2 oct. 2016

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23 sept. 2016

La Historia de Queitaris (VII): El Gran Ducado de Alberanir.

Aquí llega un nuevo capítulo de la afamada historia de Queitaris. En esta entrega se narra la debacle final del Imperio Aquíreo y el establecimiento del Gran Ducado de Alberanir, un capítulo tumultuoso en el que la Ciudad Eterna volvió a jugar un papel esencial.

“Tras la muerte del gran Tergocles, el renovado Dominio Aquíreo mantuvo todavía su posición hegemónica en Helárissos durante unos cuantos años, bajo el gobierno del Senado de Táberis. Pero el convulso período de las Guerras Tergoclias había debilitado enormemente el poderío aquíreo. La sociedad seguía dividida y se enfrentaba a menudo siguiendo la estela de demagogos y charlatanes; el hambre y la pobreza golpeaban a los más humildes; y las legiones que todavía sostenían el dominio de Áquiros eran pasto de la indisciplina, la mala preparación y la desidia.

En verdad poco quedaba ya del Antiguo Imperio. Los estandartes aquíreos habían sido expulsados de casi toda Kemoia, su dominio sobre la franja oriental de la Marca era cada vez más tenue, y sólo en Alberanir mantenían todavía fuertes guarniciones en las tierras bajas. En cuanto a Queitaris, aunque nominalmente estaba sometida al Senado, en la práctica gozaba de gran autonomía y sus líderes a menudo ignoraban las órdenes venidas de Táberis. Era el tiempo de otros pueblos, tal y como Tergocles había vaticinado, pero ¿quién no se ha dejado cegar jamás por el orgullo y el miedo a los cambios?

Y así, cuando apenas treinta años habían transcurrido desde la muerte de Tergocles, una gran rebelión estalló el Alberanir. Un joven llamado Aelarus la lideraba, nieto del anciano Föerius. Según las crónicas de la época, era un gran jinete y un guerrero sin parangón, y hacía gala de la misma determinación que su abuelo. Pero además, Aelarus pronto dio muestras de un talento diplomático del que su ilustre antecesor siempre careció.

Tras una serie de fulgurantes victorias contra las guarniciones aquíreas más próximas a las montañas, Aelarus logró que la asamblea de barones le nombrara duque de Alberanir, el primero en ostentar ese título en siglos. Investido con semejante poder, convocó a los caballeros de Alberanir y, durante un histórico encuentro, denunció los vergonzantes pactos por los que sus ancestros se habían sometido a Áquiros y proclamó la libertad de toda Alberanir.

Muy pronto sus feroces jinetes expulsaron a los aquíreos de las tierras altas, y Aelarus se aprestó a hacer lo mismo con las tierras bajas de su patria. Para ello contaba con una gran ventaja, ya que su abuelo le había instruido a la perfección en las tácticas de las legiones, y supo adiestrar a sus caballeros para contrarrestarlas. Tras unas semanas de maniobras, y en contra de la opinión de varios barones que apostaban por continuar con la táctica de guerrillas del pasado, Aelarus se enfrentó en batalla campal contra una de las tres legiones estacionadas en Alberanir, y la aplastó por completo. El eco de semejante victoria animó a más barones a unirse a la rebelión.

Cuando el Senado supo de la derrota, se aprestó a enviar refuerzos. No fue una decisión fácil, y hubo graves discusiones entre los senadores y un clamor entre la plebe que no entendía el empeño de seguir luchando y sangrando por una tierra mucho menos productiva que Kemoia o la Marca. Así piensan a menudo las gentes humildes, que sólo desean pan y calma para afrontar los sinsabores de la vida. Para los senadores, en cambio, perder Alberanir suponía renunciar al último vestigio imperial, amén de la riqueza minera de las tierras altas. ¿A quién dar la razón? A ojos de la historia, la gloria y el poder son seductores y la lógica del gobernante siempre parece sólida, mientras que la sangre derramada, los lamentos y la miseria pronto se olvidan. Sea como fuere, el Senado decretó una movilización general, hizo levas y puso al frente de las nuevas legiones al general Evaro Férides Miliro.

Muchos cronistas bautizan a Evaro como el último general brillante de Áquiros. Bien es cierto que supo ver las debilidades de sus legiones, bisoñas y mal armadas, y decidió que el modelo de legión aquírea, que apenas había variado desde los tiempos de Cládiques, había quedado obsoleto. Ni sus hombres ni las arcas de Táberis podían sostener ya una campaña duradera con grandes legiones en liza. Así pues, Evaro reorganizó las levas en cuerpos más pequeños y móviles, con mayoría de arqueros y soldados ligeros, y marchó a Alberanir.

Fue la llamada Guerra de Invierno, a causa de las terribles nevadas y el frío gélido que cubrió el norte de Helárissos aquel año. Gracias al talento de Evaro, los aquíreos lograron mantener a duras penas sus posiciones en las tierras bajas, pero todos sus intentos de internarse en las montañas acabaron en desastre. Aelarus y sus caballeros siempre llevaban la iniciativa y a menudo lanzaban devastadoras razias en el llano.

La guerra pronto dejó exhaustas las arcas de una Áquiros que se desangraba a ojos vista. Evaro se desgañitaba solicitando refuerzos mientras realizaba verdaderos milagros para mantener su precaria posición. Pero cada vez que el Senado trataba de hacer nuevas levas se arriesgaba a una revuelta, y apenas podía asegurar el aprovisionamiento de las tropas. Sólo la mayor prosperidad de Queitaris, que aportaba recursos para la guerra a regañadientes, evitó durante un tiempo el desastre.

Pero al final, la carestía y el hambre se enseñorearon de Áquiros. Los tumultos se convirtieron en rebelión y el Senado cayó, sustituido por una asamblea de emergencia bajo el mando del Cónsul Baro Mádiques Ecneo. Este nuevo gobierno se mostró pronto débil e indeciso, más preocupado por restablecer el orden y poner freno a las protestas de los hambrientos que por resolver un conflicto lejano.

Abandonadas a su suerte, las tropas de Evaro se enfrentaron a Aelarus en el monte Sórik en una última batalla. A pesar de su talento y de la resistencia de sus hombres, pronto las huestes aquíreas se vieron sobrepasadas, y al atardecer sus filas se rompieron y fueron barridos por la carga furiosa de la caballería alberaní. Evaro fue capturado y, tras un breve encuentro con Aelarus, quien se mostró clemente y cortés con él, fue devuelto a Áquiros con un mensaje muy claro: Alberanir es libre.

El destino del fiel Evaro fue en verdad terrible. Insultado y vituperado a su llegada a Táberis, nadie tuvo en cuenta su valor ni su talento, y el Cónsul Baro lo hizo ejecutar por su derrota. Los Dioses pronto le harían lamentar tan insensata decisión.

En medio del caos y los disturbios, y aprovechando que contaba con la lealtad de las tropas, Baro se hizo con el poder y se proclamó emperador. Así se inició el fugaz Imperio Medio, cuya breve historia es un compendio de inestabilidad, enfrentamientos civiles, conjuras y traiciones. Así, el arrogante Baro apenas aguantó seis meses en su trono antes de ser asesinado. Le sucedió su primo Cládiques, tan enamorado de la leyenda de su augusto nombre que soñaba con restablecer la vieja gloria imperial a golpe de espada. Dos semanas de locuras y órdenes imposibles se saldaron con su cabeza en una pica y un simple capitán de la legión taberisea sentado en el trono: Sílies Arneo.

