gran Ducado de Alberanir.

Aquí llega un nuevo capítulo de la afamada historia de Queitaris. En esta entrega se narra la debacle final del Imperio Aquíreo y el establecimiento del Gran Ducado de Alberanir, un capítulo tumultuoso en el que la Ciudad Eterna volvió a jugar un papel esencial.

“Tras la muerte del gran Tergocles, el renovado Dominio Aquíreo mantuvo todavía su posición hegemónica en Helárissos durante unos cuantos años, bajo el gobierno del Senado de Táberis. Pero el convulso período de las Guerras Tergoclias había debilitado enormemente el poderío aquíreo. La sociedad seguía dividida y se enfrentaba a menudo siguiendo la estela de demagogos y charlatanes; el hambre y la pobreza golpeaban a los más humildes; y las legiones que todavía sostenían el dominio de Áquiros eran pasto de la indisciplina, la mala preparación y la desidia.

En verdad poco quedaba ya del Antiguo Imperio. Los estandartes aquíreos habían sido expulsados de casi toda Kemoia, su dominio sobre la franja oriental de la Marca era cada vez más tenue, y sólo en Alberanir mantenían todavía fuertes guarniciones en las tierras bajas. En cuanto a Queitaris, aunque nominalmente estaba sometida al Senado, en la práctica gozaba de gran autonomía y sus líderes a menudo ignoraban las órdenes venidas de Táberis. Era el tiempo de otros pueblos, tal y como Tergocles había vaticinado, pero ¿quién no se ha dejado cegar jamás por el orgullo y el miedo a los cambios?

Y así, cuando apenas treinta años habían transcurrido desde la muerte de Tergocles, una gran rebelión estalló el Alberanir. Un joven llamado Aelarus la lideraba, nieto del anciano Föerius. Según las crónicas de la época, era un gran jinete y un guerrero sin parangón, y hacía gala de la misma determinación que su abuelo. Pero además, Aelarus pronto dio muestras de un talento diplomático del que su ilustre antecesor siempre careció.

Tras una serie de fulgurantes victorias contra las guarniciones aquíreas más próximas a las montañas, Aelarus logró que la asamblea de barones le nombrara duque de Alberanir, el primero en ostentar ese título en siglos. Investido con semejante poder, convocó a los caballeros de Alberanir y, durante un histórico encuentro, denunció los vergonzantes pactos por los que sus ancestros se habían sometido a Áquiros y proclamó la libertad de toda Alberanir.

Muy pronto sus feroces jinetes expulsaron a los aquíreos de las tierras altas, y Aelarus se aprestó a hacer lo mismo con las tierras bajas de su patria. Para ello contaba con una gran ventaja, ya que su abuelo le había instruido a la perfección en las tácticas de las legiones, y supo adiestrar a sus caballeros para contrarrestarlas. Tras unas semanas de maniobras, y en contra de la opinión de varios barones que apostaban por continuar con la táctica de guerrillas del pasado, Aelarus se enfrentó en batalla campal contra una de las tres legiones estacionadas en Alberanir, y la aplastó por completo. El eco de semejante victoria animó a más barones a unirse a la rebelión.

Cuando el Senado supo de la derrota, se aprestó a enviar refuerzos. No fue una decisión fácil, y hubo graves discusiones entre los senadores y un clamor entre la plebe que no entendía el empeño de seguir luchando y sangrando por una tierra mucho menos productiva que Kemoia o la Marca. Así piensan a menudo las gentes humildes, que sólo desean pan y calma para afrontar los sinsabores de la vida. Para los senadores, en cambio, perder Alberanir suponía renunciar al último vestigio imperial, amén de la riqueza minera de las tierras altas. ¿A quién dar la razón? A ojos de la historia, la gloria y el poder son seductores y la lógica del gobernante siempre parece sólida, mientras que la sangre derramada, los lamentos y la miseria pronto se olvidan. Sea como fuere, el Senado decretó una movilización general, hizo levas y puso al frente de las nuevas legiones al general Evaro Férides Miliro.

