3 mar. 2017

La conjura de los magos

Ya está disponible la tercera entrega de la saga "Leyendas de las Tierras de Helárissos". Si te quedaste con ganas de más tras leer "La guarida del Augur", descubre qué nuevos peligros y sorpresas aguardan a Erban y sus compañeros en el recóndito escondrijo del Magis ekón, lugar de leyendas y secretos milenarios.
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Tras enfrentarse a múltiples peligros en las recónditas regiones septentrionales de Helárissos, Erban empieza al fin a vislumbrar el término de su viaje. Todavía resuenan en sus oídos las ominosas palabras del augurio que tantos ansiaban conocer pero nadie parecía comprender por completo. El destino del Kairnós se dibuja, por fin, evidente ante sus ojos.
Decidido a cumplir el mandato que la Profecía ha depositado sobre sus hombros, Erban y sus amigos se embarcan en un nuevo y arriesgado viaje rumbo a uno de los lugares más misteriosos y legendarios de Helárissos: un Santuario escondido donde, según cuentan los viejos mitos, viven recluidos los maestros de la magia, los hechiceros del Magis ekón. Allí espera Erban hallar respuestas y concluir su tarea, sin saber que le aguardan peligros y maravillas que sobrepasarán sus más osadas fantasías.

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25 feb. 2017

¡Erban está de vuelta!

Voces misteriosas susurran en los más recónditos rincones de Helárissos. Es tiempo de intrigas, de secretos largo tiempo olvidados y amenazas veladas.

Es tiempo de conjuras...


La gran aventura de Erban y sus amigos aún no ha terminado. Muy pronto podrás acompañarles en un nuevo episodio de la saga de Helárissos. 

¡Ya falta poco! 

29 ene. 2017

Premios "Galileo" de relatos de ciencia y tecnología: Mención especial

Recientemente se fallaron los Premios "Galileo" de relatos de ciencia y tecnología que otorga el Consejo Social de la Universidad Politécnica de Cartagena, y tengo el placer de anunciar que me han otorgado una mención especial por mi relato "Diario de a bordo".

Entrega de los premios del Consejo Social de la UPCT. Fuente: www.upct.es
Desde aquí quiero agradecer a la UPCT este galardón, que me fue entregado durante la festividad de Santo Tomás de Aquino, el pasado 27 de enero, así como felicitar al resto de premiados.

Entrega de los premios del Consejo Social de la UPCT. Fuente: www.upct.es

7 ene. 2017

La Historia de Queitaris (VIII): El fin del Ducado y el nacimiento del Foederus.

Con un poco de retraso llega el siguiente capítulo de la historia de Queitaris, donde se narra el auge y la debacle del Gran Ducado Alberaní y los inicios de la Queitaris independiente que se ha convertido en faro de toda Helárissos en la época en la que transcurren las aventuras de Erban y compañía. ¡Ya sólo falta un capítulo para completar estas crónicas queitaris!

"Tras sus conquistas, Aelarus gobernó con justicia y equidad durante veinte años, y muy pronto se empapó del espíritu de Queitaris, de su cultura, del latido de sus calles arboladas. El hombre maduro que gobernaba desde la Ciudad Eterna poco tenía que ver ya con el joven jinete. A su muerte fue enterrado con honores, y los queitari le lloraron como uno más entre los suyos.

Sus sucesores controlaron el Gran Ducado durante cerca de un siglo. Pero el poderío alberaní, fundado exclusivamente sobre las espadas de sus caballeros, era frágil y no estaba destinado a durar mucho. El propio Aelarus ya tuvo que lidiar con algunas revueltas en las ciudades conquistadas, que no se dejaban asimilar por la cultura alberaní, más tosca y primitiva. También tuvo que afrontar algunas sublevaciones de los barones más levantiscos que no aceptaban la primacía de Queitaris. Aelarus supo resolver todos estos problemas gracias a su mano de hierro y su valor, y su hijo gobernó en relativa paz. Fue entonces cuando muchos alberaníes se asentaron en Queitaris y dejaron su impronta, que se mezcló rápidamente con las huellas de tantos otros pueblos y contribuyó a crear ese carácter propio, esa cultura que no era aquírea ni punneq ni marquisa ni alberaní, sino genuinamente queitari.

El reinado de los siguientes duques, en cambio, fue por regla general tumultuoso. Cuando no se enfrentaban con sus propios barones por una de tantas disputas feudales, tan comunes en aquel pueblo belicoso y orgulloso, se enfangaban en la compleja red de intereses y facciones que siempre han caracterizado a las populosas ciudades aquíreas, tan diferentes de las pequeñas aldeas y poblados de las montañas. Por si eso no bastara, el tercer duque se enfrascó en una larga guerra contra el Fad de Kemoia que acabó en tablas y obligó a los alberaníes a liberar las franjas norteñas de Kemoia que Aelarus había conquistado tras su victoria contra los fanáticos.