Y mientras Áquiros se desangraba de tal modo, el victorioso Aelarus había asentado su poder en Alberanir y planeaba gestas aún mayores. En su corazón albergaba la intención de convertir a los opresores en oprimidos y grabar su nombre en los lied de su pueblo para siempre. Pero antes tenía que hacer frente a una nueva amenaza que había despertado en Kemoia.

Por aquel entonces los últimos retazos de los acuerdos que Tergocles había logrado arrancar a los revoltosos kemoníes habían saltado en pedazos, y una nueva secta del Profeta Mártir se había adueñado de las marcas más septentrionales de Kemoia. Las tropas fanáticas, tras ser rechazadas en el sur, marchaban hacia el norte para extender su guerra sagrada contra los herejes. Aelarus reunión a sus mesnadas y cabalgó para defender las fértiles tierras bajas de Alberanir. La guerra entre ambos pueblos, que hasta entonces apenas se habían enfrentado entre sí al hallarse bajo la paz común de Áquiros, fue terrible y sangrienta. Pero al final se impuso el poderío de la caballería alberaní, y Aelarus extendió sus dominios hasta los límites de Kemoia.

El joven y valiente duque se sentía fuerte y sus victorias habían dado alas a su ambición. Entre los suyos hablaba abiertamente de crear su propio imperio, pero para ello sólo había un camino: Áquiros, y por encima de todo la Ciudad Eterna, Queitaris, donde tantos emperadores habían establecido su corte en el pasado. Dispuesto a lograr tal gesta, Aelarus lanzó a sus huestes hacia occidente, una tropa numerosa que contaba con la mejor fuerza de caballería que jamás había hollado la tierra de Helárissos.

Aelarus puso sitio a Coszio y la tomó en pocos días, quemando buena parte del exiguo poder naval aquíreo. El terror se extendió rápidamente por Áquiros, que se veía invadido por primera vez desde las lejanas Guerras del Mesogeis. El emperador, Sílies, que había servido a las órdenes del malogrado Evaro, logró reorganizar las  tropas y plantó cara al invasor. Pero a pesar de su valor, Sílies no era Evaro ni estaba a la altura de los grandes generales del pasado. Sufrió una terrible derrota a las puertas de Emerasta, y fue asesinado por un esbirro de sus rivales políticos mientras trataba de huir.

Con su muerte pereció la última resistencia de Áquiros. Cinco emperadores se sucedieron en poco tiempo, todos ellos peleles de facciones ferozmente enfrentadas, mientras la caballería alberaní avanzaba sin apenas oposición. Fue entonces, durante esta debacle, cuando las Guardianas se marcharon de Áquiros y establecieron su refugio en las montañas occidentales, en la célebre ciudadela de Hacra.

Finalmente, con buena parte de Áquiros en poder de los alberaníes y la caballería a las puertas de Táberis, el duque Aelarus se avino a parlamentar con el emperador, un anciano senador llamado Graelo. ¿Por qué, con la victoria al alcance de su mano, accedió el joven conquistador a negociar con un enemigo casi vencido? Tal vez porque el verdadero objeto de su deseo era Queitaris, y sabía que ni siquiera sus afamados caballeros podrían derribar el Muro de Tergocles. La Ciudad Eterna, incluso con una pequeña guarnición, era inexpugnable.

Según cuentan las crónicas, cuando Aelarus se reunión con Graelo y los senadores, les propuso dos alternativas: O se rendían y le entregaban Queitaris, a cambio de conservar algunas de sus ciudades y cierta autonomía, o arrasaría Áquiros de extremo a extremo. Graelo cedió, cabizbajo.

Y así Aelarus atravesó triunfante el Muro de Tergocles a la cabeza de sus caballeros y estableció su trono en Queitaris como Gran Duque de Helárissos. La ciudad se sometió a regañadientes, aunque los queitari, según cuentan, no tardaron en apreciar la magnanimidad del joven duque, quien por otra parte les había librado de una vez por todas de los últimos vestigios de influencia aquírea.

Bajo el astuto gobierno de Aelarus, el Gran Ducado de Alberanir se convirtió en la nueva potencia hegemónica de Helárissos, un reino que se extendía desde Kemoia hasta el este de Áquiros. El oeste de Áquiros, por otra parte, quedó convertido en un pequeño estado tributario gobernado desde Táberis. Graelo fue depuesto en una ceremonia humillante, y tras una tumultuosa transición se formó un nuevo Senado para gobernar el menguado Dominio de Áquiros.

Así sucede a menudo con el devenir de la historia. Tal y como anticipara el sagaz Tergocles, la estrella de Áquiros se había apagado por fin tras años de estertores y lenta agonía, y una nueva luz brillaba en el firmamento. Y como tantas veces había sucedido en el pasado, Queitaris estaba llamada a jugar un papel fundamental en el nuevo orden, ¿pues qué otra urbe en toda Helárissos puede rivalizar con el esplendor y la grandeza de la Ciudad Eterna?”

Subödai u-Xiúr

La Historia de Queitaris (VII): El Gran Ducado de Alberanir.

Aquí llega un nuevo capítulo de la afamada historia de Queitaris. En esta entrega se narra la debacle final del Imperio Aquíreo y el establecimiento del Gran Ducado de Alberanir, un capítulo tumultuoso en el que la Ciudad Eterna volvió a jugar un papel esencial.

“Tras la muerte del gran Tergocles, el renovado Dominio Aquíreo mantuvo todavía su posición hegemónica en Helárissos durante unos cuantos años, bajo el gobierno del Senado de Táberis. Pero el convulso período de las Guerras Tergoclias había debilitado enormemente el poderío aquíreo. La sociedad seguía dividida y se enfrentaba a menudo siguiendo la estela de demagogos y charlatanes; el hambre y la pobreza golpeaban a los más humildes; y las legiones que todavía sostenían el dominio de Áquiros eran pasto de la indisciplina, la mala preparación y la desidia.

En verdad poco quedaba ya del Antiguo Imperio. Los estandartes aquíreos habían sido expulsados de casi toda Kemoia, su dominio sobre la franja oriental de la Marca era cada vez más tenue, y sólo en Alberanir mantenían todavía fuertes guarniciones en las tierras bajas. En cuanto a Queitaris, aunque nominalmente estaba sometida al Senado, en la práctica gozaba de gran autonomía y sus líderes a menudo ignoraban las órdenes venidas de Táberis. Era el tiempo de otros pueblos, tal y como Tergocles había vaticinado, pero ¿quién no se ha dejado cegar jamás por el orgullo y el miedo a los cambios?

Y así, cuando apenas treinta años habían transcurrido desde la muerte de Tergocles, una gran rebelión estalló el Alberanir. Un joven llamado Aelarus la lideraba, nieto del anciano Föerius. Según las crónicas de la época, era un gran jinete y un guerrero sin parangón, y hacía gala de la misma determinación que su abuelo. Pero además, Aelarus pronto dio muestras de un talento diplomático del que su ilustre antecesor siempre careció.

Tras una serie de fulgurantes victorias contra las guarniciones aquíreas más próximas a las montañas, Aelarus logró que la asamblea de barones le nombrara duque de Alberanir, el primero en ostentar ese título en siglos. Investido con semejante poder, convocó a los caballeros de Alberanir y, durante un histórico encuentro, denunció los vergonzantes pactos por los que sus ancestros se habían sometido a Áquiros y proclamó la libertad de toda Alberanir.

