10 dic. 2017

La saga de Helárissos por fin disponible en papel

Me complace anunciar que, a partir de hoy, ya están disponibles en formato físico los tres primeros volúmenes de la saga de Helárissos. Podéis haceros con ellos a través de Amazon:




¡Ahora ya no hay excusa! Bien sea que no te aclares con el formato digital, o que sencillamente prefieras el tacto del papel, por fin puedes acompañar a Erban en sus aventuras de la mejor manera posible: devorando página tras página.


Los libros están en formato de tapa blanda, y cuentan con las magníficas portadas y diseños de Joe A. Arca

¡Espero que disfrutéis de su lectura!

3 nov. 2017

Al rico microrrelato

Signo Editores ha convocado el I Certamen de Microrrelatos, con tres categorías: Microrrelato (hasta 1200 caracteres), Disparador (hasta 150 caracteres) y Tuit-historia (15 tuits).

He presentado tres relatos en la primera categoría, relatos que pueden votarse hasta el 15 de noviembre. Una vez cerrado el plazo, se concederá un premio al microrrelato más votado, y otro al que el jurado considere como el mejor. 

Cada relato puede votarse una vez al día hasta el final del plazo, así que si os convence lo que he escrito y os apetecer darme un voto (o varios), aquí tenéis los enlaces:

1. Encrucijada 

2. Mañana a esta hora

3. Todos esperan

Votad si os gustan, y si no, también ;)


24 oct. 2017

Nueva página web

A partir de hoy, y gracias al estupendo trabajo que ha realizado Rosa Arroyo, tengo una página web personalizada como escritor:


En esta página podréis encontrar información personal sobre mí, así como sobre todos mis libros, y enlaces para adquirirlos en Amazon en formato eBook (y pronto, espero, en otros formatos. ¡Novedades en breve!). También podéis descargar de forma gratuita el primer capítulo de cada uno, por si alguien quiere echar un vistazo antes de decidirse.

Aunque seguiré informando de las principales noticias y novedades a través de este blog y de mi página personal de Facebook (aquí), desde la página web se puede acceder a ambos recursos. Todo queda conectado ;)

Quiero agradecer también a Julia Martínez sus fantásticas fotos, y a Joe A. Arca por el grandioso trabajo que ha hecho con las portadas y diseños de promoción de los libros.

30 may. 2017

La Historia de Queitaris (IX): La Era de los Arcontes.

Llega por fin la conclusión a la Crónica de Queitaris. En este último capítulo, el sabio Subödai nos conduce por los últimos doscientos años de historia queitari, relatando la fundación del Foederus y el advenimiento de los Arcontes. Por desgracia, Subödai concluyó su obra durante los primeros años del arcontado de Soloscrán, por lo que no pudo glosar los terribles sucesos que ocurrieron posteriormente, ni los años que preceden a la época en que se inicia El Héroe Durmiente. Quien quiera enterarse de más cosas, deberá acompañar a Erban en sus aventuras ;)

“Y así, de entre los despojos de un mundo arrasado por la guerra, ahíto de sangre y sin ningún poder emergente, se alzó Queitaris. La Ciudad Eterna, la más populosa de toda Helárissos, era un faro de riqueza, cultura y prosperidad que destacaba todavía más sobre las cenizas de conflictos pasados.

La Polis, crisol de todas los pueblos y culturas del continente,  tenía al frente a Parnicles, el filósofo, investido como Pritán por la Eclessía. El sabio político pronto dio muestras de gran astucia al firmar múltiples acuerdos y alianzas que fortalecieron más si cabe la posición de Queitaris. Fue él quien logró la lealtad de la célebre Hermandad de las Guardianas de Hacra, ofreciéndoles un nuevo hogar en la ciudad y convirtiéndolas en la guardia de élite de Queitaris.

Parnicles también consiguió firmar con la Confederación de Puertos y los soberanos de Punnaq un beneficioso tratado comercial. Junto con las grandes obras realizadas en el Oleuteris en ese tiempo, estas alianzas aportaron a Queitaris grandes riquezas y un flujo comercial sin precedentes. Como dijera el sabio filósofo Sácrimo un siglo atrás: ‘el verdadero poder de un imperio no mora en los corazones de sus soldados sino que florece en la astucia de sus mercaderes’.