Y así por fin llegó también para el Gran Ducado la inevitable hora de la decadencia. El sexto duque reinante, Barlais, era un hombre débil de carácter y tan enamorado de Queitaris que vivía de espaldas a los asuntos de Alberanir, rechazando por completo un legado que todos sus antecesores, incluso aquéllos más influidos por la cultura queitari, se habían preocupado de conocer y respetar. Pronto surgió una fuerte oposición contra Barlais en las montañas y varios barones poderosos se sublevaron contra un duque al que consideraban extranjero y traidor. Por las mismas fechas se inflamó también la disidencia en varias ciudades aquíreas bajo control alberaní. Los disturbios no tardaron en tornarse rebelión abierta en Coszio, gracias al oro de la Confederación de Puertos, que siempre había tenido una relación cuanto menos tirante con los duques.

La situación fue agravándose paulatinamente sin que Barlais se mostrase capaz, o tan siquiera interesado en resolverla. Tras varios meses de conflicto latente, un barón llamado Gaëris se hizo coronar duque en Berstad con el apoyo de la asamblea de barones. Sólo entonces Barlais se decidió a convocar a sus mesnadas y cabalgó hacia Alberanir para combatir al usurpador, dejando apenas una guarnición simbólica a sus espaldas para mantener el orden en Áquiros y Queitaris.

Mientras los dos duques guerreaban en las montañas, la rebelión en el Áquiros conquistado se agravó, aunque no contaba con ningún liderazgo claro. En las ciudades más occidentales el Senado de Táberis encabezó las revueltas y recuperó el control de buena parte de su antiguo territorio, mientras que en el este y el sur cundió el caos, con enfrentamientos a varias bandas entre las diversa facciones rebeldes y las guarniciones alberaníes.

¿Y qué ocurría mientras tanto en Queitaris? La Ciudad Eterna, como es habitual, siguió su propio rumbo al margen del resto del mundo, y se libró de la anarquía y el descontento que asolaban Áquiros. La guarnición que mantenía el orden estaba formada íntegramente por soldados queitaris (una costumbre que habían adoptado varios duques) lo cual evitó disturbios pero también socavó aún más el dominio alberaní, ya que en cuanto Barlais se marchó con sus caballeros, los magnates queitaris expulsaron a los regentes alberaníes y declararon la independencia de Queitaris. Una asamblea de notables tomó el poder, formada por personas de todo origen y cultura, si bien en su mayoría eran mestizos de varias generaciones, auténticos hijos de Queitaris.

Así nació la Eclessía, la Voz del Pueblo de Queitaris. Aunque su origen fue tumultuoso y sus primeros años difíciles, en verdad era ya muy similar a la asamblea que nos gobierna ahora con sabiduría y justicia. Bajo la advocación de la sagrada memoria de Tergocles Antodeo, la Eclessía proclamó a Queitaris como polis independiente y escogió al primer Pritán, un filósofo con reputación de rectitud y honestidad llamado Parnicles Orneo.

Fue Parnicles quien, desde el estrado que aún hoy se alza junto a la Cámara de la Eclessía, ante la ciudadanía allí congregada, pronunció unas palabras que han resonado durante siglos en los corazones de todo queitari de bien:

‘Nunca más un señor extranjero dictará nuestros destinos, sea aquíreo, alberaní o punneq. Queitaris es desde hoy libre, ¡libre para forjar su propio futuro! En vuestras manos, conciudadanos, está el poder para decidir qué será de nosotros de ahora en adelante. Una nueva era comienza hoy. ¡Alegraos, queitaris, pues nos pertenece a todos nosotros!

Para cualquiera que se emocione con el estudio de la historia, pocos instantes en los largos siglos de Helárissos brillan con mayor esplendor que aquella gloriosa jornada. A Queitaris le aguardaban todavía años oscuros por delante, guerras y miseria, pero también gloria y esplendor. Y en definitiva, ¿acaso vislumbrar la oscuridad que empaña el sendero a nuestros pies nos impediría seguir caminando, siempre hacia delante, sin echar la vista atrás?

Y mientras Queitaris escribía un nuevo capítulo de su historia, una guerra fratricida asolaba Alberanir. Muchas batallas se libraron al pie de las montañas y en los pasos de las tierras altas, hasta que por fin Barlais se impuso, mató al usurpador y reclamó de nuevo el control de su patria ancestral, la misma que durante tantos años había ignorado y despreciado.

Pero en su victoria se vislumbraba una derrota aún mayor, ya que había perdido Queitaris, y el Senado de Táberis controlaba ya más de la mitad del territorio aquíreo, si bien todavía con dificultades y revueltas. En la región más oriental reinaba el caos, y el gran puerto de Coszio se desangraba en una terrible guerra civil. El Gran Ducado de Aelarus se había deshilachado como una sábana vieja y raída.