Muy pronto sus feroces jinetes expulsaron a los aquíreos de las tierras altas, y Aelarus se aprestó a hacer lo mismo con las tierras bajas de su patria. Para ello contaba con una gran ventaja, ya que su abuelo le había instruido a la perfección en las tácticas de las legiones, y supo adiestrar a sus caballeros para contrarrestarlas. Tras unas semanas de maniobras, y en contra de la opinión de varios barones que apostaban por continuar con la táctica de guerrillas del pasado, Aelarus se enfrentó en batalla campal contra una de las tres legiones estacionadas en Alberanir, y la aplastó por completo. El eco de semejante victoria animó a más barones a unirse a la rebelión.

Cuando el Senado supo de la derrota, se aprestó a enviar refuerzos. No fue una decisión fácil, y hubo graves discusiones entre los senadores y un clamor entre la plebe que no entendía el empeño de seguir luchando y sangrando por una tierra mucho menos productiva que Kemoia o la Marca. Así piensan a menudo las gentes humildes, que sólo desean pan y calma para afrontar los sinsabores de la vida. Para los senadores, en cambio, perder Alberanir suponía renunciar al último vestigio imperial, amén de la riqueza minera de las tierras altas. ¿A quién dar la razón? A ojos de la historia, la gloria y el poder son seductores y la lógica del gobernante siempre parece sólida, mientras que la sangre derramada, los lamentos y la miseria pronto se olvidan. Sea como fuere, el Senado decretó una movilización general, hizo levas y puso al frente de las nuevas legiones al general Evaro Férides Miliro.

Muchos cronistas bautizan a Evaro como el último general brillante de Áquiros. Bien es cierto que supo ver las debilidades de sus legiones, bisoñas y mal armadas, y decidió que el modelo de legión aquírea, que apenas había variado desde los tiempos de Cládiques, había quedado obsoleto. Ni sus hombres ni las arcas de Táberis podían sostener ya una campaña duradera con grandes legiones en liza. Así pues, Evaro reorganizó las levas en cuerpos más pequeños y móviles, con mayoría de arqueros y soldados ligeros, y marchó a Alberanir.

Fue la llamada Guerra de Invierno, a causa de las terribles nevadas y el frío gélido que cubrió el norte de Helárissos aquel año. Gracias al talento de Evaro, los aquíreos lograron mantener a duras penas sus posiciones en las tierras bajas, pero todos sus intentos de internarse en las montañas acabaron en desastre. Aelarus y sus caballeros siempre llevaban la iniciativa y a menudo lanzaban devastadoras razias en el llano.

La guerra pronto dejó exhaustas las arcas de una Áquiros que se desangraba a ojos vista. Evaro se desgañitaba solicitando refuerzos mientras realizaba verdaderos milagros para mantener su precaria posición. Pero cada vez que el Senado trataba de hacer nuevas levas se arriesgaba a una revuelta, y apenas podía asegurar el aprovisionamiento de las tropas. Sólo la mayor prosperidad de Queitaris, que aportaba recursos para la guerra a regañadientes, evitó durante un tiempo el desastre.

Pero al final, la carestía y el hambre se enseñorearon de Áquiros. Los tumultos se convirtieron en rebelión y el Senado cayó, sustituido por una asamblea de emergencia bajo el mando del Cónsul Baro Mádiques Ecneo. Este nuevo gobierno se mostró pronto débil e indeciso, más preocupado por restablecer el orden y poner freno a las protestas de los hambrientos que por resolver un conflicto lejano.

Abandonadas a su suerte, las tropas de Evaro se enfrentaron a Aelarus en el monte Sórik en una última batalla. A pesar de su talento y de la resistencia de sus hombres, pronto las huestes aquíreas se vieron sobrepasadas, y al atardecer sus filas se rompieron y fueron barridos por la carga furiosa de la caballería alberaní. Evaro fue capturado y, tras un breve encuentro con Aelarus, quien se mostró clemente y cortés con él, fue devuelto a Áquiros con un mensaje muy claro: Alberanir es libre.

El destino del fiel Evaro fue en verdad terrible. Insultado y vituperado a su llegada a Táberis, nadie tuvo en cuenta su valor ni su talento, y el Cónsul Baro lo hizo ejecutar por su derrota. Los Dioses pronto le harían lamentar tan terrible decisión.

En medio del caos y los disturbios, y aprovechando que contaba con la lealtad de las tropas, Baro se hizo con el poder y se proclamó emperador. Así se inició el fugaz Imperio Medio, cuya breve historia es un compendio de inestabilidad, enfrentamientos civiles, conjuras y traiciones. Así, el arrogante Baro apenas aguantó seis meses en su trono antes de ser asesinado. Le sucedió su primo Cládiques, tan enamorado de la leyenda de su augusto nombre que soñaba con restablecer la vieja gloria imperial a golpe de espada. Dos semanas de locuras y órdenes imposibles se saldaron con su cabeza en una pica y un simple capitán de la legión taberisea sentado en el trono: Sílies Arneo.

Y mientras Áquiros se desangraba de tal modo, el victorioso Aelarus había asentado su poder en Alberanir y planeaba gestas aún mayores. En su corazón albergaba la intención de convertir a los opresores en oprimidos y grabar su nombre en los los lied de su pueblo para siempre. Pero antes tenía que hacer frente a una nueva amenaza que había despertado en Kemoia.

Por aquel entonces los últimos retazos de los acuerdos que Tergocles había logrado arrancar a los revoltosos kemoníes habían saltado en pedazos, y una nueva secta del Profeta Mártir se había adueñado de las marcas más septentrionales de Kemoia. Las tropas fanáticas, tras ser rechazadas en el sur, marchaban hacia el norte para extender su guerra sagrada contra los herejes. Aelarus reunión a sus mesnadas y cabalgó para defender las fértiles tierras bajas de Alberanir. La guerra entre ambos pueblos, que hasta entonces apenas se habían enfrentado entre sí al hallarse bajo la paz común de Áquiros, fue terrible y sangrienta. Pero al final se impuso el poderío de la caballería alberaní, y Aelarus extendió sus dominios hasta los límites de Kemoia.

El joven y valiente duque se sentía fuerte y sus victorias habían dado alas a su ambición. Entre los suyos hablaba abiertamente de crear su propio imperio, pero para ello sólo había un camino: Áquiros, y por encima de todo la Ciudad Eterna, Queitaris, donde tantos emperadores habían establecido su corte en el pasado. Dispuesto a lograr tal gesta, Aelarus lanzó a sus huestes hacia occidente, una tropa numerosa que contaba con la mejor fuerza de caballería que jamás había hollado la tierra de Helárissos.

Aelarus puso sitio a Coszio y la tomó en pocos días, quemando buena parte del exiguo poder naval aquíreo. El terror se extendió rápidamente por Áquiros, que se veía invadido por primera vez desde las lejanas Guerras del Mesogeis. El emperador, Sílies, que había servido a las órdenes del malogrado Evaro, logró reorganizar las  tropas y plantó cara al invasor. Pero a pesar de su valor, Sílies no era Evaro ni estaba a la altura de los grandes generales del pasado. Sufrió una terrible derrota a las puertas de Emerasta, y fue asesinado por un esbirro de sus rivales políticos mientras trataba de huir.

Con su muerte pereció la última resistencia de Áquiros. Cinco emperadores se sucedieron en poco tiempo, todos ellos peleles de facciones ferozmente enfrentadas, mientras la caballería alberaní avanzaba sin apenas oposición. Fue entonces, durante esta debacle, cuando las Guardianas se marcharon de Áquiros y establecieron su refugio en las montañas occidentales, en la célebre ciudadela de Hacra.

