2 jun 2016

La Historia de Queitaris (V): El Muro de Tergocles.

He aquí un nuevo capítulo de la historia de Queitaris, la ciudad que juega un papel vital en toda la saga de Helárissos. Esta nueva entrada prosigue con la vida y obra de Tergocles Antodeo, una de las figuras más determinantes en el devenir de la Ciudad Eterna. ¡Espero que os guste!

“Y así, mientras las tropas rebeldes avanzaban hacia el sur y cundía la anarquía en todas las ciudades de Áquiros, Tergocles convocó a sus más fieles tropas, incluyendo la guardia imperial y la afamada legión kemonisea al mando del leal Sécrato, y las acantonó en el estrecho istmo que une la Península del Halcón con el Dominio de Áquiros. Al mismo tiempo, la flota leal al Emperador zarpó para bloquear los puertos rebeldes de Coszio y Alba Sersia y proteger el Oleuteris y las Playas Blancas, pues sólo en estos lugares la escarpada costa de la Península permitía realizar un desembarco. De este modo, Queitaris quedó completamente rodeada por un cerco de escudos y lanzas.

Pero Tergocles no se limitó a aguardar. En secreto hizo llegar mensajes a todas las guarniciones de las provincias exteriores del Imperio: La Marca, Alberanir y Kemoia; y les dio la orden de mantenerse al margen del conflicto a toda costa, pues su deber era salvaguardar la integridad del Imperio, y el Emperador sabía que, si las tropas acantonadas regresaban a Áquiros a combatir, el dominio aquíreo que tanta sangre y dolor había costado mantener se derrumbaría en cuestión de días.

Y tanto era el prestigio de Tergocles, tanta la fama que se había labrado entre los legionarios, que salvo unas pocas excepciones la mayoría de guarniciones acataron su orden e ignoraron las amenazadoras exigencias de Ecnérides para que se unieran a los senadores rebeldes. Mucho han discutido los sabios el por qué de esta acción de Tergocles, ya que le habría resultado fácil atraerse a las legiones y, con su poderío, aplastar a los rebeldes. Algunos dicen que antepuso el Imperio a su propia supervivencia, otros que ya entonces había tomado la decisión que trastocaría por siempre la historia de Helárissos. Muchas son las sombras que se atisban al tratar de desentrañar el pasado, y sólo los Dioses podrían iluminar nuestra ignorancia.

Y así por fin el numeroso, aunque desorganizado, ejército senatorial llegó a las inmediaciones de la Península con la intención de tomar Queitaris y ejecutar a Tergocles. El Emperador se puso al frente de sus leales, y ambas huestes se enfrentaron en una sangrienta batalla. Cuentan las crónicas que, en los llanos de Caude, hasta tres veces avanzaron las tropas rebeldes, y tres veces lograron los legionarios de Tergocles expulsarles. Al final el propio Emperador marchó bajo el estandarte mientras caía la noche, y derrotó a los rebeldes. Cuentan que el cielo nocturno se tiñó de rojo. Rojo fuego, rojo sangre, y también el profundo púrpura de una magia antigua.

Al amanecer la tropa rebelde huyó en desbandada del lugar, y dicen que el propio Ecnérides salvó la vida agarrándose al estribo de un jinete mercenario. Sécrato y otros generales fieles abogaron por perseguir al enemigo y acabar de una vez por todas con los senadores traidores, pero Tergocles se negó. ‘¡Si no les damos caza, la guerra continuará y muchos otros morirán!’ protestaron sus hombres. Tergocles sacudió la cabeza y oteó con tristeza hacia sus espaldas, hacia Queitaris. ‘Haga lo que haga, Áquiros sangrará. Ya nada puede evitar eso.’