Muchos cronistas bautizan a Evaro como el último general brillante de Áquiros. Bien es cierto que supo ver las debilidades de sus legiones, bisoñas y mal armadas, y decidió que el modelo de legión aquírea, que apenas había variado desde los tiempos de Cládiques, había quedado obsoleto. Ni sus hombres ni las arcas de Táberis podían sostener ya una campaña duradera con grandes legiones en liza. Así pues, Evaro reorganizó las levas en cuerpos más pequeños y móviles, con mayoría de arqueros y soldados ligeros, y marchó a Alberanir.

Fue la llamada Guerra de Invierno, a causa de las terribles nevadas y el frío gélido que cubrió el norte de Helárissos aquel año. Gracias al talento de Evaro, los aquíreos lograron mantener a duras penas sus posiciones en las tierras bajas, pero todos sus intentos de internarse en las montañas acabaron en desastre. Aelarus y sus caballeros siempre llevaban la iniciativa y a menudo lanzaban devastadoras razias en el llano.

La guerra pronto dejó exhaustas las arcas de una Áquiros que se desangraba a ojos vista. Evaro se desgañitaba solicitando refuerzos mientras realizaba verdaderos milagros para mantener su precaria posición. Pero cada vez que el Senado trataba de hacer nuevas levas se arriesgaba a una revuelta, y apenas podía asegurar el aprovisionamiento de las tropas. Sólo la mayor prosperidad de Queitaris, que aportaba recursos para la guerra a regañadientes, evitó durante un tiempo el desastre.

Pero al final, la carestía y el hambre se enseñorearon de Áquiros. Los tumultos se convirtieron en rebelión y el Senado cayó, sustituido por una asamblea de emergencia bajo el mando del Cónsul Baro Mádiques Ecneo. Este nuevo gobierno se mostró pronto débil e indeciso, más preocupado por restablecer el orden y poner freno a las protestas de los hambrientos que por resolver un conflicto lejano.

Abandonadas a su suerte, las tropas de Evaro se enfrentaron a Aelarus en el monte Sórik en una última batalla. A pesar de su talento y de la resistencia de sus hombres, pronto las huestes aquíreas se vieron sobrepasadas, y al atardecer sus filas se rompieron y fueron barridos por la carga furiosa de la caballería alberaní. Evaro fue capturado y, tras un breve encuentro con Aelarus, quien se mostró clemente y cortés con él, fue devuelto a Áquiros con un mensaje muy claro: Alberanir es libre.

El destino del fiel Evaro fue en verdad terrible. Insultado y vituperado a su llegada a Táberis, nadie tuvo en cuenta su valor ni su talento, y el Cónsul Baro lo hizo ejecutar por su derrota. Los Dioses pronto le harían lamentar tan insensata decisión.

En medio del caos y los disturbios, y aprovechando que contaba con la lealtad de las tropas, Baro se hizo con el poder y se proclamó emperador. Así se inició el fugaz Imperio Medio, cuya breve historia es un compendio de inestabilidad, enfrentamientos civiles, conjuras y traiciones. Así, el arrogante Baro apenas aguantó seis meses en su trono antes de ser asesinado. Le sucedió su primo Cládiques, tan enamorado de la leyenda de su augusto nombre que soñaba con restablecer la vieja gloria imperial a golpe de espada. Dos semanas de locuras y órdenes imposibles se saldaron con su cabeza en una pica y un simple capitán de la legión taberisea sentado en el trono: Sílies Arneo.

Y mientras Áquiros se desangraba de tal modo, el victorioso Aelarus había asentado su poder en Alberanir y planeaba gestas aún mayores. En su corazón albergaba la intención de convertir a los opresores en oprimidos y grabar su nombre en los lied de su pueblo para siempre. Pero antes tenía que hacer frente a una nueva amenaza que había despertado en Kemoia.

Por aquel entonces los últimos retazos de los acuerdos que Tergocles había logrado arrancar a los revoltosos kemoníes habían saltado en pedazos, y una nueva secta del Profeta Mártir se había adueñado de las marcas más septentrionales de Kemoia. Las tropas fanáticas, tras ser rechazadas en el sur, marchaban hacia el norte para extender su guerra sagrada contra los herejes. Aelarus reunión a sus mesnadas y cabalgó para defender las fértiles tierras bajas de Alberanir. La guerra entre ambos pueblos, que hasta entonces apenas se habían enfrentado entre sí al hallarse bajo la paz común de Áquiros, fue terrible y sangrienta. Pero al final se impuso el poderío de la caballería alberaní, y Aelarus extendió sus dominios hasta los límites de Kemoia.