Finalmente, con buena parte de Áquiros en poder de los alberaníes y la caballería a las puertas de Táberis, el duque Aelarus se avino a parlamentar con el emperador, un anciano senador llamado Graelo. ¿Por qué, con la victoria al alcance de su mano, accedió el joven conquistador a negociar con un enemigo casi vencido? Tal vez porque el verdadero objeto de su deseo era Queitaris, y sabía que ni siquiera sus afamados caballeros podrían derribar el Muro de Tergocles. La Ciudad Eterna, incluso con una pequeña guarnición, era inexpugnable.

Según cuentan las crónicas, cuando Aelarus se reunión con Graelo y los senadores, les propuso dos alternativas: O se rendían y le entregaban Queitaris, a cambio de conservar algunas de sus ciudades y cierta autonomía, o arrasaría Áquiros de extremo a extremo. Graelo cedió, cabizbajo.

Y así Aelarus atravesó triunfante el Muro de Tergocles a la cabeza de sus caballeros y estableció su trono en Queitaris como Gran Duque de Helárissos. La ciudad se sometió a regañadientes, aunque los queitari, según cuentan, no tardaron en apreciar la magnanimidad del joven duque, quien por otra parte les había librado de una vez por todas de los últimos vestigios de influencia aquírea.

Bajo el astuto gobierno de Aelarus, el Gran Ducado de Alberanir se convirtió en la nueva potencia hegemónica de Helárissos, un reino que se extendía desde Kemoia hasta el este de Áquiros. El oeste de Áquiros, por otra parte, quedó convertido en un pequeño estado tributario gobernado desde Táberis. Graelo fue depuesto en una ceremonia humillante, y tras una tumultuosa transición se formó un nuevo Senado para gobernar el menguado Dominio de Áquiros.

Así sucede a menudo con el devenir de la historia. Tal y como anticipara el sagaz Tergocles, la estrella de Áquiros se había apagado por fin tras años de estertores y lenta agonía, y una nueva luz brillaba en el firmamento. Y como tantas veces había sucedido en el pasado, Queitaris estaba llamada a jugar un papel fundamental en el nuevo orden, ¿pues qué otra urbe en toda Helárissos puede rivalizar con el esplendor y la grandeza de la Ciudad Eterna?”

Subödai u-Xiúr

24 ago. 2016

La guarida del Augur

Por fin está disponible la segunda parte de la saga "Leyendas de las Tierras de Helárissos". Si quieres saber cómo continúa la gran aventura de Erban, ya puedes averiguarlo adentrándote en las páginas de "La guarida del Augur"

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En esta nueva entrega, Erban se encuentra en la mítica ciudad de Queitaris, todavía recobrándose de la terrible prueba a la que tuvo que enfrentarse al final de "El héroe durmiente". El misterio que rodea a la Profecía le atormenta, y pronto decidirá emprender un largo viaje en compañía de sus amigos para encontrar las últimas pistas que conducen a la elusiva hermandad de los profetas. Sólo así podrá hallar el legado perdido de su líder, el Augur que enunció la Profecía quince años atrás, durante la terrible Noche de Sangre que puso fin al tiránico dominio de Soloscrán, el último Arconte.

"La guarida del Augur" está disponible en formato digital en todas las tiendas Amazon. ¡Hazte con él!

5 ago. 2016

¡Nuevo libro!

Si deseas continuar leyendo las aventuras de Erban y sus compañeros y adentrarte aún más en los misterios y maravillas de Helárissos, muy pronto podrás hacerlo...

...¡porque la segunda parte de la saga Leyendas de las Tierras de Helárissos estará disponible en breve!




"Erban supo que su vida daría un vuelco desde el mismo momento en que la joven Guardiana de Hacra, Nefira, se cruzó en su camino. Y sin embargo, ni en el más disparatado de sus sueños podría haber previsto las intrigas y aventuras en las que se iba a ver envuelto.
Tras sobrevivir a un terrible desafío, Erban se encuentra en Queitaris, la Ciudad Eterna, el centro del mundo conocido... Pero ni siquiera entre los eruditos y los guardianes de la antigua sabiduría logra encontrar las claves para desentrañar los misterios de la esquiva Profecía. ¿Cuál es el verdadero destino del Kairnós? ¿Cuál es el oscuro legado de Soloscrán, el Sanguinario, el último de los Arcontes? Erban y sus compañeros deberán emprender un largo e incierto viaje para tratar de responder a esas preguntas."

¡Próximamente a la venta en Amazon en formato ebook!

18 jul. 2016

La Historia de Queitaris (VI): El ocaso de Áquiros.

He aquí un nuevo capítulo de la historia de Queitaris, de la mano del ínclito Subödai. En esta nueva entrada se narra el final de la historia de Tergocles Antodeo, sus últimas hazañas y pesares. Con su muerte se puso fin a una larga era de dominio aquíreo, y les llegó el turno a otros pueblos de Helárissos de brillar y reclamar su justo lugar en la historia.

“Y así, con la inesperada proclama de Tergocles desde lo alto del Muro, llegaron los extraños Años de la Partición. Toda Áquiros quedó en manos de un Senado corrupto bajo el liderazgo cada vez más despótico de Ecnérides Voreo, quien, en su creciente soberbia, se hacía llamar “El Deseado”. Queitaris quedó aislada tras sus inexpugnables defensas, protegida por el Muro de Tergocles, su flota y su habilidosa diplomacia.

Fueron tiempos extraños en la Ciudad Eterna, tiempos de aislamiento y cautela, pero también de prosperidad y emoción, tiempos que alumbraron un sentimiento cada vez mayor de independencia y cultura propia. Pues, por primera vez desde los años antiguos, Queitaris se gobernaba a sí misma, libre de los caprichos y las ambiciones de otros pueblos.

Durante un tiempo reinó una paz vigilante entre Queitaris y Áquiros. Ecnérides y sus adláteres trataron en varias ocasiones de quebrar las defensas de la Ciudad Eterna, por la fuerza y mediante traición, pero todas sus intrigas fueron desbaratadas y sólo provocaron un inútil derramamiento de sangre.

El Senado también trató de hacer regresar a las guarniciones de las provincias para fortalecer su poder, pero la última orden de Tergocles seguía vigente y los legados en Kemoia, en Alberanir y en la Marca se negaron a abandonar sus puestos, conscientes de que sólo la presencia de las legiones mantenía la paz y el dominio de Áquiros sobre los pueblos conquistados. Al final los senadores se vieron obligados a desistir, ya que no tenían medios para castigar la desobediencia de las tropas. Cuentan las crónicas de la época que Ecnérides redobló la virulencia de sus invectivas contra Tergocles, pues veía que el poder que tan fácilmente había conseguido se le escurría de entre las manos como agua.

Mientras Ecnérides y sus esbirros trataban de asentar su dominio, Tergocles se dedicó en cuerpo y alma a embellecer y mejorar Queitaris. Se acometieron grandes obras urbanas y se promulgaron varias leyes que aún hoy siguen vigentes, y a pesar del aislamiento el comercio no dejó de florecer a través de los acuerdos que Tergocles logró firmar con Punnaq y con el Concejo de la Confederación de Puertos.

Pero Tergocles, a pesar de las apariencias, no se había olvidado del resto de Áquiros, y mantenía espías en Táberis y en otras ciudades. A través de estos agentes supo que sus palabras sobre el Muro habían agitado las conciencias de muchos aquíreos recelosos del dominio imperial, y que la creciente tiranía de Ecnérides comenzaba a levantar ampollas entre la misma población que le había aupado al poder.