Y dicho esto, Tergocles mandó acantonar a las tropas y proteger la Península a toda costa, mientras a sus espaldas un ejército de canteros, carpinteros, herreros y tallistas se afanaban en alzar un gran muro que cerrase por completo el istmo entre Queitaris y Áquiros. Fue aquélla una tarea titánica, una proeza digna de leyenda, pues mientras los legionarios resistían embate tras embate de las tropas rebeldes (si bien nunca tan brutales como el primer asalto que habían rechazado), la poderosa muralla crecía sin cesar gracias a la voluntad de Tergocles, al sacrificio de unos entregados queitaris, y quién sabe si a algo más.

¿Intervino la magia en aquella magna obra? ¿Era aquella misteriosa mujer, cuya sombra siempre envolvía a Tergocles, en verdad una hechicera del Magis ekón? Los eruditos rechazan tales ideas como burdas fantasías, pero no cabe duda que sólo la magia de un poderoso Heptaqón parece explicar el rápido avance de la construcción del muro de que hablan los cronistas de la época.

Jugara o no la magia un papel en ello, por fin el muro quedó levantado. Aún hoy en día, cualquiera que lo contemple por primera vez se siente atenazado por su imponente apariencia, con sus poderosos contrafuertes y sus torres circulares. Cuando se cerró el último lienzo, las tropas leales se refugiaron tras él, y el Oleuteris quedó cerrado por dos gruesas cadenas de acero. También en Playas Blancas se habían alzado imponentes fortificaciones. Queitaris y su Península eran ahora inexpugnables.

Una nueva hueste rebelde se aproximó al muro. A su cabeza, vestido de blanco y dorado, cabalgaba un ensoberbecido Ecnérides, quien se había hecho proclamar Cónsul Supremo. A la sombra de las altas torres de piedra, los senadores pidieron audiencia con aquél que llamaban tirano y monstruo. Tergocles se asomó desde lo alto del parapeto, ataviado con la tiara y el manto imperial, y les saludó con voz cálida.

Ecnérides se burló de él con palabras rudas y exigió su rendición inmediata y la entrega de Queitaris, o arrasarían con todo lo que encontrasen a paso. Más aún, el supuesto Cónsul se pavoneó luciendo sus vestiduras, proclamando a voz en grito que toda Áquiros estaba con él. Dicen que Tergocles sonrió feroz al oír aquello, pues sabía que no era cierto. Unos pocos meses habían bastado al ambicioso Voreo para demostrar su ambición y su tiranía, y ya muchas voces comenzaban a alzarse contra la iniquidad de los autoproclamados libertadores.

Tergocles respondió con firmeza, acallando las bravatas de Ecnérides. Ningún ejército mercenario atravesaría jamás el muro. Cualquier asalto no serviría más que para provocar un inútil baño de sangre. Pero el propio Tergocles tampoco deseaba prolongar aquella guerra estéril, aunque bien podía convocar a las guarniciones exteriores y barrer Áquiros con ellas. Por todo ello, estaba dispuesto a aceptar que el Senado gobernase Áquiros. ‘Pero no Queitaris.’ Añadió con voz tonante. ‘Esta ciudad permanecerá bajo mi cuidado y el de mis descendientes, y sólo sus gentes decidirán su destino.’

Cuentan que Ecnérides enrojeció de rabia ante estas palabras, aunque fingió tomárselas a broma. Pero sus chanzas y sus insultos vacíos murieron bajo la poderosa voz de Tergocles Antodeo:

‘Vosotros, senadores, elegidos por el pueblo de entre el pueblo, habéis traicionado vuestros juramentos y traído la guerra a nuestra tierra. Por evitar derramamiento de sangre, no os combatiré. Pero tened esto en cuenta: sólo si aceptáis mis términos, Áquiros podrá mantener su esplendor y dominio sobre toda Helárissos. De lo contrario… ¡éste será el fin del mundo que hemos conocido! ¡El Imperio Antiguo ha muerto, suya es la sangre que mancha vuestras manos!’

Y dicho esto se arrancó el manto y la tiara y los arrojó al vacío. Luego se dio la vuelta y desapareció, abandonando a Ecnérides y sus seguidores en un insoportable silencio de confusión y duda. Cuentan que algunos de los senadores apostaron por atacar de todos modos, pero la mayoría de los rebeldes se sintieron intimidados por la amenazadora sombra del muro y las feroces palabras de Tergocles, y optaron por volver grupas de vuelta a Táberis.