Barlais se encontraba en una posición muy incómoda, pero todavía contaba con un ejército poderoso, y una vez pacificada Alberanir, se dispuso a reconquistar su Imperio. Tras asentar su posición en las montañas, reunió a sus caballeros y marchó de nuevo hacia el oeste. Pero el Senado no estaba dispuesto a ceder terreno, y las huestes senatoriales le plantaron cara en medio del desorden que reinaba en las ciudades más orientales de Áquiros.

La guerra que siguió fue terrible, pródiga en matanzas y abusos, hasta el punto que muchos entonces creyeron que los Dioses les habían abandonado y el mundo se precipitaba a su final. No era así, es cierto, ¿pero cómo culparles? Empujado por el odio, el hombre es capaz de atrocidades sin fin, y es harto difícil conservar la esperanza mientras la sangre derramada amenaza con asfixiarte.

Tanta muerte y tanto horror acabo resultando estéril, como suele suceder. Amenazado por nuevas revueltas de los barones levantiscos, Barlais se vio obligado a ceder y regresar a Alberanir a riesgo de perderlo todo. El Senado no pudo aprovecharse de la retirada alberaní, ya que se enfrentaba a sus propias revueltas. Áquiros estaba devastada y ahíta de sangre, y la guerra terminó por agotamiento de ambos bandos.

Así terminó la hegemonía alberaní de Helárissos. Barlais todavía reinó como duque unos pocos años convulsos, y sus sucesores estuvieron demasiado ocupados lidiando con guerras entre nobles y disputas feudales como para pensar en iniciar nuevas guerras de conquista. Tal vez, en otras circunstancias, Áquiros podría haber tomado el relevo y recuperar su papel como potencia dominante, pero su poderío se había derrumbado por completo. A duras penas pudo el Senado restablecer el orden y reafirmar su autoridad sobre ciudades empobrecidas y señoríos asolados.

Y fue entonces, en medio de tan incierta situación, cuando la nueva Queitaris independiente comenzó a despuntar. La ciudad, ya de por sí próspera, se había librado de los terribles conflictos de los últimos años y, bajo la sabía guía de Parnicles y la Eclessía, crecía y mutaba en algo nuevo, una mezcla insólita que bebía de todas las tradiciones que alguna vez se habían aposentado en la ciudad en su larga y sorprendente historia. La Polis abrazó la tradición comercial de Punnaq, la compleja cultura legal y judicial aquírea, la audacia y el sentido del honor alberaní, la laboriosidad kemoní, y quién sabe cuántas otras costumbres y visiones del mundo, y las fundió en su crisol de razas y pueblos.

En medio de un mundo sin grandes poderes, sin generales ambiciosos ni héroes invencibles, sin países en expansión ni imperios en su apogeo, la luz de Queitaris resplandeció como nunca lo había hecho hasta entonces, ni siquiera en tiempos de Tergocles Antodeo. Ya no era la perla de los grandes imperios del pasado, ni el trono dorado de los señores de Helárissos. Era una joya en sí misma, una ciudad populosísima, floreciente, centro de comercio e inexpugnable en su posición privilegiada, punto neurálgico de las rutas del Mesogeis y depositaria de una historia milenaria.

Y por si todo esto no fuera poco, Queitaris era un lugar sagrado, pues allí se había forjado la mítica Alianza entre los Dioses Antiguos y el hombre primitivo, el Cognós indescifrable. Aún hoy muchos sacuden la cabeza con escepticismo o ríen ante tales cuentos, pero este mito está muy arraigado en el corazón de cada hombre y mujer de Helárissos, y contribuye aún más a engrandecer el aura mítica de Queitaris.

Y así, haciendo gala de tal esplendor entre las ruinas de guerras atroces, había llegado por fin la hora de Queitaris para ocupar su legítimo lugar como señora de toda Helárissos, verdadera Ciudad Eterna y Sagrada. Pero, haciendo honor a su carácter singular, Queitaris no afianzaría su poder por medio de las armas como los imperios de antaño, sino recurriendo a medios más sutiles y, sin embargo, más duraderos. Se acercaba la Era del Foederus, el Solemne Tratado. Se acercaba la Edad de los Arcontes.”

Subödai u-Xiúr

2 oct. 2016

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Como parte de la promoción #PublicaConKindle de Amazon, durante el mes de octubre ambos volúmenes de la saga de Helárissos estarán a la venta por tan solo 0,99€. ¡Ya no hay excusa para embarcarte en esta aventura!

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23 sept. 2016

La Historia de Queitaris (VII): El Gran Ducado de Alberanir.

Aquí llega un nuevo capítulo de la afamada historia de Queitaris. En esta entrega se narra la debacle final del Imperio Aquíreo y el establecimiento del Gran Ducado de Alberanir, un capítulo tumultuoso en el que la Ciudad Eterna volvió a jugar un papel esencial.