Así transcurrieron unos pocos años convulsos. El auto-proclamado Cónsul Supremo se había convertido, salvo por su título, en una amalgama de los peores monarcas de la historia imperial, y en su inagotable soberbia ambicionaba la gloria militar de los antiguos líderes. Dicen quienes le acompañaron en esa época que no dejaba de soñar con el dominio sobre toda Helárissos, y peroraba sobre la multitud de pueblos que se arrodillarían ante sus tropas.

Ahíto de su propia arrogancia, Ecnérides se decidió a lanzar una campaña de conquistas. Con Kemoia y Alberanir todavía sometidas (y no por él, cosa que le amargaba sobremanera), Voreo puso sus ojos sedientos de victoria en el oeste y el norte: Las tierras más occidentales de la Marca, todavía independientes, y las provincias bárbaras septentrionales: Samatea, Garonar y Firnea.

Sin duda parecían premios menores, pues se trataba de tierras poco pobladas, hogar de tribus bárbaras y pueblos nómadas. Pero Ecnérides no se dejó amilanar por tales argumentos y ordenó armar un ejército numeroso, formado por contingentes mercenarios y levas de ciudadanos. En cuanto todo estuvo listo, lo dividió en dos cuerpos y envió uno a la Marca y otro al Norte entre graves proclamas y fastos victoriosos. Dicen las malas lenguas que, cuando Tergocles supo de todo esto, sonrió, pues adivinaba lo que iba a ocurrir.

En la Marca, tras unos primeros ataques sencillos y un avance sin demasiadas complicaciones, las tropas de Ecnérides se vieron apabulladas por la ferocidad, la estrategia guerrillera y la astucia de los “incivilizados” marquíes. Varios cuerpos de mercenarios, como las Manos de Acero, fueron aniquilados, y otros como las Guardianas de Hacra sufrieron muchas pérdidas y renegaron de Ecnérides, a quien aborrecían. Entre las eruditas de la Orden se dice que fue entonces cuando adoptaron la falcata como arma característica, tras haber sufrido en sus propias carnes su brutal eficacia en manos de los marquíes.

En el norte las cosas no fueron mejor para las tropas del déspota. Aunque las tribus bárbaras no eran rivales tan terribles como los marquíes, la propia tierra fría, estéril y oscura causó centenares de bajas aquíreas. Entre uno y otro conflicto se perdieron miles de vidas durante casi dos años. Para cuando Ecnérides cedió y abandonó sus fútiles planes de conquista, se había quedado sin apenas tropas leales, y con un pueblo cada vez más harto de su tiranía. Incluso entre sus esbirros comenzaban a pesar demasiado sus locuras y arbitrariedades. Ecnérides respondió con brutales purgas y ajusticiamientos que no hicieron sino exacerbar aún más los ánimos.

No pasaron muchos meses antes de que estallara una rebelión general por toda Áquiros, y al mismo tiempo el Muro de Tergocles se abrió por primera vez en años y la legión kemonisea avanzó hacia Táberis. A la cabeza cabalgaba en propio Tergocles, aclamado por el mismo pueblo que no tanto tiempo atrás había protestado contra él. ¿Qué pensamientos rumió Tergocles mientras marchaba entre vítores y muestras de lealtad? Sólo los Dioses lo saben, pero se cuenta que sus ojos miraban con tristeza, y su sonrisa era una mueca amarga.

Todo el poder de Ecnérides Voreo y sus acólitos se derrumbó en un suspiro, sin apenas violencia. Aunque algunos senadores fueron linchados por la masa enfurecida, la mayoría fueron capturados y juzgados por Tergocles, quien les dispensó un trato firme pero compasivo. Ecnérides, en cambio, se libró del escarnio público y de la vergüenza de someterse a su odiado rival al arrojarse desde lo alto de la cúpula del Senado antes de que lo prendiera una escuadra de guardianas.

Y así Áquiros quedó reunificado de nuevo, pero sólo por un instante, pues a pesar del apoyo popular para que volviera a asumir el trono imperial, Tergocles era esclavo de sus palabras, y así lo hizo saber a sus allegados: ‘El Imperio está muerto, como dije. Muerto de podredumbre y tiranía. Aunque estos falsos senadores cayeron en el mismo mal, sus razones eran ciertas al principio. Áquiros debe volver a sus orígenes bajo un Senado justo y legítimo, o se consumirá entre los estertores de su arrogancia’.

Y con un último gesto que terminó de esculpir su leyenda, Tergocles renunció de nuevo al Imperio y promovió la elección de un nuevo Senado al que entregó la soberanía de Áquiros y el control de todas las legiones. Sólo puso como condición seguir gobernando Queitaris con su fiel legión kemonisea, con la firme promesa de que, tras su muerte, la Ciudad Eterna volvería al Senado, ya que no tenía descendientes que pudieran heredarle. Cuando todo estuvo dispuesto, Tergocles cabalgó de nuevo a su amada Queitaris, buscando por fin un poco de paz y reposo para su espíritu agotado.

Pero los Dioses a menudo son despiadados, y la grandeza sólo puede templarse con dolor y penuria. Todavía le quedaban batallas por librar a Tergocles, y la más terrible le llegó de forma inesperada cuando, según cuentan los cronistas, supo de la muerte de aquella mujer misteriosa cuya sombre le había acompañado durante tantos años. Sólo entonces se supo que su nombre era Larsti, y su pérdida infringió una terrible herida en el corazón de Tergocles.

Más ni siquiera entonces pudo retirarse y dolerse en silencio por su pérdida, porque el último acto de las Guerras Tergoclias se había desatado en las lejanas tierras de Kemoia. Una nueva corriente religiosa, heredera de las proclamas del Profeta contra el que habían combatido años atrás, se había alzado con tal fervor que había derrocado al rey-títere de la Menopdría e impuesto un nuevo monarca ungido por su Dios-Mesías. El nuevo Senado, abrumado por las circunstancias, pidió ayuda a Tergocles.

A regañadientes, éste aceptó el encargo y se puso al frente de las legiones una última vez. A pesar de sus años y su dolor, luchó con gran habilidad y fiereza y, tras meses de combates inciertos, logró una victoria decisiva que contuvo la amenaza, aunque, por primera vez, Áquiros se vio obligado a retroceder y renunciar a buena parte de Kemoia. Sólo así se garantizó la paz, al menos por un tiempo.

Tergocles, herido y agotado, amargado por la pérdida de su leal Sécrato en esta última campaña, regresó lentamente a Queitaris por tierra, atravesando en su periplo la región de Alberanir. Allí, cuentan las leyendas que se reunión con su antiguo enemigo, Föerius. El caudillo alberaní era ya un anciano, pero su sed de libertad no se había saciado. Dicen que Tergocles le convenció para no desatar otra guerra, y la tradición recoge estas palabras del gran Antodeo: ‘Tus hijos serán libres, señores de muchas tierras. Porque yo soy Áquiros, la última estrella del poder de mi pueblo. Cuando muera, su luz se extinguirá conmigo. Es tiempo de otros pueblos y otros astros’.

Sin duda este discurso es apócrifo, pero dicen los eruditos que recoge muy bien el pensamiento de un Tergocles que regresaba a su hogar con el corazón extenuado tras tantos años de tareas ingentes y sinsabores. Cuando llegó por fin a Queitaris, rechazó los fastos y las ceremonias y se encerró en su palacio, y durante días vagó en solitario por las estancias vacías y los senderos de los acantilados. Cuentan que a menudo se detenía bajo los pinos y contemplaba el mar embravecido, una figura enjuta de pelo cano y rostro apagado, apenas una sombra del hombre que había reescrito varias veces la historia de Áquiros y de toda Helárissos.