Y así Tergocles Antodeo se ganó el nombre de Último Emperador, renunciando voluntariamente a la misma corona que, durante los primeros años de su reinado, muchos auguraban que perdería por traición o revuelta. Y con su acto inesperado puso fin a la dinastía imperial que había gobernado Áquiros desde el trono de Queitaris, y el dominio aquíreo volvió de nuevo al Senado de Táberis. Pero la leyenda de Tergocles aún no había terminado, pues como señor de Queitaris todavía le aguardaban grandes proezas y grandes penas, y un papel que jugar en un mundo convulso y tambaleante.

Pues cuentan quienes compartieron sus días con él que Tergocles, ya entrado en la madurez y con demasiadas cicatrices en su piel y en su corazón audaz, comenzaba a comprender por fin que su destino no era salvar un mundo moribundo, sino ayudar a dar forma a uno nuevo, uno en el que Queitaris podría por fin brillar con luz propia como la ciudad singular y sagrada que era, un faro de conocimiento y esperanza a orillas del Mesogeis.”

Subödai u-Xiúr

11 may 2016

La Historia de Queitaris (IV): Las Guerras Tergoclias.

Para retomar la actividad del blog, voy a continuar con la serie dedicada a la historia de Queitaris, adaptada de las obras de Subödai "el viejo". El siguiente capítulo continúa allí donde lo dejamos (¡hace cinco años!), narrando los primeros compases del reinado de Tergocles Antodeo, el llamado Último Emperador. Tergocles es una figura fundamental en la historia de Helárissos, y sus actos en parte históricos y en parte legendarios están muy entrelazados con el destino de Queitaris. Aquí veremos cómo se labró su fama de gran guerrero y pacificador, y cómo revitalizó un Imperio moribundo... por un tiempo.

“Y así, de la forma más inesperada, un oscuro segundón se ciñó la corona de un vasto Imperio que se desangraba por múltiples heridas. A pesar del clamor popular y los anhelos que le habían aupado al trono, pocos en verdad creían que el reinado de Tergocles duraría más allá de unos pocos meses. La cuestión para muchos era, más bien, qué acabaría antes con él, si las disensiones internas, la traición, o la guerra que se desataba en los confines del Imperio.

Tergocles veía ante sí varios frentes abiertos, pero en su corazón latía la fuerza de la leyenda, y los primeros brotes de una nueva primavera enverdecían las calles otoñales de Queitaris. Cuentan que, reunido con sus más fieles servidores, y tras exponerle éstos todos los problemas que amenazaban su incipiente reinado, Tergocles les condujo por las avenidas arboladas de la Villa Imperial y les mostró el follaje dorado de los chopos. ‘Ved cómo Queitaris ha despertado al fin.’ Les dijo. ‘Los Dioses nos han concedido una última oportunidad.’

‘¿Pero cómo nos enfrentaremos a tantos desafíos?’ Le preguntaron con inquietud.

‘Como se enfrenta uno a una manada de lobos hambrientos: De uno en uno.’

Y con una sonrisa de convicción, Tergocles se puso manos a la obra. Aprovechando el apoyo del pueblo y la tregua tácita que el Senado se había visto forzado a aceptar, ordenó hacer levas por toda Áquiros hasta lograr formar dos legiones completas. Se cuenta que, para completar los números, comprometió incluso a su propia guardia imperial, y cuando algunos oficiales mostraron su descontento, les dijo así: ‘Vuestro deber es protegerme, y yo marcho a Kemoia, a la guerra. Así pues, vendréis conmigo.’