“Tras la muerte del gran Tergocles, el renovado Dominio Aquíreo mantuvo todavía su posición hegemónica en Helárissos durante unos cuantos años, bajo el gobierno del Senado de Táberis. Pero el convulso período de las Guerras Tergoclias había debilitado enormemente el poderío aquíreo. La sociedad seguía dividida y se enfrentaba a menudo siguiendo la estela de demagogos y charlatanes; el hambre y la pobreza golpeaban a los más humildes; y las legiones que todavía sostenían el dominio de Áquiros eran pasto de la indisciplina, la mala preparación y la desidia.

En verdad poco quedaba ya del Antiguo Imperio. Los estandartes aquíreos habían sido expulsados de casi toda Kemoia, su dominio sobre la franja oriental de la Marca era cada vez más tenue, y sólo en Alberanir mantenían todavía fuertes guarniciones en las tierras bajas. En cuanto a Queitaris, aunque nominalmente estaba sometida al Senado, en la práctica gozaba de gran autonomía y sus líderes a menudo ignoraban las órdenes venidas de Táberis. Era el tiempo de otros pueblos, tal y como Tergocles había vaticinado, pero ¿quién no se ha dejado cegar jamás por el orgullo y el miedo a los cambios?

Y así, cuando apenas treinta años habían transcurrido desde la muerte de Tergocles, una gran rebelión estalló el Alberanir. Un joven llamado Aelarus la lideraba, nieto del anciano Föerius. Según las crónicas de la época, era un gran jinete y un guerrero sin parangón, y hacía gala de la misma determinación que su abuelo. Pero además, Aelarus pronto dio muestras de un talento diplomático del que su ilustre antecesor siempre careció.

Tras una serie de fulgurantes victorias contra las guarniciones aquíreas más próximas a las montañas, Aelarus logró que la asamblea de barones le nombrara duque de Alberanir, el primero en ostentar ese título en siglos. Investido con semejante poder, convocó a los caballeros de Alberanir y, durante un histórico encuentro, denunció los vergonzantes pactos por los que sus ancestros se habían sometido a Áquiros y proclamó la libertad de toda Alberanir.

Muy pronto sus feroces jinetes expulsaron a los aquíreos de las tierras altas, y Aelarus se aprestó a hacer lo mismo con las tierras bajas de su patria. Para ello contaba con una gran ventaja, ya que su abuelo le había instruido a la perfección en las tácticas de las legiones, y supo adiestrar a sus caballeros para contrarrestarlas. Tras unas semanas de maniobras, y en contra de la opinión de varios barones que apostaban por continuar con la táctica de guerrillas del pasado, Aelarus se enfrentó en batalla campal contra una de las tres legiones estacionadas en Alberanir, y la aplastó por completo. El eco de semejante victoria animó a más barones a unirse a la rebelión.

Cuando el Senado supo de la derrota, se aprestó a enviar refuerzos. No fue una decisión fácil, y hubo graves discusiones entre los senadores y un clamor entre la plebe que no entendía el empeño de seguir luchando y sangrando por una tierra mucho menos productiva que Kemoia o la Marca. Así piensan a menudo las gentes humildes, que sólo desean pan y calma para afrontar los sinsabores de la vida. Para los senadores, en cambio, perder Alberanir suponía renunciar al último vestigio imperial, amén de la riqueza minera de las tierras altas. ¿A quién dar la razón? A ojos de la historia, la gloria y el poder son seductores y la lógica del gobernante siempre parece sólida, mientras que la sangre derramada, los lamentos y la miseria pronto se olvidan. Sea como fuere, el Senado decretó una movilización general, hizo levas y puso al frente de las nuevas legiones al general Evaro Férides Miliro.

Muchos cronistas bautizan a Evaro como el último general brillante de Áquiros. Bien es cierto que supo ver las debilidades de sus legiones, bisoñas y mal armadas, y decidió que el modelo de legión aquírea, que apenas había variado desde los tiempos de Cládiques, había quedado obsoleto. Ni sus hombres ni las arcas de Táberis podían sostener ya una campaña duradera con grandes legiones en liza. Así pues, Evaro reorganizó las levas en cuerpos más pequeños y móviles, con mayoría de arqueros y soldados ligeros, y marchó a Alberanir.

Fue la llamada Guerra de Invierno, a causa de las terribles nevadas y el frío gélido que cubrió el norte de Helárissos aquel año. Gracias al talento de Evaro, los aquíreos lograron mantener a duras penas sus posiciones en las tierras bajas, pero todos sus intentos de internarse en las montañas acabaron en desastre. Aelarus y sus caballeros siempre llevaban la iniciativa y a menudo lanzaban devastadoras razias en el llano.

La guerra pronto dejó exhaustas las arcas de una Áquiros que se desangraba a ojos vista. Evaro se desgañitaba solicitando refuerzos mientras realizaba verdaderos milagros para mantener su precaria posición. Pero cada vez que el Senado trataba de hacer nuevas levas se arriesgaba a una revuelta, y apenas podía asegurar el aprovisionamiento de las tropas. Sólo la mayor prosperidad de Queitaris, que aportaba recursos para la guerra a regañadientes, evitó durante un tiempo el desastre.