Sólo un par de viejos confidentes le acompañaban de vez en cuando, y gracias a ellos conocemos algunos retazos de sus últimos pensamientos. Así, durante una de aquellas largas caminatas, Tergocles vio el atardecer sentado a la sombra de una encina, y derramó lágrimas amargas, y con voz quebrada dijo: ‘He ayudado a dar forma a un nuevo mundo. Pero llegada esta hora, no sé si será mejor o peor que el que derribé, más justo o más cruel, más luminoso o más oscuro. Toda mi obra, todos mis desvelos me parecen fútiles ahora. Cuánta sangre, cuánto dolor para tanta incertidumbre.’

Y así, tras unos pocos meses, Tergocles enfermó y murió. Con su último aliento, según cuenta la tradición, pronunció el nombre de Larsti, cuya memoria le había acompañado durante sus últimas horas. Grande fue la pena y el dolor que recorrió Queitaris y toda Áquiros al saberse la noticia, y grandes fueron los fastos de sus exequias, a pesar de que había dejado dispuesto que se le enterrara con humildad. Cuando se hubieron acallado los últimos lamentos y oraciones, Queitaris volvió al redil del Senado, y así Áquiros quedó reunificada una vez más.

Con Tergocles murió el último vestigio del Viejo Imperio. Una nueva época daba comienzo, pero ni los más sabios podían augurar qué aguardaba aguas abajo del incontenible río del tiempo. De lo que no cabe duda es que, para Queitaris, los años de independencia bajo el sabio reinado de Tergocles no cayeron en el olvido, y las semillas de su futuro esplendor habían quedado firmemente sembradas.

Muchos hombres y mujeres han contribuido a labrar los destinos de la Ciudad Eterna, muchos pueblos y muchas culturas han aportado al crisol que la define y corona como reina de las ciudades y verdadero corazón de Helárissos. Pero nadie en la larga cuenta de los siglos ha dejado su impronta en las calles teñidas del verde de los árboles como Tergocles Antodeo, el Gran Constructor, el Último Emperador.”

Subödai u-Xiúr

2 jun. 2016

La Historia de Queitaris (V): El Muro de Tergocles.

He aquí un nuevo capítulo de la historia de Queitaris, la ciudad que juega un papel vital en toda la saga de Helárissos. Esta nueva entrada prosigue con la vida y obra de Tergocles Antodeo, una de las figuras más determinantes en el devenir de la Ciudad Eterna. ¡Espero que os guste!

“Y así, mientras las tropas rebeldes avanzaban hacia el sur y cundía la anarquía en todas las ciudades de Áquiros, Tergocles convocó a sus más fieles tropas, incluyendo la guardia imperial y la afamada legión kemonisea al mando del leal Sécrato, y las acantonó en el estrecho istmo que une la Península del Halcón con el Dominio de Áquiros. Al mismo tiempo, la flota leal al Emperador zarpó para bloquear los puertos rebeldes de Coszio y Alba Sersia y proteger el Oleuteris y las Playas Blancas, pues sólo en estos lugares la escarpada costa de la Península permitía realizar un desembarco. De este modo, Queitaris quedó completamente rodeada por un cerco de escudos y lanzas.

Pero Tergocles no se limitó a aguardar. En secreto hizo llegar mensajes a todas las guarniciones de las provincias exteriores del Imperio: La Marca, Alberanir y Kemoia; y les dio la orden de mantenerse al margen del conflicto a toda costa, pues su deber era salvaguardar la integridad del Imperio, y el Emperador sabía que, si las tropas acantonadas regresaban a Áquiros a combatir, el dominio aquíreo que tanta sangre y dolor había costado mantener se derrumbaría en cuestión de días.

Y tanto era el prestigio de Tergocles, tanta la fama que se había labrado entre los legionarios, que salvo unas pocas excepciones la mayoría de guarniciones acataron su orden e ignoraron las amenazadoras exigencias de Ecnérides para que se unieran a los senadores rebeldes. Mucho han discutido los sabios el por qué de esta acción de Tergocles, ya que le habría resultado fácil atraerse a las legiones y, con su poderío, aplastar a los rebeldes. Algunos dicen que antepuso el Imperio a su propia supervivencia, otros que ya entonces había tomado la decisión que trastocaría por siempre la historia de Helárissos. Muchas son las sombras que se atisban al tratar de desentrañar el pasado, y sólo los Dioses podrían iluminar nuestra ignorancia.

Y así por fin el numeroso, aunque desorganizado, ejército senatorial llegó a las inmediaciones de la Península con la intención de tomar Queitaris y ejecutar a Tergocles. El Emperador se puso al frente de sus leales, y ambas huestes se enfrentaron en una sangrienta batalla. Cuentan las crónicas que, en los llanos de Caude, hasta tres veces avanzaron las tropas rebeldes, y tres veces lograron los legionarios de Tergocles expulsarles. Al final el propio Emperador marchó bajo el estandarte mientras caía la noche, y derrotó a los rebeldes. Cuentan que el cielo nocturno se tiñó de rojo. Rojo fuego, rojo sangre, y también el profundo púrpura de una magia antigua.

Al amanecer la tropa rebelde huyó en desbandada del lugar, y dicen que el propio Ecnérides salvó la vida agarrándose al estribo de un jinete mercenario. Sécrato y otros generales fieles abogaron por perseguir al enemigo y acabar de una vez por todas con los senadores traidores, pero Tergocles se negó. ‘¡Si no les damos caza, la guerra continuará y muchos otros morirán!’ protestaron sus hombres. Tergocles sacudió la cabeza y oteó con tristeza hacia sus espaldas, hacia Queitaris. ‘Haga lo que haga, Áquiros sangrará. Ya nada puede evitar eso.’

Y dicho esto, Tergocles mandó acantonar a las tropas y proteger la Península a toda costa, mientras a sus espaldas un ejército de canteros, carpinteros, herreros y tallistas se afanaban en alzar un gran muro que cerrase por completo el istmo entre Queitaris y Áquiros. Fue aquélla una tarea titánica, una proeza digna de leyenda, pues mientras los legionarios resistían embate tras embate de las tropas rebeldes (si bien nunca tan brutales como el primer asalto que habían rechazado), la poderosa muralla crecía sin cesar gracias a la voluntad de Tergocles, al sacrificio de unos entregados queitaris, y quién sabe si a algo más.

¿Intervino la magia en aquella magna obra? ¿Era aquella misteriosa mujer, cuya sombra siempre envolvía a Tergocles, en verdad una hechicera del Magis ekón? Los eruditos rechazan tales ideas como burdas fantasías, pero no cabe duda que sólo la magia de un poderoso Heptaqón parece explicar el rápido avance de la construcción del muro de que hablan los cronistas de la época.

Jugara o no la magia un papel en ello, por fin el muro quedó levantado. Aún hoy en día, cualquiera que lo contemple por primera vez se siente atenazado por su imponente apariencia, con sus poderosos contrafuertes y sus torres circulares. Cuando se cerró el último lienzo, las tropas leales se refugiaron tras él, y el Oleuteris quedó cerrado por dos gruesas cadenas de acero. También en Playas Blancas se habían alzado imponentes fortificaciones. Queitaris y su Península eran ahora inexpugnables.

Una nueva hueste rebelde se aproximó al muro. A su cabeza, vestido de blanco y dorado, cabalgaba un ensoberbecido Ecnérides, quien se había hecho proclamar Cónsul Supremo. A la sombra de las altas torres de piedra, los senadores pidieron audiencia con aquél que llamaban tirano y monstruo. Tergocles se asomó desde lo alto del parapeto, ataviado con la tiara y el manto imperial, y les saludó con voz cálida.