Y así, Tergocles zarpó con sus tropas desde el puerto de Coszio, y tras una singladura sin incidentes desembarcó en la Menopdría. Allí se reunió con las escasas tropas aquíreas que todavía mantenían la ciudad frente a los ataques de los fanáticos, y empuñando una espada como hiciera en su juventud, marchó al frente de los estandartes gemelos del lobo y el búho. De sus hazañas en las ardientes arenas kemoníes otros han escrito con mayor talento y sutileza. Baste recordar su aplastante victoria en la batalla de Quironi, y cómo sus habilidosas maniobras lograron provocar la desbandada de las fuerzas rebeldes.

Tras dos años de cruentos combates, el instigador de la revuelta, auto-proclamado profeta, fue capturado y ejecutado por un destacamento legionario. Se dice que Tergocles enfureció al escuchar la noticia, pues sabía que semejante asesinato no haría sino convertir a aquel loco en un mártir cuya memoria arrastraría a otros a la rebelión. Pero el mal ya estaba hecho, y con Kemoia pacificada por el momento bajo el yugo aquíreo, Tergocles emprendió la marcha por tierra hacia el norte, escoltado por su guardia y por una legión veterana, la célebre kemonisea.

El primer lobo había muerto, y bien fiero había resultado. Pero el resto de la manada seguía aullando, sedienta de sangre. Así, mientras los últimos combates se libraban en el sur, Alberanir había estallado en otra feroz revuelta bajo la guía del astuto barón Föerius. Sus rápidos jinetes asaltaban las guarniciones aquíreas aullando y haciendo cantar sus afiladas lanzas, para luego huir y ocultarse en los escabrosos pasos de las montañas Bereskair.

Tergocles arribó a las tierras norteñas sabiendo que esta nueva contienda sería todavía más difícil. Sus hombres estaban hastiados de combatir, las arcas imperiales apenas bastaban para pagar las soldadas, y el apoyo del pueblo que mantenía en jaque al díscolo Senado no tardaría en marchitarse si la matanza continuaba por mucho tiempo. Tergocles se mostraba animado ante sus hombres, ¿pero quién sabe qué oscuros pensamientos le asediaban en la soledad de su tienda?

Sea como fuere, Tergocles se lanzó a la caza de los rebeldes y les infligió grandes derrotas, como la célebre batalla de Ardnüs en la que el pretor Sécrato y su cohorte mantuvieron el flanco durante horas hasta que el Emperador logró caer sobre los alberaníes con su caballería. Tras este combate, Tergocles recompensó a Sécrato con un puesto en su estado mayor, pero cuentan que el viejo soldado, un veterano de baja extracción nacido en la miseria de Playas Blancas, se limitó a encogerse de hombros y no aceptó otra recompensa que una doble ración de vino para sus hombres. Tergocles así lo dispuso, pero mantuvo cerca de sí a Sécrato y, con el tiempo, éste llegó a ser uno de sus más fieles guerreros.

La guerra prosiguió durante meses, pero a pesar de sus victorias, las legiones aquíreas nunca lograban vencer por completo a los esquivos alberaníes ni encontrar sus escondrijos ocultos en las montañas. El descontento comenzaba a aflorar por todo el Imperio, especialmente en Táberis, donde un ambicioso senador llamado Ecnérides Voreo lanzaba ardientes invectivas contra Tergocles.

Y entonces, cuando más oscuro parecía el devenir del conflicto, la guerra terminó de pronto. Llegaron noticias a Queitaris y a Táberis anunciando una tregua con los rebeldes, cesaron los ataques y pronto buena parte de las legiones en liza emprendieron el lento regreso a casa. En la Ciudad Eterna se aclamó al Emperador, mientras en Táberis el Senado en pleno maldecía su nombre. ¿Pero qué había ocurrido?

Los sabios han discutido durante generaciones enteras, batallando con leyendas y habladurías para hallar siquiera una pizca de verdad. Se cuenta que los mismos Dioses asistieron a Tergocles en su hora más oscura. Se dice que desafío a Föerius en combate singular y le venció. Otros murmuran que, una noche, una misteriosa mujer apareció entre la niebla en un pequeño campamento avanzado y se presentó ante Tergocles, quien se hallaba allí en secreto para supervisar las operaciones. A pesar de las protestas de sus hombres, Tergocles se marchó con ella, y durante dos días no se supo nada más de él.