De este modo, durante los veinte años de gobierno de Parnicles y sus compañeros ediles, Queitaris afianzó su posición dominante sobre un continente sediento de paz. Y en verdad la paz había llegado tras los terribles estertores del Gran Ducado, pero era una paz de cenizas y despojos: Kemoia había contenido a los fanáticos a costa de graves pérdidas; Alberanir se veía todavía sacudido por luchas internas entre barones; Áquiros era de nuevo una nación unificada, si bien apenas un vestigio de pasadas glorias; Punnaq se había aislado en sus islas, sus navegantes y comerciantes ahuyentados de las costas. En cuanto a la Marca, allí cundía el hambre y la pobreza entre pueblos desperdigados y tribus sin señor.

En esta situación la Ciudad Eterna podría haberse convertido en el corazón de un nuevo Imperio. Pero Queitaris no estaba llamada a emprender un camino de conquista, sino a forjar una primacía basada en la alianza y el arbitraje, sustentada por su influencia cultural, su poderío comercial y los mitos legendarios en torno al Cognós. Parnicles ya había dado pasos en este sentido, pero fue su sucesor, el culto Teósimo, quien terminó de dar forma al nuevo orden en Helárissos.

Así pues, desechada la vía de la espada, la consecuencia del apogeo de Queitaris era inevitable. La influencia de la Ciudad Eterna creció hasta permitir a Teósimo y a la Eclessía mediar en muchos conflictos y establecer pactos que, poco a poco, dieron forma al Foederus. Así nació la solemne alianza de todas las naciones de Helárissos, unidas en una liga entre iguales bajo la supervisión de un árbitro electo: El Arconte.

De común acuerdo se fijó la residencia de este árbitro en Queitaris, aunque, ¿cómo podría haber sido de otro modo? El cargo, vitalicio, era otorgado por una asamblea de legados de todos los miembros del Foederus, incluyendo Áquiros, Kemoia, Alberanir, Punnaq, la Confederación de Puertos y una coalición de ciudades y pueblos de la Marca. El papel del Arconte era el de mediar entre los miembros del Foederus y buscar una salida pacífica a cualquier conflicto, respaldado por el poderío y la influencia de Queitaris, la Ciudad Eterna.

El primer Arconte electo fue un destacado miembro de la Eclessía, nieto de Parnicles el Sabio: Arosgeles Parnío. Con él comenzó la larga estirpe de los Arcontes, que habrían de regir los destinos de toda Helárissos desde su sede de Queitaris, no como duques o emperadores sino como árbitros y consejeros respetados. Nunca antes se había visto algo así en toda la historia de Helárissos, y para muchos de los que vivieron estos primeros años gloriosos bien parecía que se había alcanzado la culminación de todas las cosas, el cénit de la civilización.

Pero no hay obra humana libre de corrupción ni logro que no se malogre con el tiempo, como bien sabemos los que dedicamos nuestros humildes esfuerzos al estudio de la historia. Al fin y al cabo, hasta el más sabio y honesto de los Arcontes no es más que un hombre, sujeto a las mismas debilidades y vaivenes. Diecinueve han vestido el manto plateado del Arcontado durante los últimos dos siglos, cada uno hijo de su tiempo y preso de sus circunstancias. Algunos hicieron honor a la dignidad de su cargo sagrado y mantuvieron y reforzaron el Foederus. Otros abusaron de su posición y debilitaron la solemne alianza hasta casi romperla.

Los niños que crecen hoy en Queitaris aprenden estas historias desde muy jóvenes. Conocen la osadía de Arosgeles II, bajo cuyo arcontado se produjo la llegada de los moijures que invadieron la baja Alberanir: Tras una cruenta guerra, el Arconte logró contenerlos e incorporarlos al Foederus. O la codicia de Milírigues I, que usó su posición para llenar sus bolsillos a costa de los comerciantes del Oleuteris, provocando una grave crisis que se saldó con su expulsión y el nombramiento de un nuevo Arconte.

Así, los últimos doscientos años no han estado exentos de conflictos. Algunos, sobre todo en Áquiros, se quejan de que la mayoría de los Arcontes son oriundos de Queitaris y que la Ciudad Eterna tiene demasiada influencia en su elección. Tal vez haya algo de verdad en ello, y bien cierto es que incluso los más honestos han favorecido especialmente a Queitaris. ¿Pero cómo culparles, si hasta el más sabio y comedido de los hombres se vería deslumbrado por el esplendor de esta bella e incomparable ciudad, perla de Helárissos?