Ecnérides se burló de él con palabras rudas y exigió su rendición inmediata y la entrega de Queitaris, o arrasarían con todo lo que encontrasen a paso. Más aún, el supuesto Cónsul se pavoneó luciendo sus vestiduras, proclamando a voz en grito que toda Áquiros estaba con él. Dicen que Tergocles sonrió feroz al oír aquello, pues sabía que no era cierto. Unos pocos meses habían bastado al ambicioso Voreo para demostrar su ambición y su tiranía, y ya muchas voces comenzaban a alzarse contra la iniquidad de los autoproclamados libertadores.

Tergocles respondió con firmeza, acallando las bravatas de Ecnérides. Ningún ejército mercenario atravesaría jamás el muro. Cualquier asalto no serviría más que para provocar un inútil baño de sangre. Pero el propio Tergocles tampoco deseaba prolongar aquella guerra estéril, aunque bien podía convocar a las guarniciones exteriores y barrer Áquiros con ellas. Por todo ello, estaba dispuesto a aceptar que el Senado gobernase Áquiros. ‘Pero no Queitaris.’ Añadió con voz tonante. ‘Esta ciudad permanecerá bajo mi cuidado y el de mis descendientes, y sólo sus gentes decidirán su destino.’

Cuentan que Ecnérides enrojeció de rabia ante estas palabras, aunque fingió tomárselas a broma. Pero sus chanzas y sus insultos vacíos murieron bajo la poderosa voz de Tergocles Antodeo:

‘Vosotros, senadores, elegidos por el pueblo de entre el pueblo, habéis traicionado vuestros juramentos y traído la guerra a nuestra tierra. Por evitar derramamiento de sangre, no os combatiré. Pero tened esto en cuenta: sólo si aceptáis mis términos, Áquiros podrá mantener su esplendor y dominio sobre toda Helárissos. De lo contrario… ¡éste será el fin del mundo que hemos conocido! ¡El Imperio Antiguo ha muerto, suya es la sangre que mancha vuestras manos!’

Y dicho esto se arrancó el manto y la tiara y los arrojó al vacío. Luego se dio la vuelta y desapareció, abandonando a Ecnérides y sus seguidores en un insoportable silencio de confusión y duda. Cuentan que algunos de los senadores apostaron por atacar de todos modos, pero la mayoría de los rebeldes se sintieron intimidados por la amenazadora sombra del muro y las feroces palabras de Tergocles, y optaron por volver grupas de vuelta a Táberis.

Y así Tergocles Antodeo se ganó el nombre de Último Emperador, renunciando voluntariamente a la misma corona que, durante los primeros años de su reinado, muchos auguraban que perdería por traición o revuelta. Y con su acto inesperado puso fin a la dinastía imperial que había gobernado Áquiros desde el trono de Queitaris, y el dominio aquíreo volvió de nuevo al Senado de Táberis. Pero la leyenda de Tergocles aún no había terminado, pues como señor de Queitaris todavía le aguardaban grandes proezas y grandes penas, y un papel que jugar en un mundo convulso y tambaleante.

Pues cuentan quienes compartieron sus días con él que Tergocles, ya entrado en la madurez y con demasiadas cicatrices en su piel y en su corazón audaz, comenzaba a comprender por fin que su destino no era salvar un mundo moribundo, sino ayudar a dar forma a uno nuevo, uno en el que Queitaris podría por fin brillar con luz propia como la ciudad singular y sagrada que era, un faro de conocimiento y esperanza a orillas del Mesogeis.”

Subödai u-Xiúr

11 may. 2016

La Historia de Queitaris (IV): Las Guerras Tergoclias.

Para retomar la actividad del blog, voy a continuar con la serie dedicada a la historia de Queitaris, adaptada de las obras de Subödai "el viejo". El siguiente capítulo continúa allí donde lo dejamos (¡hace cinco años!), narrando los primeros compases del reinado de Tergocles Antodeo, el llamado Último Emperador. Tergocles es una figura fundamental en la historia de Helárissos, y sus actos en parte históricos y en parte legendarios están muy entrelazados con el destino de Queitaris. Aquí veremos cómo se labró su fama de gran guerrero y pacificador, y cómo revitalizó un Imperio moribundo... por un tiempo.

“Y así, de la forma más inesperada, un oscuro segundón se ciñó la corona de un vasto Imperio que se desangraba por múltiples heridas. A pesar del clamor popular y los anhelos que le habían aupado al trono, pocos en verdad creían que el reinado de Tergocles duraría más allá de unos pocos meses. La cuestión para muchos era, más bien, qué acabaría antes con él, si las disensiones internas, la traición, o la guerra que se desataba en los confines del Imperio.

Tergocles veía ante sí varios frentes abiertos, pero en su corazón latía la fuerza de la leyenda, y los primeros brotes de una nueva primavera enverdecían las calles otoñales de Queitaris. Cuentan que, reunido con sus más fieles servidores, y tras exponerle éstos todos los problemas que amenazaban su incipiente reinado, Tergocles les condujo por las avenidas arboladas de la Villa Imperial y les mostró el follaje dorado de los chopos. ‘Ved cómo Queitaris ha despertado al fin.’ Les dijo. ‘Los Dioses nos han concedido una última oportunidad.’

‘¿Pero cómo nos enfrentaremos a tantos desafíos?’ Le preguntaron con inquietud.

Como se enfrenta uno a una manada de lobos hambrientos: De uno en uno.’

Y con una sonrisa de convicción, Tergocles se puso manos a la obra. Aprovechando el apoyo del pueblo y la tregua tácita que el Senado se había visto forzado a aceptar, ordenó hacer levas por toda Áquiros hasta lograr formar dos legiones completas. Se cuenta que, para completar los números, comprometió incluso a su propia guardia imperial, y cuando algunos oficiales mostraron su descontento, les dijo así: ‘Vuestro deber es protegerme, y yo marcho a Kemoia, a la guerra. Así pues, vendréis conmigo.’

Y así, Tergocles zarpó con sus tropas desde el puerto de Coszio, y tras una singladura sin incidentes desembarcó en la Menopdría. Allí se reunió con las escasas tropas aquíreas que todavía mantenían la ciudad frente a los ataques de los fanáticos, y empuñando una espada como hiciera en su juventud, marchó al frente de los estandartes gemelos del lobo y el búho. De sus hazañas en las ardientes arenas kemoníes otros han escrito con mayor talento y sutileza. Baste recordar su aplastante victoria en la batalla de Quironi, y cómo sus habilidosas maniobras lograron provocar la desbandada de las fuerzas rebeldes.

Tras dos años de cruentos combates, el instigador de la revuelta, auto-proclamado profeta, fue capturado y ejecutado por un destacamento legionario. Se dice que Tergocles enfureció al escuchar la noticia, pues sabía que semejante asesinato no haría sino convertir a aquel loco en un mártir cuya memoria arrastraría a otros a la rebelión. Pero el mal ya estaba hecho, y con Kemoia pacificada por el momento bajo el yugo aquíreo, Tergocles emprendió la marcha por tierra hacia el norte, escoltado por su guardia y por una legión veterana, la célebre kemonisea.

El primer lobo había muerto, y bien fiero había resultado. Pero el resto de la manada seguía aullando, sedienta de sangre. Así, mientras los últimos combates se libraban en el sur, Alberanir había estallado en otra feroz revuelta bajo la guía del astuto barón Föerius. Sus rápidos jinetes asaltaban las guarniciones aquíreas aullando y haciendo cantar sus afiladas lanzas, para luego huir y ocultarse en los escabrosos pasos de las montañas Bereskair.