Pero al final, la carestía y el hambre se enseñorearon de Áquiros. Los tumultos se convirtieron en rebelión y el Senado cayó, sustituido por una asamblea de emergencia bajo el mando del Cónsul Baro Mádiques Ecneo. Este nuevo gobierno se mostró pronto débil e indeciso, más preocupado por restablecer el orden y poner freno a las protestas de los hambrientos que por resolver un conflicto lejano.

Abandonadas a su suerte, las tropas de Evaro se enfrentaron a Aelarus en el monte Sórik en una última batalla. A pesar de su talento y de la resistencia de sus hombres, pronto las huestes aquíreas se vieron sobrepasadas, y al atardecer sus filas se rompieron y fueron barridos por la carga furiosa de la caballería alberaní. Evaro fue capturado y, tras un breve encuentro con Aelarus, quien se mostró clemente y cortés con él, fue devuelto a Áquiros con un mensaje muy claro: Alberanir es libre.

El destino del fiel Evaro fue en verdad terrible. Insultado y vituperado a su llegada a Táberis, nadie tuvo en cuenta su valor ni su talento, y el Cónsul Baro lo hizo ejecutar por su derrota. Los Dioses pronto le harían lamentar tan insensata decisión.

En medio del caos y los disturbios, y aprovechando que contaba con la lealtad de las tropas, Baro se hizo con el poder y se proclamó emperador. Así se inició el fugaz Imperio Medio, cuya breve historia es un compendio de inestabilidad, enfrentamientos civiles, conjuras y traiciones. Así, el arrogante Baro apenas aguantó seis meses en su trono antes de ser asesinado. Le sucedió su primo Cládiques, tan enamorado de la leyenda de su augusto nombre que soñaba con restablecer la vieja gloria imperial a golpe de espada. Dos semanas de locuras y órdenes imposibles se saldaron con su cabeza en una pica y un simple capitán de la legión taberisea sentado en el trono: Sílies Arneo.

Y mientras Áquiros se desangraba de tal modo, el victorioso Aelarus había asentado su poder en Alberanir y planeaba gestas aún mayores. En su corazón albergaba la intención de convertir a los opresores en oprimidos y grabar su nombre en los los lied de su pueblo para siempre. Pero antes tenía que hacer frente a una nueva amenaza que había despertado en Kemoia.

Por aquel entonces los últimos retazos de los acuerdos que Tergocles había logrado arrancar a los revoltosos kemoníes habían saltado en pedazos, y una nueva secta del Profeta Mártir se había adueñado de las marcas más septentrionales de Kemoia. Las tropas fanáticas, tras ser rechazadas en el sur, marchaban hacia el norte para extender su guerra sagrada contra los herejes. Aelarus reunión a sus mesnadas y cabalgó para defender las fértiles tierras bajas de Alberanir. La guerra entre ambos pueblos, que hasta entonces apenas se habían enfrentado entre sí al hallarse bajo la paz común de Áquiros, fue terrible y sangrienta. Pero al final se impuso el poderío de la caballería alberaní, y Aelarus extendió sus dominios hasta los límites de Kemoia.

El joven y valiente duque se sentía fuerte y sus victorias habían dado alas a su ambición. Entre los suyos hablaba abiertamente de crear su propio imperio, pero para ello sólo había un camino: Áquiros, y por encima de todo la Ciudad Eterna, Queitaris, donde tantos emperadores habían establecido su corte en el pasado. Dispuesto a lograr tal gesta, Aelarus lanzó a sus huestes hacia occidente, una tropa numerosa que contaba con la mejor fuerza de caballería que jamás había hollado la tierra de Helárissos.

Aelarus puso sitio a Coszio y la tomó en pocos días, quemando buena parte del exiguo poder naval aquíreo. El terror se extendió rápidamente por Áquiros, que se veía invadido por primera vez desde las lejanas Guerras del Mesogeis. El emperador, Sílies, que había servido a las órdenes del malogrado Evaro, logró reorganizar las  tropas y plantó cara al invasor. Pero a pesar de su valor, Sílies no era Evaro ni estaba a la altura de los grandes generales del pasado. Sufrió una terrible derrota a las puertas de Emerasta, y fue asesinado por un esbirro de sus rivales políticos mientras trataba de huir.

Con su muerte pereció la última resistencia de Áquiros. Cinco emperadores se sucedieron en poco tiempo, todos ellos peleles de facciones ferozmente enfrentadas, mientras la caballería alberaní avanzaba sin apenas oposición. Fue entonces, durante esta debacle, cuando las Guardianas se marcharon de Áquiros y establecieron su refugio en las montañas occidentales, en la célebre ciudadela de Hacra.

