26 mar. 2010

La Historia de Queitaris (II): El apogeo de Áquiros y el Imperio Antiguo.

Aquí tenemos un nuevo fragmento de la "Historia de Queitaris" del ínclito cronista Subödai "el viejo". En esta ocasión nos narra el ascenso y supremacía de Áquiros sobre Queitaris, así como su lenta decadencia. Ningún otro pueblo dominó la Ciudad Eterna por más tiempo ni dejó una huella más profunda en sus gentes y en sus calles. Y sin embargo, probablemente fueron ellos mismos los que más cambiaron y evolucionaron por el mero hecho de alzar su imperio en torno a esta ciudad tan singular y misteriosa.

“Y así, tras años de guerras feroces contra tribus vecinas y hábiles conquistas, Áquiros se alzó como un único pueblo ávido de poder y dominio. A los ojos de Punnaq seguían siendo bárbaros advenedizos, demasiado alejados del mar y sus riquezas para representar ninguna amenaza. Pero el poder de los punneq había decaído con el correr de los años y los aquíreos, bajo la sabia tutela del Senado de Táberis, se sentían escogidos por los mismísimos Dioses para dominar toda Helárissos. Y la llave de tamaña gesta, la puerta a la supremacía de costa a costa del Mesogeis, se ocultaba entre las arboledas y los patios de Queitaris, entre sus muros cubiertos de musgo y sus columnas revestidas de hiedra. Así lo había entendido Tínite Av’qa muchos años antes, y así lo percibió un astuto senador aquíreo, Cládiques Meleo.

Investido como general en el sur del Dominio de Áquiros (y por tanto en la frontera con Queitaris), Cládiques reorganizó las tropas a su cargo y formó la primera legión aquírea, fruto de la experiencia de muchos años de guerras con las tribus rivales. El general sabía que el poder de Punnaq estaba en sus flotas y su maestría marinera, no en sus ejércitos formados por mercenarios y reclutas forzados. Convencido de la superior disciplina y entrenamiento de su legión, Cládiques decidió saltarse todas las precauciones y debates en el Senado y con un temerario golpe de mano se apoderó de Queitaris en un solo día.

El eco de semejante proeza llegó a todos los confines de Helárissos, sacudiendo hasta los cimientos el dominio de Punnaq sobre cientos de pueblos costeros. De la noche a la mañana los punneqs se vieron despojados de su gran ciudad y puerto en el continente a manos de “una caterva de salvajes por civilizar”. Los sátrapas no podían tolerar tal desafío y armaron su flota para recobrar Queitaris cuanto antes. En cuanto a Cládiques, su tremendo éxito no sólo le libró del castigo por actuar a espaldas del Senado sino que le aupó a la dignidad de Cónsul con mando sobre todas las tropas de Áquiros. El general se apresuró a organizar nuevas legiones para defenderse de la esperada ofensiva punneq. Era el comienzo de las Guerras del Mesogeis.

No es ésta la ocasión para extenderse sobre el transcurso de este conflicto. Otros eruditos más sabios y sutiles han escrito ya sobre cada batalla y cada movimiento, cada gesta heroica y cada traición mezquina. Baste decir que Áquiros acabó por imponerse tras larga pugna y cruentos combates. Primero en tierra, donde sus legiones mostraron ser muy superiores a cualquier tropa que los punneq pudieran organizar; y finalmente en el mar, llevando la guerra con insólita determinación hasta las mismas Islas de Targava bajo el liderazgo de Scípeles Clado, nieto de Cládiques y nuevo Cónsul de Áquiros.

Para Punnaq la derrota fue dolorosa y terrible, tanto que cambió para siempre el destino de las gentes de las Islas. Superados por Áquiros incluso en el mar, todo su dominio sobre las costas de Helárissos se derrumbó en poco tiempo. Vencidos y humillados, su espíritu guerrero ahogado en las mismas aguas que antaño dominaron, no tuvieron otra salida que concentrarse de nuevo en las artes del comercio y la navegación. Con el tiempo, y dada su admirable habilidad mercantil y marinera, Targava volvió a prosperar y a jugar un papel muy importante en Helárissos. Pero los punneqs nunca más volvieron a someter a ningún otro pueblo por la fuerza de las armas.