Pero el historiador que se precie de serlo debe traspasar los velos del engaño, incluso los que uno mismo arroja sobre sus ojos, para desentrañar la verdad de los actos humanos. Los últimos Arcontes han cometido muchas tropelías e iniquidades que no deben ser olvidadas. Milírigues III, de infausta memoria, gobernó con hechuras tirano, y trastocó por la fuerza una de las reglas fundamentales del Foederus al empeñarse en elegir personalmente a sus dos inmediatos sucesores. Por sus malas artes el Arcontado pasó de ser un cargo electo a una dignidad hereditaria, y la crisis que causó tamaña afrenta todavía hace temblar los cimientos de la alianza entre las naciones de Helárissos.

A Milírigues III le sucedió su hijo Neróclito, el primero de tal nombre. Por fortuna, en este caso el hijo no siguió el ejemplo del padre y gobernó con razonable justicia, respetando el Foederus y sanando muchas de las heridas que su antecesor había causado. Sin embargo, no corrigió la mayor injusticia de Milírigues III, y permitió que le sucediera su sobrino Verclés III. Comenzaron así los años más oscuros del Foederus, pues este Arconte, antecesor del actual, fue en todo aspecto un paradigma de gobernante caprichoso, arbitrario, torpe y tiránico. La lista de sus iniquidades no tiene fin, y flaco favor haría a la mesura de este modesto relato desgranarlas con detalle. Baste decir que sus actos mancharon la dignidad del Arcontado hasta un punto que muchos temían irreparable, y a punto estuvo de quebrar el Foederus y provocar una guerra.

Pero dicen los sabios que los Dioses, aunque en ocasiones parezcan crueles, siempre nos dejan un resquicio de esperanza. Así, incluso el largo y terrible arcontado de Verclés III llegó a su fin, y aunque en su lecho de muerte también designó a su sucesor, éste buscó la aprobación de la asamblea de electores, que no se había reunido desde los tiempos de Milírigues III. De este modo el actual Arconte comenzó a remendar las deshilachadas costuras del Foederus, y sus actos durante sus primeros años de arcontado han traído algo de tranquilidad y mesura a Helárissos.

Y así se acerca el final de mi humilde crónica, con el Arcontado y el Foederus que han regido los destinos de Helárissos en una situación precaria en la que, no obstante, se atisban signos de mejoría. En un lado de la balanza es justo disponer los dos siglos de paz y prosperidad de los que todas las naciones de Helárissos han disfrutado bajo la égida de los Arcontes. En el otro lado, por desgracia, debemos aceptar que los Arcontes más recientes no han estado a la altura de sus predecesores, y sus arbitrariedades e injusticias continuas han resquebrajado la confianza que sustenta el orden de nuestro mundo. En el fiel de la balanza está el Foederus, y bajo nosotros se abre el abismo de la guerra y la tragedia de épocas pasadas.

¿Qué ocurrirá en el futuro? No es labor del historiador hacer predicciones, sino guardar un fiel registro de los hechos pasados, sopesarlos y analizarlos con cautela y honestidad. Pero el actual Arconte, Soloscrán, se ha mostrado firme y decidido a reinstaurar la ancestral dignidad de su cargo, y aunque algunas de sus decisiones han sido abiertamente criticadas (¿y qué gobernante puede jactarse de una total adhesión a sus políticas?), en otras se vislumbra el temple y la ambición con la que se forjan los grandes hombres. Que su arcontado sea el inicio de una nueva edad de oro del Foederus, o sólo una pausa en una larga y triste agonía, el tiempo lo dirá.

Pues sólo el tiempo es el verdadero juez de todo acto humano.”

Subödai u-Xiúr
Concluido en la Biblioteca de la Villa de Queitaris
durante el tercer año del arcontado de Soloscrán I


3 mar. 2017

La conjura de los magos

Ya está disponible la tercera entrega de la saga "Leyendas de las Tierras de Helárissos". Si te quedaste con ganas de más tras leer "La guarida del Augur", descubre qué nuevos peligros y sorpresas aguardan a Erban y sus compañeros en el recóndito escondrijo del Magis ekón, lugar de leyendas y secretos milenarios.
¡No esperes más para hacerte con "La conjura de los Magos"!