Y dicen los relatos que, cuando los legionarios ya lamentaban con amargura la muerte de Tergocles, éste apareció de pronto entre ellos, canturreando y sonriendo como si tal cosa, y les ordenó levantar el campo. ‘¿Pero qué ha ocurrido?’ Le preguntaron, asombrados. ‘La guerra ha terminado.’ Respondió sin más. ‘Volvamos a casa.’

Así por fin, después de varios años, las provincias quedaron pacificadas y el Imperio que a punto había estado de desmembrarse quedó restablecido por el momento. Tergocles volvió a su amada Queitaris, en cuyas calles la vegetación prosperaba como no se había visto en varias generaciones, y se dedicó a gobernar con justicia. Múltiples obras embellecieron la ciudad, pero Tergocles no descuidó el resto de Áquiros y actuó con equidad y acierto, restaurando el prestigio del trono imperial.

Y cuentan que, durante estos días felices, muchos exhortaron al Emperador a tomar esposa y continuar su linaje. Pero Tergocles siempre se negaba con una leve sonrisa, y sus ojos miraban en la lejanía, y los rumores sobre visitas extrañas y la influencia de una misteriosa mujer que iba y venía como una sombra en el viento se extendieron por toda la ciudad. Sin embargo, nadie parecía preocuparse por ello.

Varios años transcurrieron, pero bajo la apariencia de paz los lobos seguían gruñendo y afilando sus garras. La facción más sanguinaria del Senado, liderada por Ecnérides Voreo, se había hecho con el control de Táberis y se aprestaba a derrocar a aquél que consideraban un tirano. Pero sus ideales, nobles en un principio, se habían tornado ciega sed de poder y odio exacerbado hacia Tergocles. Con todos los medios a su alcance, Ecnérides y sus seguidores no dejaron de sembrar cizaña y llamar al descontento, y aunque sus intrigas apenas encontraban oídos en Queitaris, en Áquiros y las provincias las semillas de la revuelta encontraron suelo fértil y no tardaron en brotar.

Por fin la crispación, los enfrentamientos soterrados, las intrigas y los asesinatos acabaron por dar sus frutos. El Senado se sintió fuerte, y con Ecnérides a la cabeza instigó la rebelión contra Tergocles. Algunas legiones se les unieron, así como múltiples bandas mercenarias y órdenes guerreras como las Manos de Acero de Medinaris o la Hermandad de las Guardianas. Una terrible guerra civil estalló en Áquiros, el siguiente episodio de las Guerras Tergoclias. El Emperador había temido y aguardado este momento, pues a pesar de la aparente prosperidad, tenía ojos y oídos por toda Áquiros y sabía del creciente descontento.

Tergocles estaba preparado, pero dicen que, entre sus más fieles, se mostraba por primera vez dubitativo y desanimado. Porque este enfrentamiento entre Emperador y Senado, que amenazaba con desgarrar Áquiros en dos y desatar una edad de oscuridad y muerte, era para él un doloroso fracaso. Había vencido a todos los enemigos exteriores, pero no había sido capaz de detener la debacle del viejo corazón aquíreo.

Sólo los Dioses saben qué terribles pensamientos rumiaba Tergocles, sentado en su trono dorado, mientras a su alrededor los cortesanos y generales graznaban y discutían como bestias disputando una carroña putrefacta. Las fuerzas senatoriales se aprestaban a la lucha, y toda Helárissos escuchaba con el corazón encogido el retumbar de los timbales de guerra. Había llegado la hora más oscura del singular reinado de Tergocles, la hora de sus mayores desvelos y sus decisiones más audaces. La hora del Gran Constructor.”

Subödai u-Xiúr

14 abr 2016

Refundación

Han transcurrido cuatro años...
¡Cuatro años! A veces parece que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Pero de poco sirve mirar hacia atrás cuando todavía hay sendero por delante para seguir caminando.