Finalmente, con buena parte de Áquiros en poder de los alberaníes y la caballería a las puertas de Táberis, el duque Aelarus se avino a parlamentar con el emperador, un anciano senador llamado Graelo. ¿Por qué, con la victoria al alcance de su mano, accedió el joven conquistador a negociar con un enemigo casi vencido? Tal vez porque el verdadero objeto de su deseo era Queitaris, y sabía que ni siquiera sus afamados caballeros podrían derribar el Muro de Tergocles. La Ciudad Eterna, incluso con una pequeña guarnición, era inexpugnable.

Según cuentan las crónicas, cuando Aelarus se reunión con Graelo y los senadores, les propuso dos alternativas: O se rendían y le entregaban Queitaris, a cambio de conservar algunas de sus ciudades y cierta autonomía, o arrasaría Áquiros de extremo a extremo. Graelo cedió, cabizbajo.

Y así Aelarus atravesó triunfante el Muro de Tergocles a la cabeza de sus caballeros y estableció su trono en Queitaris como Gran Duque de Helárissos. La ciudad se sometió a regañadientes, aunque los queitari, según cuentan, no tardaron en apreciar la magnanimidad del joven duque, quien por otra parte les había librado de una vez por todas de los últimos vestigios de influencia aquírea.

Bajo el astuto gobierno de Aelarus, el Gran Ducado de Alberanir se convirtió en la nueva potencia hegemónica de Helárissos, un reino que se extendía desde Kemoia hasta el este de Áquiros. El oeste de Áquiros, por otra parte, quedó convertido en un pequeño estado tributario gobernado desde Táberis. Graelo fue depuesto en una ceremonia humillante, y tras una tumultuosa transición se formó un nuevo Senado para gobernar el menguado Dominio de Áquiros.

Así sucede a menudo con el devenir de la historia. Tal y como anticipara el sagaz Tergocles, la estrella de Áquiros se había apagado por fin tras años de estertores y lenta agonía, y una nueva luz brillaba en el firmamento. Y como tantas veces había sucedido en el pasado, Queitaris estaba llamada a jugar un papel fundamental en el nuevo orden, ¿pues qué otra urbe en toda Helárissos puede rivalizar con el esplendor y la grandeza de la Ciudad Eterna?”

Subödai u-Xiúr

La Historia de Queitaris (VII): El Gran Ducado de Alberanir.

Aquí llega un nuevo capítulo de la afamada historia de Queitaris. En esta entrega se narra la debacle final del Imperio Aquíreo y el establecimiento del Gran Ducado de Alberanir, un capítulo tumultuoso en el que la Ciudad Eterna volvió a jugar un papel esencial.

“Tras la muerte del gran Tergocles, el renovado Dominio Aquíreo mantuvo todavía su posición hegemónica en Helárissos durante unos cuantos años, bajo el gobierno del Senado de Táberis. Pero el convulso período de las Guerras Tergoclias había debilitado enormemente el poderío aquíreo. La sociedad seguía dividida y se enfrentaba a menudo siguiendo la estela de demagogos y charlatanes; el hambre y la pobreza golpeaban a los más humildes; y las legiones que todavía sostenían el dominio de Áquiros eran pasto de la indisciplina, la mala preparación y la desidia.

En verdad poco quedaba ya del Antiguo Imperio. Los estandartes aquíreos habían sido expulsados de casi toda Kemoia, su dominio sobre la franja oriental de la Marca era cada vez más tenue, y sólo en Alberanir mantenían todavía fuertes guarniciones en las tierras bajas. En cuanto a Queitaris, aunque nominalmente estaba sometida al Senado, en la práctica gozaba de gran autonomía y sus líderes a menudo ignoraban las órdenes venidas de Táberis. Era el tiempo de otros pueblos, tal y como Tergocles había vaticinado, pero ¿quién no se ha dejado cegar jamás por el orgullo y el miedo a los cambios?

Y así, cuando apenas treinta años habían transcurrido desde la muerte de Tergocles, una gran rebelión estalló el Alberanir. Un joven llamado Aelarus la lideraba, nieto del anciano Föerius. Según las crónicas de la época, era un gran jinete y un guerrero sin parangón, y hacía gala de la misma determinación que su abuelo. Pero además, Aelarus pronto dio muestras de un talento diplomático del que su ilustre antecesor siempre careció.

Tras una serie de fulgurantes victorias contra las guarniciones aquíreas más próximas a las montañas, Aelarus logró que la asamblea de barones le nombrara duque de Alberanir, el primero en ostentar ese título en siglos. Investido con semejante poder, convocó a los caballeros de Alberanir y, durante un histórico encuentro, denunció los vergonzantes pactos por los que sus ancestros se habían sometido a Áquiros y proclamó la libertad de toda Alberanir.