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Tras enfrentarse a múltiples peligros en las recónditas regiones septentrionales de Helárissos, Erban empieza al fin a vislumbrar el término de su viaje. Todavía resuenan en sus oídos las ominosas palabras del augurio que tantos ansiaban conocer pero nadie parecía comprender por completo. El destino del Kairnós se dibuja, por fin, evidente ante sus ojos.
Decidido a cumplir el mandato que la Profecía ha depositado sobre sus hombros, Erban y sus amigos se embarcan en un nuevo y arriesgado viaje rumbo a uno de los lugares más misteriosos y legendarios de Helárissos: un Santuario escondido donde, según cuentan los viejos mitos, viven recluidos los maestros de la magia, los hechiceros del Magis ekón. Allí espera Erban hallar respuestas y concluir su tarea, sin saber que le aguardan peligros y maravillas que sobrepasarán sus más osadas fantasías.

"La conjura de los magos" está disponible en formato electrónico en todas las tiendas Amazon.

25 feb. 2017

¡Erban está de vuelta!

Voces misteriosas susurran en los más recónditos rincones de Helárissos. Es tiempo de intrigas, de secretos largo tiempo olvidados y amenazas veladas.

Es tiempo de conjuras...


La gran aventura de Erban y sus amigos aún no ha terminado. Muy pronto podrás acompañarles en un nuevo episodio de la saga de Helárissos. 

¡Ya falta poco! 

29 ene. 2017

Premios "Galileo" de relatos de ciencia y tecnología: Mención especial

Recientemente se fallaron los Premios "Galileo" de relatos de ciencia y tecnología que otorga el Consejo Social de la Universidad Politécnica de Cartagena, y tengo el placer de anunciar que me han otorgado una mención especial por mi relato "Diario de a bordo".

Entrega de los premios del Consejo Social de la UPCT. Fuente: www.upct.es
Desde aquí quiero agradecer a la UPCT este galardón, que me fue entregado durante la festividad de Santo Tomás de Aquino, el pasado 27 de enero, así como felicitar al resto de premiados.

Entrega de los premios del Consejo Social de la UPCT. Fuente: www.upct.es

7 ene. 2017

La Historia de Queitaris (VIII): El fin del Ducado y el nacimiento del Foederus.

Con un poco de retraso llega el siguiente capítulo de la historia de Queitaris, donde se narra el auge y la debacle del Gran Ducado Alberaní y los inicios de la Queitaris independiente que se ha convertido en faro de toda Helárissos en la época en la que transcurren las aventuras de Erban y compañía. ¡Ya sólo falta un capítulo para completar estas crónicas queitaris!

"Tras sus conquistas, Aelarus gobernó con justicia y equidad durante veinte años, y muy pronto se empapó del espíritu de Queitaris, de su cultura, del latido de sus calles arboladas. El hombre maduro que gobernaba desde la Ciudad Eterna poco tenía que ver ya con el joven jinete. A su muerte fue enterrado con honores, y los queitari le lloraron como uno más entre los suyos.

Sus sucesores controlaron el Gran Ducado durante cerca de un siglo. Pero el poderío alberaní, fundado exclusivamente sobre las espadas de sus caballeros, era frágil y no estaba destinado a durar mucho. El propio Aelarus ya tuvo que lidiar con algunas revueltas en las ciudades conquistadas, que no se dejaban asimilar por la cultura alberaní, más tosca y primitiva. También tuvo que afrontar algunas sublevaciones de los barones más levantiscos que no aceptaban la primacía de Queitaris. Aelarus supo resolver todos estos problemas gracias a su mano de hierro y su valor, y su hijo gobernó en relativa paz. Fue entonces cuando muchos alberaníes se asentaron en Queitaris y dejaron su impronta, que se mezcló rápidamente con las huellas de tantos otros pueblos y contribuyó a crear ese carácter propio, esa cultura que no era aquírea ni punneq ni marquisa ni alberaní, sino genuinamente queitari.

El reinado de los siguientes duques, en cambio, fue por regla general tumultuoso. Cuando no se enfrentaban con sus propios barones por una de tantas disputas feudales, tan comunes en aquel pueblo belicoso y orgulloso, se enfangaban en la compleja red de intereses y facciones que siempre han caracterizado a las populosas ciudades aquíreas, tan diferentes de las pequeñas aldeas y poblados de las montañas. Por si eso no bastara, el tercer duque se enfrascó en una larga guerra contra el Fad de Kemoia que acabó en tablas y obligó a los alberaníes a liberar las franjas norteñas de Kemoia que Aelarus había conquistado tras su victoria contra los fanáticos.