El joven y valiente duque se sentía fuerte y sus victorias habían dado alas a su ambición. Entre los suyos hablaba abiertamente de crear su propio imperio, pero para ello sólo había un camino: Áquiros, y por encima de todo la Ciudad Eterna, Queitaris, donde tantos emperadores habían establecido su corte en el pasado. Dispuesto a lograr tal gesta, Aelarus lanzó a sus huestes hacia occidente, una tropa numerosa que contaba con la mejor fuerza de caballería que jamás había hollado la tierra de Helárissos.

Aelarus puso sitio a Coszio y la tomó en pocos días, quemando buena parte del exiguo poder naval aquíreo. El terror se extendió rápidamente por Áquiros, que se veía invadido por primera vez desde las lejanas Guerras del Mesogeis. El emperador, Sílies, que había servido a las órdenes del malogrado Evaro, logró reorganizar las  tropas y plantó cara al invasor. Pero a pesar de su valor, Sílies no era Evaro ni estaba a la altura de los grandes generales del pasado. Sufrió una terrible derrota a las puertas de Emerasta, y fue asesinado por un esbirro de sus rivales políticos mientras trataba de huir.

Con su muerte pereció la última resistencia de Áquiros. Cinco emperadores se sucedieron en poco tiempo, todos ellos peleles de facciones ferozmente enfrentadas, mientras la caballería alberaní avanzaba sin apenas oposición. Fue entonces, durante esta debacle, cuando las Guardianas se marcharon de Áquiros y establecieron su refugio en las montañas occidentales, en la célebre ciudadela de Hacra.

Finalmente, con buena parte de Áquiros en poder de los alberaníes y la caballería a las puertas de Táberis, el duque Aelarus se avino a parlamentar con el emperador, un anciano senador llamado Graelo. ¿Por qué, con la victoria al alcance de su mano, accedió el joven conquistador a negociar con un enemigo casi vencido? Tal vez porque el verdadero objeto de su deseo era Queitaris, y sabía que ni siquiera sus afamados caballeros podrían derribar el Muro de Tergocles. La Ciudad Eterna, incluso con una pequeña guarnición, era inexpugnable.

Según cuentan las crónicas, cuando Aelarus se reunión con Graelo y los senadores, les propuso dos alternativas: O se rendían y le entregaban Queitaris, a cambio de conservar algunas de sus ciudades y cierta autonomía, o arrasaría Áquiros de extremo a extremo. Graelo cedió, cabizbajo.

Y así Aelarus atravesó triunfante el Muro de Tergocles a la cabeza de sus caballeros y estableció su trono en Queitaris como Gran Duque de Helárissos. La ciudad se sometió a regañadientes, aunque los queitari, según cuentan, no tardaron en apreciar la magnanimidad del joven duque, quien por otra parte les había librado de una vez por todas de los últimos vestigios de influencia aquírea.

Bajo el astuto gobierno de Aelarus, el Gran Ducado de Alberanir se convirtió en la nueva potencia hegemónica de Helárissos, un reino que se extendía desde Kemoia hasta el este de Áquiros. El oeste de Áquiros, por otra parte, quedó convertido en un pequeño estado tributario gobernado desde Táberis. Graelo fue depuesto en una ceremonia humillante, y tras una tumultuosa transición se formó un nuevo Senado para gobernar el menguado Dominio de Áquiros.

Así sucede a menudo con el devenir de la historia. Tal y como anticipara el sagaz Tergocles, la estrella de Áquiros se había apagado por fin tras años de estertores y lenta agonía, y una nueva luz brillaba en el firmamento. Y como tantas veces había sucedido en el pasado, Queitaris estaba llamada a jugar un papel fundamental en el nuevo orden, ¿pues qué otra urbe en toda Helárissos puede rivalizar con el esplendor y la grandeza de la Ciudad Eterna?”

Subödai u-Xiúr

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