Después de varias vicisitudes y un poco de reflexión, he retomado la publicación de mi serie de novelas de fantasía, renombrada como Leyendas de las Tierras de Helárissos. Para esta nueva andadura, y dado que mi experiencia siguiendo los canales habituales fue bastante desalentadora, he decidido optar por la publicación digital. El primer volumen, El Héroe Durmiente, que ya vio la luz en papel, se encuentra ahora disponible en Amazon al módico precio de 2,99€, con una bonita portada diseñada por Joe A. Arca. Podéis acceder al libro haciendo click en la imagen de la portada en la columna lateral del blog.


Si algo bueno tiene esto de la distribución digital, es que yo controlo los tiempos, así que en pocos meses estará disponible la segunda parte de la saga: La Guarida del Augur. Mientras tanto, pienso revitalizar este blog para ir informado de mis avances y proporcionar contenido adicional: Información sobre personajes y lugares de la saga, breves relatos ambientados en el mundo de Helárissos, comentarios, etc.

¡La Pritanía de Queitaris vuelve a estar abierta! ¡Bienvenidos!

2 ene 2012

Una reseña para comenzar el año.

Embarcados ya en un 2012 que se presenta confuso y cargado de incertidumbre, qué mejor que empezarlo con una reseña positiva. "El Héroe Durmiente" ha sido reseñado en el blog "La pluma del ángel caído." A continuación tenéis el enlace:

http://www.laplumadelangelcaido.com/2011/12/resena-literaria-cuentos-de-las-tierras.html

Y como propósitos para el nuevo año, por lo que respecta a este blog, están claros:

Escribir y actualizar, escribir y actualizar, escribir y actualizar... and so on.

¿Se cumplirán o no? Sólo el tiempo lo dirá.

¡Feliz año nuevo!

26 oct 2011

¡Relato publicado!

La Federación Española de Fantasía Épica (FESFE), en colaboración con FNAC y Banca Cívica, convocó un certamen de relatos e ilustraciones con vistas a la próxima XXIX Hispacón/Imagicon que se celebrará en Mislata el 12-13 de Noviembre. El resultado de dicho certamen es una antología: Descubriendo Nuevos Mundos, con prólogo de Javier Negrete (¡nada menos!).


Entre los relatos seleccionados, uno denominado "Está escrito", firmado por un servidor. ¡No os lo perdáis!

Aquí dejo el enlace a la noticia original:

http://espadaybrujeria.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1146:antologia-descubriendo-nuevos-mundos&catid=39:literatura&Itemid=59

24 oct 2011

Entrevista en la red

Dejo aquí el enlace a una entrevista que me hicieron para el blog "Descubriendo Nuevos Autores", que a su vez está asociado al blog "Literatura Youth Fantasy".

http://descubriendonuevosautores.blogspot.com/2011/10/descubriendo-nuevos-autores-39-pablo.html

No puedo más que agradecer a los autores del susodicho blog por dejarme ese espacio para hablar de mis historias, y por supuesto a mi hermana que me ayudó a contactar con ellos.

22 oct 2011

La Historia de Queitaris (III): El ascenso de Tergocles Antodeo.

Por fin una nueva entrega de las crónicas de Subödai "el viejo" que nos narran la historia de Queitaris. En esta ocasión nos cuenta con detalle la juventud de ese personaje mítico, legendario y decisivo que fue Tergocles Antodeo, un personaje histórico al que se hace referencia varias veces en "El Héroe Durmiente". Subödai nos relata sus primeras vivencias y su sorprendente ascenso al trono imperial, un suceso que cambiaría para siempre la historia de Queitaris, y por ende la de toda Helárissos.


“Y he aquí que, mientras el poder de los emperadores de Áquiros se resquebrajaba, asediado por rebeliones en las tierras conquistadas y protestas en las propias ciudades aquíreas, nació en Queitaris un niño llamado Tergocles Antodeo. Un segundón de la familia imperial, hijo de un pariente lejano del Emperador reinante. Un insignificante muchacho destinado a ocupar un simple puesto de funcionario, como su padre antes que él. ¿Cómo pudo alguien así convertirse en el más grande Emperador de Áquiros, y al mismo tiempo abocar al Imperio a su final? La voluntad de los Dioses es a menudo así de caprichosa.