Y así, con la victoria sobre Punnaq, se escribió la primera página de la larga historia del Imperio Aquíreo. Ahíto de gloria y triunfo, sin nadie capaz de hacerle sombra entre los suyos, Scípeles Clado se coronó como Emperador y estableció su corte en Queitaris, lejos de la ancestral capital de su pueblo y de las intrigas de un Senado reducido a mera comparsa sin poder alguno. La Ciudad Eterna habría de jugar, una vez más, un papel crucial en la historia de Helárissos.

Durante trescientos años el Imperio siguió creciendo y extendiendo su dominio por todo el continente: Alberanir y las tierras bajas de Oriente, Kemoia, la Marca e incluso las estepas bárbaras del norte… el búho y el lobo, estandartes de Áquiros, recorrieron extensos territorios al son de los pasos de los legionarios, mientras el Imperio prosperaba y se enriquecía bajo el tumultuoso gobierno de la Corte de Queitaris.

Porque era en la Ciudad Eterna, y no en Táberis, donde se decidían los destinos de casi toda Helárissos. Después de Scípeles, ningún Emperador abandonó jamás el cobijo de una ciudad mítica y populosa que no dejaba de crecer y de extenderse, muro sobre muro y árbol y tras árbol en una mezcla caótica de gentes, ideas y pensamientos. Con cada nueva conquista llegaban cientos, tal vez miles de desarraigados, exiliados de la guerra que buscaban en Queitaris un nuevo lugar donde sobrevivir y aún medrar sobre una tierra bendecida por los mismos Dioses.

En esta larga época de conquistas y prosperidad, conocida por los sabios como el Imperio Antiguo, se construyeron muchos de los edificios que hoy forman la Villa del Arcontado, incluyendo la Cámara de la Eclessía (por aquel entonces parte del Palacio Imperial) y los cuarteles que albergan a la afamada Orden de Hacra, antaño residencia de la I Legión Queitarisea. Así fueron dejando los aquíreos su huella sobre Queitaris, profunda y evidente en las columnatas, los amplios patios y las plazas públicas salpicadas de encinas y chopos. Y al mismo tiempo el Imperio se forjaba y evolucionaba al calor de esta ciudad vibrante y populosa.

Después de un siglo, poco tenían ya que ver la Corte y las gentes de Queitaris con la cultura y las tradiciones ancestrales aquíreas que sí se conservaban en Táberis y en las tierras del Dominio. La Ciudad Eterna latía en una mezcla incontenible de cientos de lenguas y pueblos que prosperaban bajo la sombra de los olivos, al amparo de un Imperio cuyo Trono los propios aquíreos comenzaban a sentir como ajeno.

Fue así cómo el poder de Áquiros, todavía invencible en apariencia, comenzó a resquebrajarse. Al igual que le había ocurrido a Punnaq, llegaba el tiempo del ocaso para los orgullosos aquíreos. La soberbia de los Emperadores crecía a la par que su riqueza, mientras el descontento se extendía por Áquiros y sembraba semillas de rebeldía alentada por un Senado deseoso de recobrar su antiguo poder. Mientras tanto, las legiones se acomodaban y se debilitaban, auspiciando la continua sedición de los pueblos sometidos. Nuevos líderes se alzaban, deseosos de sacudirse el yugo aquíreo y perseguir sus propias leyendas.

Se avecinaban tiempos convulsos, tiempos de cambios bruscos y desolación, pero pocos supieron verlo entonces. Queitaris era el corazón de Helárissos y no dejaba de latir con fuerza, de respirar con innumerables voces que nada ni nadie parecía capaz de acallar. Los Emperadores se refugiaban en su palacio dorado, cegados por el resplandor del sol sobre las cúpulas de bronce y el brillo del mármol tamizado por las hojas de los árboles. En medio de la opulencia, nadie parecía darse cuenta de que los nuevos brotes enfermaban y morían, de que los árboles desnudaban sus ramas quebradizas y las hojas secas tapizaban las calles adoquinadas, quebrándose bajo los pasos de los incautos y los arrogantes.