Tergocles arribó a las tierras norteñas sabiendo que esta nueva contienda sería todavía más difícil. Sus hombres estaban hastiados de combatir, las arcas imperiales apenas bastaban para pagar las soldadas, y el apoyo del pueblo que mantenía en jaque al díscolo Senado no tardaría en marchitarse si la matanza continuaba por mucho tiempo. Tergocles se mostraba animado ante sus hombres, ¿pero quién sabe qué oscuros pensamientos le asediaban en la soledad de su tienda?

Sea como fuere, Tergocles se lanzó a la caza de los rebeldes y les infligió grandes derrotas, como la célebre batalla de Ardnüs en la que el pretor Sécrato y su cohorte mantuvieron el flanco durante horas hasta que el Emperador logró caer sobre los alberaníes con su caballería. Tras este combate, Tergocles recompensó a Sécrato con un puesto en su estado mayor, pero cuentan que el viejo soldado, un veterano de baja extracción nacido en la miseria de Playas Blancas, se limitó a encogerse de hombros y no aceptó otra recompensa que una doble ración de vino para sus hombres. Tergocles así lo dispuso, pero mantuvo cerca de sí a Sécrato y, con el tiempo, éste llegó a ser uno de sus más fieles guerreros.

La guerra prosiguió durante meses, pero a pesar de sus victorias, las legiones aquíreas nunca lograban vencer por completo a los esquivos alberaníes ni encontrar sus escondrijos ocultos en las montañas. El descontento comenzaba a aflorar por todo el Imperio, especialmente en Táberis, donde un ambicioso senador llamado Ecnérides Voreo lanzaba ardientes invectivas contra Tergocles.

Y entonces, cuando más oscuro parecía el devenir del conflicto, la guerra terminó de pronto. Llegaron noticias a Queitaris y a Táberis anunciando una tregua con los rebeldes, cesaron los ataques y pronto buena parte de las legiones en liza emprendieron el lento regreso a casa. En la Ciudad Eterna se aclamó al Emperador, mientras en Táberis el Senado en pleno maldecía su nombre. ¿Pero qué había ocurrido?

Los sabios han discutido durante generaciones enteras, batallando con leyendas y habladurías para hallar siquiera una pizca de verdad. Se cuenta que los mismos Dioses asistieron a Tergocles en su hora más oscura. Se dice que desafío a Föerius en combate singular y le venció. Otros murmuran que, una noche, una misteriosa mujer apareció entre la niebla en un pequeño campamento avanzado y se presentó ante Tergocles, quien se hallaba allí en secreto para supervisar las operaciones. A pesar de las protestas de sus hombres, Tergocles se marchó con ella, y durante dos días no se supo nada más de él.

Y dicen los relatos que, cuando los legionarios ya lamentaban con amargura la muerte de Tergocles, éste apareció de pronto entre ellos, canturreando y sonriendo como si tal cosa, y les ordenó levantar el campo. ‘¿Pero qué ha ocurrido?’ Le preguntaron, asombrados. ‘La guerra ha terminado.’ Respondió sin más. ‘Volvamos a casa.’

Así por fin, después de varios años, las provincias quedaron pacificadas y el Imperio que a punto había estado de desmembrarse quedó restablecido por el momento. Tergocles volvió a su amada Queitaris, en cuyas calles la vegetación prosperaba como no se había visto en varias generaciones, y se dedicó a gobernar con justicia. Múltiples obras embellecieron la ciudad, pero Tergocles no descuidó el resto de Áquiros y actuó con equidad y acierto, restaurando el prestigio del trono imperial.

Y cuentan que, durante estos días felices, muchos exhortaron al Emperador a tomar esposa y continuar su linaje. Pero Tergocles siempre se negaba con una leve sonrisa, y sus ojos miraban en la lejanía, y los rumores sobre visitas extrañas y la influencia de una misteriosa mujer que iba y venía como una sombra en el viento se extendieron por toda la ciudad. Sin embargo, nadie parecía preocuparse por ello.

Varios años transcurrieron, pero bajo la apariencia de paz los lobos seguían gruñendo y afilando sus garras. La facción más sanguinaria del Senado, liderada por Ecnérides Voreo, se había hecho con el control de Táberis y se aprestaba a derrocar a aquél que consideraban un tirano. Pero sus ideales, nobles en un principio, se habían tornado ciega sed de poder y odio exacerbado hacia Tergocles. Con todos los medios a su alcance, Ecnérides y sus seguidores no dejaron de sembrar cizaña y llamar al descontento, y aunque sus intrigas apenas encontraban oídos en Queitaris, en Áquiros y las provincias las semillas de la revuelta encontraron suelo fértil y no tardaron en brotar.

Por fin la crispación, los enfrentamientos soterrados, las intrigas y los asesinatos acabaron por dar sus frutos. El Senado se sintió fuerte, y con Ecnérides a la cabeza instigó la rebelión contra Tergocles. Algunas legiones se les unieron, así como múltiples bandas mercenarias y órdenes guerreras como las Manos de Acero de Medinaris o la Hermandad de las Guardianas. Una terrible guerra civil estalló en Áquiros, el siguiente episodio de las Guerras Tergoclias. El Emperador había temido y aguardado este momento, pues a pesar de la aparente prosperidad, tenía ojos y oídos por toda Áquiros y sabía del creciente descontento.

Tergocles estaba preparado, pero dicen que, entre sus más fieles, se mostraba por primera vez dubitativo y desanimado. Porque este enfrentamiento entre Emperador y Senado, que amenazaba con desgarrar Áquiros en dos y desatar una edad de oscuridad y muerte, era para él un doloroso fracaso. Había vencido a todos los enemigos exteriores, pero no había sido capaz de detener la debacle del viejo corazón aquíreo.

Sólo los Dioses saben qué terribles pensamientos rumiaba Tergocles, sentado en su trono dorado, mientras a su alrededor los cortesanos y generales graznaban y discutían como bestias disputando una carroña putrefacta. Las fuerzas senatoriales se aprestaban a la lucha, y toda Helárissos escuchaba con el corazón encogido el retumbar de los timbales de guerra. Había llegado la hora más oscura del singular reinado de Tergocles, la hora de sus mayores desvelos y sus decisiones más audaces. La hora del Gran Constructor.”

Subödai u-Xiúr

14 abr. 2016

Refundación

Han transcurrido cuatro años...
¡Cuatro años! A veces parece que el tiempo se nos escurre entre los dedos. Pero de poco sirve mirar hacia atrás cuando todavía hay sendero por delante para seguir caminando.

Después de varias vicisitudes y un poco de reflexión, he retomado la publicación de mi serie de novelas de fantasía, renombrada como Leyendas de las Tierras de Helárissos. Para esta nueva andadura, y dado que mi experiencia siguiendo los canales habituales fue bastante desalentadora, he decidido optar por la publicación digital. El primer volumen, El Héroe Durmiente, que ya vio la luz en papel, se encuentra ahora disponible en Amazon al módico precio de 2,99€, con una bonita portada diseñada por Joe A. Arca. Podéis acceder al libro haciendo click en la imagen de la portada en la columna lateral del blog.


Si algo bueno tiene esto de la distribución digital, es que yo controlo los tiempos, así que en pocos meses estará disponible la segunda parte de la saga: La Guarida del Augur. Mientras tanto, pienso revitalizar este blog para ir informado de mis avances y proporcionar contenido adicional: Información sobre personajes y lugares de la saga, breves relatos ambientados en el mundo de Helárissos, comentarios, etc.

¡La Pritanía de Queitaris vuelve a estar abierta! ¡Bienvenidos!