Tergocles era aquíreo, pero también era un hijo de Queitaris. Se crió en sus calles rebosantes de vida, bajo sus árboles todavía resplandecientes a pesar de la decadencia que marchitaba sus hojas y pudría sus frutos. Ese pulso único que late en cada rincón de la Ciudad Eterna se apoderó de él desde su más tierna infancia y despertó en su corazón ese amor que sólo aquéllos afortunados que han visto Queitaris pueden explicar. Un amor que le acompañó toda su vida y que, tal vez, sea la verdadera razón de todas las gestas y hechos sorprendentes que Tergocles estaba destinado a realizar.

Sin embargo, hasta Queitaris podía resultar demasiado pequeña para alguien como Tergocles. Así, cuando llegó a la madurez, sintió el deseo de viajar y conocer el ancho mundo. Contra los deseos de su padre, se enroló en la legión y durante unos años aprendió a luchar y a sangrar. En Alberanir, en Kemoia y en la Marca fue testigo de primera mano de cómo el dominio imperial comenzaba a derrumbarse ante los afanes de libertad de los pueblos oprimidos.

Y cuentan las leyendas que fue entonces, durante estos años de viajes y combates, cuando Tergocles conoció a la única mujer a la que habría de amar hasta el último latido de su corazón. Una mujer poderosa, solitaria, errante. Una druida dicen algunos; una simple curandera, dicen otros; una auténtica hechicera del Magis ekón, susurran aquéllos… ¿quién sabe? Los sabios ríen ante semejantes chismorreos, los piadosos se niegan a admitir que, a veces, hasta la voluntad de los mismos Dioses puede flaquear ante el azar. ¿Y quién, sino el propio Tergocles, podría responder por sus más profundas pasiones?

Sin embargo, aunque los Dioses no puedan escribir en los corazones de los mortales, si pueden trazar los senderos que habremos de recorrer. Así, Tergocles dejó atrás su vida de legionario y se instaló por un tiempo en Táberis, la antigua capital de Áquiros. Allí aprendió los entresijos de la política y conoció de primera mano el descontento, el recelo, incluso el odio que la figura del Emperador despertaba en el propio núcleo de sus dominios. El Senado era, ya entonces, una maraña de idealistas, rebeldes ansiosos de devolver el poder al pueblo, codiciosos sedientos de gloria y políticos calculadores y manipuladores. Y todos, ya fuera animados por nobles ideales o por la más abyecta ambición, conspiraban contra un monarca encerrado entre sus paredes doradas.

Y así, con apenas treinta años, cicatrices en su piel y ondas preocupaciones en su mente, Tergocles regresó por fin a su amada Queitaris. Pero seguía siendo un segundón sin más esperanza ni deseo que ocupar el lugar de su padre como un legado más en el gran puerto de la ciudad. Y en verdad se dice, entre aquellos que alguna vez le conocieron, que Tergocles no ansiaba nada más, pues nunca fue un hombre de grandes ambiciones.

Pero el destino le tenía reservado un lugar de honor en la historia de Queitaris, y por tanto de toda Helárissos. Porque he aquí que el Emperador, Galviro, era un hombre arrogante y despreocupado. Cuando una temible rebelión estalló en la lejana Kemoia, animada por el furor de los fanáticos, se desentendió del asunto y envió a un par de legiones mal preparadas y peor dirigidas. La derrota fue tan terrible, tan sangrienta, que los mismos cimientos del Imperio se estremecieron de horror.

Estalló el descontento en Táberis, como un volcán que hubiera aguardado a una simple chispa para explotar con un estertor ensordecedor. El Senado en pleno se alzó contra Galviro por su incompetencia, las conjuras se extendieron por toda Áquiros y por Queitaris, medrando incluso en el propio palacio imperial, mientras las revueltas seguían en Kemoia y amenazaban con incendiar también Alberanir. El Imperio comenzó a desangrarse en sus propias entrañas a la par que en sus dominios más alejados.