Muy pronto sus feroces jinetes expulsaron a los aquíreos de las tierras altas, y Aelarus se aprestó a hacer lo mismo con las tierras bajas de su patria. Para ello contaba con una gran ventaja, ya que su abuelo le había instruido a la perfección en las tácticas de las legiones, y supo adiestrar a sus caballeros para contrarrestarlas. Tras unas semanas de maniobras, y en contra de la opinión de varios barones que apostaban por continuar con la táctica de guerrillas del pasado, Aelarus se enfrentó en batalla campal contra una de las tres legiones estacionadas en Alberanir, y la aplastó por completo. El eco de semejante victoria animó a más barones a unirse a la rebelión.

Cuando el Senado supo de la derrota, se aprestó a enviar refuerzos. No fue una decisión fácil, y hubo graves discusiones entre los senadores y un clamor entre la plebe que no entendía el empeño de seguir luchando y sangrando por una tierra mucho menos productiva que Kemoia o la Marca. Así piensan a menudo las gentes humildes, que sólo desean pan y calma para afrontar los sinsabores de la vida. Para los senadores, en cambio, perder Alberanir suponía renunciar al último vestigio imperial, amén de la riqueza minera de las tierras altas. ¿A quién dar la razón? A ojos de la historia, la gloria y el poder son seductores y la lógica del gobernante siempre parece sólida, mientras que la sangre derramada, los lamentos y la miseria pronto se olvidan. Sea como fuere, el Senado decretó una movilización general, hizo levas y puso al frente de las nuevas legiones al general Evaro Férides Miliro.

Muchos cronistas bautizan a Evaro como el último general brillante de Áquiros. Bien es cierto que supo ver las debilidades de sus legiones, bisoñas y mal armadas, y decidió que el modelo de legión aquírea, que apenas había variado desde los tiempos de Cládiques, había quedado obsoleto. Ni sus hombres ni las arcas de Táberis podían sostener ya una campaña duradera con grandes legiones en liza. Así pues, Evaro reorganizó las levas en cuerpos más pequeños y móviles, con mayoría de arqueros y soldados ligeros, y marchó a Alberanir.

Fue la llamada Guerra de Invierno, a causa de las terribles nevadas y el frío gélido que cubrió el norte de Helárissos aquel año. Gracias al talento de Evaro, los aquíreos lograron mantener a duras penas sus posiciones en las tierras bajas, pero todos sus intentos de internarse en las montañas acabaron en desastre. Aelarus y sus caballeros siempre llevaban la iniciativa y a menudo lanzaban devastadoras razias en el llano.

La guerra pronto dejó exhaustas las arcas de una Áquiros que se desangraba a ojos vista. Evaro se desgañitaba solicitando refuerzos mientras realizaba verdaderos milagros para mantener su precaria posición. Pero cada vez que el Senado trataba de hacer nuevas levas se arriesgaba a una revuelta, y apenas podía asegurar el aprovisionamiento de las tropas. Sólo la mayor prosperidad de Queitaris, que aportaba recursos para la guerra a regañadientes, evitó durante un tiempo el desastre.

Pero al final, la carestía y el hambre se enseñorearon de Áquiros. Los tumultos se convirtieron en rebelión y el Senado cayó, sustituido por una asamblea de emergencia bajo el mando del Cónsul Baro Mádiques Ecneo. Este nuevo gobierno se mostró pronto débil e indeciso, más preocupado por restablecer el orden y poner freno a las protestas de los hambrientos que por resolver un conflicto lejano.

Abandonadas a su suerte, las tropas de Evaro se enfrentaron a Aelarus en el monte Sórik en una última batalla. A pesar de su talento y de la resistencia de sus hombres, pronto las huestes aquíreas se vieron sobrepasadas, y al atardecer sus filas se rompieron y fueron barridos por la carga furiosa de la caballería alberaní. Evaro fue capturado y, tras un breve encuentro con Aelarus, quien se mostró clemente y cortés con él, fue devuelto a Áquiros con un mensaje muy claro: Alberanir es libre.

El destino del fiel Evaro fue en verdad terrible. Insultado y vituperado a su llegada a Táberis, nadie tuvo en cuenta su valor ni su talento, y el Cónsul Baro lo hizo ejecutar por su derrota. Los Dioses pronto le harían lamentar tan terrible decisión.

En medio del caos y los disturbios, y aprovechando que contaba con la lealtad de las tropas, Baro se hizo con el poder y se proclamó emperador. Así se inició el fugaz Imperio Medio, cuya breve historia es un compendio de inestabilidad, enfrentamientos civiles, conjuras y traiciones. Así, el arrogante Baro apenas aguantó seis meses en su trono antes de ser asesinado. Le sucedió su primo Cládiques, tan enamorado de la leyenda de su augusto nombre que soñaba con restablecer la vieja gloria imperial a golpe de espada. Dos semanas de locuras y órdenes imposibles se saldaron con su cabeza en una pica y un simple capitán de la legión taberisea sentado en el trono: Sílies Arneo.