Y así por fin llegó también para el Gran Ducado la inevitable hora de la decadencia. El sexto duque reinante, Barlais, era un hombre débil de carácter y tan enamorado de Queitaris que vivía de espaldas a los asuntos de Alberanir, rechazando por completo un legado que todos sus antecesores, incluso aquéllos más influidos por la cultura queitari, se habían preocupado de conocer y respetar. Pronto surgió una fuerte oposición contra Barlais en las montañas y varios barones poderosos se sublevaron contra un duque al que consideraban extranjero y traidor. Por las mismas fechas se inflamó también la disidencia en varias ciudades aquíreas bajo control alberaní. Los disturbios no tardaron en tornarse rebelión abierta en Coszio, gracias al oro de la Confederación de Puertos, que siempre había tenido una relación cuanto menos tirante con los duques.

La situación fue agravándose paulatinamente sin que Barlais se mostrase capaz, o tan siquiera interesado, en resolverla. Tras varios meses de conflicto latente, un barón llamado Gaëris se hizo coronar duque en Berstad con el apoyo de la asamblea de barones. Sólo entonces Barlais se decidió a convocar a sus mesnadas y cabalgó hacia Alberanir para combatir al usurpador, dejando apenas una guarnición simbólica a sus espaldas para mantener el orden en Áquiros y Queitaris.

Mientras los dos duques guerreaban en las montañas, la rebelión en el Áquiros conquistado se agravó, aunque no contaba con ningún liderazgo claro. En las ciudades más occidentales el Senado de Táberis encabezó las revueltas y recuperó el control de buena parte de su antiguo territorio, mientras que en el este y el sur cundió el caos, con enfrentamientos a varias bandas entre las diversa facciones rebeldes y las guarniciones alberaníes.

¿Y qué ocurría mientras tanto en Queitaris? La Ciudad Eterna, como es habitual, siguió su propio rumbo al margen del resto del mundo, y se libró de la anarquía y el descontento que asolaban Áquiros. La guarnición que mantenía el orden estaba formada íntegramente por soldados queitaris (una costumbre que habían adoptado varios duques) lo cual evitó disturbios pero también socavó aún más el dominio alberaní, ya que en cuanto Barlais se marchó con sus caballeros, los magnates queitaris expulsaron a los regentes alberaníes y declararon la independencia de Queitaris. Una asamblea de notables tomó el poder, formada por personas de todo origen y cultura, si bien en su mayoría eran mestizos de varias generaciones, auténticos hijos de Queitaris.

Así nació la Eclessía, la Voz del Pueblo de Queitaris. Aunque su origen fue tumultuoso y sus primeros años difíciles, en verdad era ya muy similar a la asamblea que nos gobierna ahora con sabiduría y justicia. Bajo la advocación de la sagrada memoria de Tergocles Antodeo, la Eclessía proclamó a Queitaris como polis independiente y escogió al primer Pritán, un filósofo con reputación de rectitud y honestidad llamado Parnicles Orneo.

Fue Parnicles quien, desde el estrado que aún hoy se alza junto a la Cámara de la Eclessía, ante la ciudadanía allí congregada, pronunció unas palabras que han resonado durante siglos en los corazones de todo queitari de bien:

‘Nunca más un señor extranjero dictará nuestros destinos, sea aquíreo, alberaní o punneq. Queitaris es desde hoy libre, ¡libre para forjar su propio futuro! En vuestras manos, conciudadanos, está el poder para decidir qué será de nosotros de ahora en adelante. Una nueva era comienza hoy. ¡Alegraos, queitaris, pues nos pertenece a todos nosotros!

Para cualquiera que se emocione con el estudio de la historia, pocos instantes en los largos siglos de Helárissos brillan con mayor esplendor que aquella gloriosa jornada. A Queitaris le aguardaban todavía años oscuros por delante, guerras y miseria, pero también gloria y esplendor. Y en definitiva, ¿acaso vislumbrar la oscuridad que empaña el sendero a nuestros pies nos impediría seguir caminando, siempre hacia delante, sin echar la vista atrás?

Y mientras Queitaris escribía un nuevo capítulo de su historia, una guerra fratricida asolaba Alberanir. Muchas batallas se libraron al pie de las montañas y en los pasos de las tierras altas, hasta que por fin Barlais se impuso, mató al usurpador y reclamó de nuevo el control de su patria ancestral, la misma que durante tantos años había ignorado y despreciado.