Finalmente, el mismísimo general de la guardia imperial, un cortesano ambicioso y despiadado llamado Tigos Elírigues Urneo, urdió una conspiración contra el Emperador. Tergocles supo de ella y la apoyó, ya que pensaba que era necesario deponer a Galviro para salvar al Imperio. Pero Tigos era un hombre sediento de sangre y, en una noche oscura y maldita, echó por tierra todos los planes previstos y asesinó con sus propias manos al Emperador mientras sus esbirros eliminaban a casi toda la familia imperial.

Horrorizado, Tergocles y otros conspiradores detuvieron a Tigos cuando se regodeaba de su matanza. En pocas horas se apoderaron del palacio, detuvieron a todos los culpables y tomaron el control de Queitaris. Acto seguido Tergocles, quien sin proponérselo se había convertido en el líder de esta segunda conspiración, convocó al Senado de Táberis y puso en las manos de los desconcertados senadores a los criminales para que fueran juzgados por su terrible crimen.

Así los Dioses se ríen a menudo de las jactancias de los mortales. Los propios senadores que tanto habían llegado a aborrecer al Emperador y a cuanto representaba tuvieron que condenar a muerte a sus asesinos, pues así lo demandaban las leyes que ellos mismos habían escrito. Pero mayor fue su decepción y cólera cuando escucharon al pueblo aclamar a Tergocles como nuevo Emperador.

Porque he aquí que la masacre perpetrada por Tigos había dejado a Tergocles como principal heredero al trono. ¿Fue casualidad, destino, o resultado de un plan tan retorcido como sutil? Ni los más sabios podrían decirlo. Aquéllos que conocieron al gran Tergocles hablan de su horror ante la matanza, de su escasa ambición y deseo de paz. Pero son éstas voces alimentadas de su gloria y su grandeza posterior, y nada hay más voluble e incierto que la memoria de los hombres.

Y así, de pronto, el segundón a quien nadie conocía era vitoreado en Queitaris y en Táberis como salvador y hombre justo, merecedor de ceñir la corona imperial. Tergocles rechazó repetidas veces el honor, pero nadie más podía subir al trono sin desatar una guerra civil entre bandos ferozmente enfrentados, de modo que acabó por aceptar y fue ungido como Emperador de Áquiros y soberano de toda Helárissos, el último digno de tal nombre.

Tergocles se sentó en el trono de Queitaris con gran alabanza de un pueblo harto de abusos y caprichos que veía en él una pequeña chispa de esperanza. Pero bajo ese velo de emoción tan ardiente como voluble muy pocos pensaban que aquel insignificante cortesano, que aquel mediocre segundón podría salvar a Áquiros del desastre.

Coronado por un Senado intrigante que le detestaba, rodeado de una Corte henchida de conspiraciones, cuchicheos y deseos de vengar la sangre derramada, con una rebelión abierta en Kemoia y otra a punto de estallar en Alberanir, Tergocles se enfrentaba a una tarea colosal.

Nadie creía realmente en él. Nadie, salvo una mujer misteriosa, nómada, tan sutil como el viento y tan ardiente como el fuego. Nadie, salvo el destino que seguía forjando, implacable, los senderos de los mortales. Nadie, salvo el propio Tergocles Antondeo, cuyo corazón comenzaba a palpitar al son de las leyendas aún por escribir.

Una tormenta terrible se formaba por toda Helárissos, un temporal implacable que habría de azotar la tierra durante varios años. Era el comienzo de las llamadas Guerras Tergoclias, que pondrían a prueba la grandeza de Tergocles, y también la medida de su dolor. Y, sin embargo, en medio de la oscuridad que se cernía sobre Helárissos, los árboles de Queitaris comenzaban a florecer de nuevo, y su verdor volvió a teñir de anhelos las calles milenarias de la Ciudad Eterna.”

Subödai u-Xiúr