Y mientras Áquiros se desangraba de tal modo, el victorioso Aelarus había asentado su poder en Alberanir y planeaba gestas aún mayores. En su corazón albergaba la intención de convertir a los opresores en oprimidos y grabar su nombre en los los lied de su pueblo para siempre. Pero antes tenía que hacer frente a una nueva amenaza que había despertado en Kemoia.

Por aquel entonces los últimos retazos de los acuerdos que Tergocles había logrado arrancar a los revoltosos kemoníes habían saltado en pedazos, y una nueva secta del Profeta Mártir se había adueñado de las marcas más septentrionales de Kemoia. Las tropas fanáticas, tras ser rechazadas en el sur, marchaban hacia el norte para extender su guerra sagrada contra los herejes. Aelarus reunión a sus mesnadas y cabalgó para defender las fértiles tierras bajas de Alberanir. La guerra entre ambos pueblos, que hasta entonces apenas se habían enfrentado entre sí al hallarse bajo la paz común de Áquiros, fue terrible y sangrienta. Pero al final se impuso el poderío de la caballería alberaní, y Aelarus extendió sus dominios hasta los límites de Kemoia.

El joven y valiente duque se sentía fuerte y sus victorias habían dado alas a su ambición. Entre los suyos hablaba abiertamente de crear su propio imperio, pero para ello sólo había un camino: Áquiros, y por encima de todo la Ciudad Eterna, Queitaris, donde tantos emperadores habían establecido su corte en el pasado. Dispuesto a lograr tal gesta, Aelarus lanzó a sus huestes hacia occidente, una tropa numerosa que contaba con la mejor fuerza de caballería que jamás había hollado la tierra de Helárissos.

Aelarus puso sitio a Coszio y la tomó en pocos días, quemando buena parte del exiguo poder naval aquíreo. El terror se extendió rápidamente por Áquiros, que se veía invadido por primera vez desde las lejanas Guerras del Mesogeis. El emperador, Sílies, que había servido a las órdenes del malogrado Evaro, logró reorganizar las  tropas y plantó cara al invasor. Pero a pesar de su valor, Sílies no era Evaro ni estaba a la altura de los grandes generales del pasado. Sufrió una terrible derrota a las puertas de Emerasta, y fue asesinado por un esbirro de sus rivales políticos mientras trataba de huir.

Con su muerte pereció la última resistencia de Áquiros. Cinco emperadores se sucedieron en poco tiempo, todos ellos peleles de facciones ferozmente enfrentadas, mientras la caballería alberaní avanzaba sin apenas oposición. Fue entonces, durante esta debacle, cuando las Guardianas se marcharon de Áquiros y establecieron su refugio en las montañas occidentales, en la célebre ciudadela de Hacra.

Finalmente, con buena parte de Áquiros en poder de los alberaníes y la caballería a las puertas de Táberis, el duque Aelarus se avino a parlamentar con el emperador, un anciano senador llamado Graelo. ¿Por qué, con la victoria al alcance de su mano, accedió el joven conquistador a negociar con un enemigo casi vencido? Tal vez porque el verdadero objeto de su deseo era Queitaris, y sabía que ni siquiera sus afamados caballeros podrían derribar el Muro de Tergocles. La Ciudad Eterna, incluso con una pequeña guarnición, era inexpugnable.

Según cuentan las crónicas, cuando Aelarus se reunión con Graelo y los senadores, les propuso dos alternativas: O se rendían y le entregaban Queitaris, a cambio de conservar algunas de sus ciudades y cierta autonomía, o arrasaría Áquiros de extremo a extremo. Graelo cedió, cabizbajo.

Y así Aelarus atravesó triunfante el Muro de Tergocles a la cabeza de sus caballeros y estableció su trono en Queitaris como Gran Duque de Helárissos. La ciudad se sometió a regañadientes, aunque los queitari, según cuentan, no tardaron en apreciar la magnanimidad del joven duque, quien por otra parte les había librado de una vez por todas de los últimos vestigios de influencia aquírea.

Bajo el astuto gobierno de Aelarus, el Gran Ducado de Alberanir se convirtió en la nueva potencia hegemónica de Helárissos, un reino que se extendía desde Kemoia hasta el este de Áquiros. El oeste de Áquiros, por otra parte, quedó convertido en un pequeño estado tributario gobernado desde Táberis. Graelo fue depuesto en una ceremonia humillante, y tras una tumultuosa transición se formó un nuevo Senado para gobernar el menguado Dominio de Áquiros.

Así sucede a menudo con el devenir de la historia. Tal y como anticipara el sagaz Tergocles, la estrella de Áquiros se había apagado por fin tras años de estertores y lenta agonía, y una nueva luz brillaba en el firmamento. Y como tantas veces había sucedido en el pasado, Queitaris estaba llamada a jugar un papel fundamental en el nuevo orden, ¿pues qué otra urbe en toda Helárissos puede rivalizar con el esplendor y la grandeza de la Ciudad Eterna?”

Subödai u-Xiúr