31 dic. 2009

Un nuevo año...

Para despedir 2009, un mini relato de Helárissos.

“Cuentan que una vez, antes de la Edad de los Jinetes, cuando Áquiros extendía su Imperio por toda Helárissos, vivió en Queitaris un hombre muy singular. Por muchos nombres le llamaron, pero sólo a uno respondía realmente su corazón, y éste era Crolo, que significa “Hijo del Tiempo” en la antigua lengua. Muy pocos en verdad llegaron a conocerle por tal nombre, pues sólo a sus más allegados lo revelaba.
Y he aquí que Crolo, a pesar de nacer y criarse en una ciudad tan vibrante y maravillosa como Queitaris, vivió muchos años entre sombras, apartado de los demás, ahogado en una soledad que no lograba entender, y que sin embargo le agarrotaba el corazón y asfixiaba su aliento. Y los años pasaban, y con ellos su pesar se acrecentaba, pues sentía que jamás lograría quebrar esa barrera que le apartaba del resto de la gente. Incluso sus más cercanos amigos le parecían a menudo como extraños incapaces de despertar en él ni un atisbo de verdadera calidez.
Y el tiempo seguía fluyendo, impasible a las penas de los hombres, y Crolo languidecía en su soledad, aunque nadie a su alrededor se percataba. Hasta que un día algo cambió en su vida. Una mirada, el brillo de unos ojos oscuros, una sonrisa entre la muchedumbre pudo por fin traspasar el muro de sus pensamientos. Por un instante el tiempo se detuvo, y Crolo no se sintió solo.
Pero fue sólo un momento de fugaz consuelo. Porque el tiempo seguía fluyendo, y la vida lo arrastraba de un lugar a otro, de la alegría al pesar, de la sorpresa a la rutina, de la esperanza al pesimismo, y Crolo no podía sustraerse a ese movimiento irresistible. Sólo de tanto en tanto aquella sonrisa volvía a él y aliviaba por un tiempo su soledad, pero no eran más que suspiros que rápidamente se perdían en la corriente.
Y así Crolo creció, y vivió, y envejeció. Y aquella mirada única, aquellas caricias esporádicas murieron, y para él toda luz se apagó y el mundo se sumió en penumbras. Pero Crolo no lo lamentó, porque por fin había comprendido que aquél era su destino y que su soledad no era diferente de la que a todos nos atrapa de vez en cuando.
Cuentan que, ya en sus últimos días, Crolo acostumbraba a contemplar el atardecer desde los acantilados de Queitaris, y una noche escuchó el rugido de las olas rompiendo contra la costa, y dijo así: “En verdad ahora veo que el Tiempo no deja de fluir. Es un río que se entrelaza con la Memoria y nos arrastra año tras año hacia el Mar. Algunos recuerdos se hunden y se desvanecen con rapidez, otros resisten hasta que la fuerza del agua los desgasta y se desvanecen. Pero unos pocos fluyen con nosotros, nos sirven de asidero, nos dan sentido y esperanza. Seguiré nadando río abajo, aferrado a esos pocos recuerdos, porque ellos encierran el único y verdadero secreto de mi vida”.
Y con ese pensamiento y el recuerdo de una mirada turbadora, Crolo cerró los ojos y se marchó para siempre. Para el resto del mundo había muerto Tergocles Antodeo, el último gran Emperador, el Conquistador invencible, el Constructor del Muro. Su vida y su muerte cambiaron por completo la historia de Helárissos y alimentaron un sinfín de leyendas.
Pero para los pocos que le conocieron de verdad, Tergocles era sólo un disfraz que ocultaba al verdadero hombre, Crolo, que amó a una mujer durante toda su vida, tanto que la dejó marchar y no le arrebató su libertad, tanto que aprendió a soportar su soledad y no buscó otro consuelo, condenando a su linaje y cambiando así el destino de Helárissos.
Porque Crolo no fue más que un hombre como otro cualquiera, uno más de los hijos del Tiempo que son arrastrados por el río de la Vida, y nadan aguas abajo sin jamás mirar atrás, flotando entre sus recuerdos y sus sueños.”

Extraído de “Las baladas de Queitaris”, del sabio Esmodán de Sarcosta.

El tiempo no deja de fluir, así que atesoremos todos los recuerdos que podamos y a seguir viajando sin mirar atrás.
¡¡Feliz 2010!!

1 comentario:

  1. Pero con la Memoria, si no los vapuleos del tiempo -ese que no se puede dominar- serían inútiles. Y que feo y triste el río sin la memoria de los sentimientos, esos que permiten la ilusión de detenerlo ¿verdad?.
    Espero que el Pritán de la Ciudad te haga seguir con estos anticipos (Las baladas de Queitaris o El heredero de la espada) y se convierta en una costumbre que disfrutes mucho y podamos compartir contigo.
    ¡Feliz año!

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