Y así Queitaris se debilitaba en su misma esencia, y el Imperio Antiguo caminaba ciegamente hacia su colapso. Una nueva edad se adivinaba en el futuro de la Ciudad y por ende en el de toda Helárissos. Una edad cincelada alrededor de un hombre singular, un héroe legendario para muchos, un tirano y un déspota para otros, en todo caso una figura única que cambió para siempre la faz de Queitaris y del mundo.

Se avecinaba el tiempo de Tergocles Antodeo, el Último Emperador, el Gran Constructor. De su historia cuajada de mitos y sombras, de su vida estrechamente ligada a Queitaris, hay mucho que contar…"

Subödai u-Xiúr

7 mar. 2010

La Historia de Queitaris (I): Del Origen a la Edad de Punnaq.

Sin contar las modificaciones de formato del blog (aviso que no serán las últimas, esto es un proceso lento e iterativo), ha pasado bastante tiempo desde la última entrada, así que vamos con un nuevo fragmento sobre Helárissos. Para cualquiera que ya haya leído “El Héroe Durmiente”, creo que no hay duda de que uno de los lugares más especiales que Erban visita es la mítica ciudad de Queitaris. Su historia milenaria es en cierto modo la de toda Helárissos, ya que no hay pueblo ni raza que no haya puesto sus ojos y sus deseos en la Ciudad Eterna. Para ilustrar un poco todo esto, he aquí un primer capítulo de la “Historia de Queitaris”, del insigne erudito Subödai “el viejo”. Habrá más, pero no prometo cuándo ;)