Pero en su victoria se vislumbraba una derrota aún mayor, ya que había perdido Queitaris, y el Senado de Táberis controlaba ya más de la mitad del territorio aquíreo, si bien todavía con dificultades y revueltas. En la región más oriental reinaba el caos, y el gran puerto de Coszio se desangraba en una terrible guerra civil. El Gran Ducado de Aelarus se había deshilachado como una sábana vieja y raída.

Barlais se encontraba en una posición muy incómoda, pero todavía contaba con un ejército poderoso, y una vez pacificada Alberanir, se dispuso a reconquistar su Imperio. Tras asentar su posición en las montañas, reunió a sus caballeros y marchó de nuevo hacia el oeste. Pero el Senado no estaba dispuesto a ceder terreno, y las huestes senatoriales le plantaron cara en medio del desorden que reinaba en las ciudades más orientales de Áquiros.

La guerra que siguió fue terrible, pródiga en matanzas y abusos, hasta el punto que muchos entonces creyeron que los Dioses les habían abandonado y el mundo se precipitaba a su final. No era así, es cierto, ¿pero cómo culparles? Empujado por el odio, el hombre es capaz de atrocidades sin fin, y es harto difícil conservar la esperanza mientras la sangre derramada amenaza con asfixiarte.

Tanta muerte y tanto horror acabó resultando estéril, como suele suceder. Amenazado por nuevas revueltas de los barones levantiscos, Barlais se vio obligado a ceder y regresar a Alberanir a riesgo de perderlo todo. El Senado no pudo aprovecharse de la retirada alberaní, ya que se enfrentaba a sus propias revueltas. Áquiros estaba devastada y ahíta de sangre, y la guerra terminó por agotamiento de ambos bandos.

Así terminó la hegemonía alberaní de Helárissos. Barlais todavía reinó como duque unos pocos años convulsos, y sus sucesores estuvieron demasiado ocupados lidiando con guerras entre nobles y disputas feudales como para pensar en iniciar nuevas guerras de conquista. Tal vez, en otras circunstancias, Áquiros podría haber tomado el relevo y recuperar su papel como potencia dominante, pero su poderío se había derrumbado por completo. A duras penas pudo el Senado restablecer el orden y reafirmar su autoridad sobre ciudades empobrecidas y señoríos asolados.

Y fue entonces, en medio de tan incierta situación, cuando la nueva Queitaris independiente comenzó a despuntar. La ciudad, ya de por sí próspera, se había librado de los terribles conflictos de los últimos años y, bajo la sabía guía de Parnicles y la Eclessía, crecía y mutaba en algo nuevo, una mezcla insólita que bebía de todas las tradiciones que alguna vez se habían aposentado en la ciudad en su larga y sorprendente historia. La Polis abrazó la tradición comercial de Punnaq, la compleja cultura legal y judicial aquírea, la audacia y el sentido del honor alberaní, la laboriosidad kemoní, y quién sabe cuántas otras costumbres y visiones del mundo, y las fundió en su crisol de razas y pueblos.

En medio de un mundo sin grandes poderes, sin generales ambiciosos ni héroes invencibles, sin países en expansión ni imperios en su apogeo, la luz de Queitaris resplandeció como nunca lo había hecho hasta entonces, ni siquiera en tiempos de Tergocles Antodeo. Ya no era la perla de los grandes imperios del pasado, ni el trono dorado de los señores de Helárissos. Era una joya en sí misma, una ciudad populosísima, floreciente, centro de comercio e inexpugnable en su posición privilegiada, punto neurálgico de las rutas del Mesogeis y depositaria de una historia milenaria.

Y por si todo esto no fuera poco, Queitaris era un lugar sagrado, pues allí se había forjado la mítica Alianza entre los Dioses Antiguos y el hombre primitivo, el Cognós indescifrable. Aún hoy muchos sacuden la cabeza con escepticismo o ríen ante tales cuentos, pero este mito está muy arraigado en el corazón de cada hombre y mujer de Helárissos, y contribuye aún más a engrandecer el aura mítica de Queitaris.

Y así, haciendo gala de tal esplendor entre las ruinas de guerras atroces, había llegado por fin la hora de Queitaris para ocupar su legítimo lugar como señora de toda Helárissos, verdadera Ciudad Eterna y Sagrada. Pero, haciendo honor a su carácter singular, Queitaris no afianzaría su poder por medio de las armas como los imperios de antaño, sino recurriendo a medios más sutiles y, sin embargo, más duraderos. Se acercaba la Era del Foederus, el Solemne Tratado. Se acercaba la Edad de los Arcontes.”

Subödai u-Xiúr