“¿Por dónde empezar a narrar la historia de la más antigua y legendaria de las ciudades? Del pasado reciente de Queitaris sabemos mucho, porque el apogeo y la caída de los Arcontes han marcado a fuego y sangre el devenir de Helárissos en los últimos tiempos. ¿Pero qué podemos decir de sus orígenes, de su nacimiento? ¿Cómo escapar de los mitos, de las fábulas que adornan el milenario acontecer de Queitaris, la Ciudad Eterna? Cuando no es posible evitar la leyenda, no hay más opción que zambullirse en su laberinto de maravillas y mentiras.
Y así, escuchando a los aedos y a los bardos aprendemos que, en el albor de los tiempos, los mismísimos Poderes Inmortales tallaron la primera piedra de Queitaris y la hundieron en la tierra fértil, haciendo brotar un pequeño manantial a cuya vera nació un olivo. Fue éste un presente de los Dioses para consagrar aquel lugar y conmemorar el Cognós, el mítico pacto con los hombres recién nacidos a la vida en Helárissos.
Con el discurrir del tiempo, una pequeña ciudad fue creciendo sobre aquel lugar sagrado. Y con cada sillar, con cada nueva columna fruto de la mano del hombre, una planta nacía y se entrelazaba con la roca tallada como prueba del favor de los Dioses. De este modo Queitaris creció y prosperó, mezcla de bosque y ciudad, de voluntad y azar.
Quiénes habitaban entonces Queitaris es algo difícil de saber. Tantos pueblos han dominado la ciudad en un momento u otro, tantas gentes han dejado su impronta mezclada con la de sus predecesores… Lo que parece seguro es que ya entonces Queitaris era un lugar de encuentro para gentes de muchos lugares, porque no hay pueblo ni raza que no atesore antiguas leyendas sobre la Ciudad Eterna.
Y aquí podemos dejar atrás los mitos y empezar a adentrarnos en la Historia de la mano de los punneq, los nativos de las Islas de Targava. Ni siquiera ellos recuerdan sus orígenes ni cuándo comenzaron a navegar el Mesogeis, pero no cabe duda de que ellos fueron los primeros en surcar las olas de uno a otro confín en sus barcos de remos. Desde su Punnaq natal recorrieron todas las costas de Helárissos, primero como exploradores, luego como mercaderes, y al fin como colonos y conquistadores.
Y así llegaron a su apogeo, alrededor de mil años antes de la caída de los Arcontes. Los punneq eran dueños y señores del Mesogeis y poseían colonias y puertos en todas las costas desde el sur del río Jebros hasta la desembocadura del Kenut. Cualquier otro pueblo capaz de desafiarles se encontraba tierra adentro, en las montañas y las grandes llanuras, muy lejos de las prósperas costas donde ellos eran amos y señores.
Pero con todo su poder, había algo que los punneq todavía no controlaban. Queitaris era ya una ciudad extensa y muy poblada, trufada de árboles y habitada por una mezcla de tribus y pueblos ahora olvidados. Y por encima de todo, era un lugar sagrado que nadie se atrevía a hollar por temor a la cólera de los Poderes Inmortales.
Hasta que un día una osada mujer, hija de una de las familias aristócratas de Targava, se convirtió en sátrapa de Icrés y por ende en una de las líderes de los punneq. Se llamaba Tínite Av’qa, y soñaba con la gloria de controlar Queitaris. Pues sólo ella entre todos los punneq había comprendido que el verdadero corazón de Helárissos late eternamente en la Ciudad Sagrada.
Guiando una gran flota, partió de Icrés y navegó hacia el norte, desembarcando sus tropas en las Playas Blancas al este de Queitaris. Los nativos queitari se aprestaron a defenderse. Avisados de las intenciones de Tínite, habían construido un muro alrededor de la ciudad, de grandes bloques de granito. Pero para sorpresa de muchos, ni un solo tallo había brotado para unirse a las rocas que formaban la muralla, como si la propia ciudad rechazara aquella defensa. Algunos incluso afirmaron que era una afrenta a los Dioses, porque Queitaris debía acoger a todas las gentes de Helárissos.
Los punneq avanzaron y pusieron sitio a la ciudad. Durante un tiempo los muros aguantaron las acometidas, pero entonces hubo un temblor de tierra y uno de los lienzos se resquebrajó y se derrumbó. Aquello pareció confirmar los malos augurios y muchos defensores dejaron de combatir, desmoralizados. Los punneq no tardaron en vencer la última resistencia y se apoderaron de Queitaris. Y en ese momento, el de su triunfo y mayor gloria, Tínite mostró una gran compasión y astucia, porque perdonó a los queitari y los puso bajo la protección de Punnaq. Así, vencedores y vencidos no tardaron en fundirse y mezclarse, como tantas veces había ocurrido y tantas veces habría de ocurrir en el futuro.
Y así comenzó la Edad de los punneq en Queitaris. Tínite renunció a su satrapía y gobernó la ciudad en nombre de Targava durante muchos años con gran sabiduría y justicia, para luego reposar bajo la tierra sagrada. Sus sucesores siguieron ampliando y embelleciendo la ciudad, dejando una profunda huella que aun hoy permanece para cualquiera que recorra sus calles. De aquella época proceden las torres de Playas Blancas, y la Plaza de los Olivos, y el viejo barrio de los mercaderes, y las casas encaladas de los artesanos.
Durante doscientos años los punneq gobernaron la ciudad, convertida en su principal colonia en el continente y en un próspero cruce de rutas de mercaderes por tierra y por mar. Y al calor de este imparable trasiego de gentes y riquezas fueron llegando a la ciudad forasteros de todos los rincones de Helárissos, errantes dispuestos a echar raíces y a mezclarse con los conquistadores y con los queitari nativos sin distinción alguna. Porque ése, dicen los sabios, es el espíritu que late en cada piedra y cada árbol de Queitaris.
Y así pasaron los años de Punnaq, y su esplendor comenzó a declinar y a marchitarse como ocurre con todo cuanto vive bajo el sol. Nuevos pueblos crecían y se fortalecían lejos del mar, y con ellos despuntaban nuevos afanes, nuevas ideas, o tal vez las mismas de siempre renacidas al calor de un fuego más joven. Uno de estos pueblos era el de los aquíreos, una tribu asentada en la villa de Táberis, al norte. Habían aprendido mucho de los punneq y se habían librado de antiguos déspotas y tiranos para gobernarse a sí mismos en asamblea. En pocos años sometieron a muchas tribus cercanas y formaron un gran pueblo, Áquiros, destinado a desafiar a Punnaq y a escribir un nuevo capítulo en la historia de Queitaris y de toda Helárissos…”

Subödai u-Xiúr