22 oct. 2011

La Historia de Queitaris (III): El ascenso de Tergocles Antodeo.

Por fin una nueva entrega de las crónicas de Subödai "el viejo" que nos narran la historia de Queitaris. En esta ocasión nos cuenta con detalle la juventud de ese personaje mítico, legendario y decisivo que fue Tergocles Antodeo, un personaje histórico al que se hace referencia varias veces en "El Héroe Durmiente". Subödai nos relata sus primeras vivencias y su sorprendente ascenso al trono imperial, un suceso que cambiaría para siempre la historia de Queitaris, y por ende la de toda Helárissos.


“Y he aquí que, mientras el poder de los emperadores de Áquiros se resquebrajaba, asediado por rebeliones en las tierras conquistadas y protestas en las propias ciudades aquíreas, nació en Queitaris un niño llamado Tergocles Antodeo. Un segundón de la familia imperial, hijo de un pariente lejano del Emperador reinante. Un insignificante muchacho destinado a ocupar un simple puesto de funcionario, como su padre antes que él. ¿Cómo pudo alguien así convertirse en el más grande Emperador de Áquiros, y al mismo tiempo abocar al Imperio a su final? La voluntad de los Dioses es a menudo así de caprichosa.

Tergocles era aquíreo, pero también era un hijo de Queitaris. Se crió en sus calles rebosantes de vida, bajo sus árboles todavía resplandecientes a pesar de la decadencia que marchitaba sus hojas y pudría sus frutos. Ese pulso único que late en cada rincón de la Ciudad Eterna se apoderó de él desde su más tierna infancia y despertó en su corazón ese amor que sólo aquéllos afortunados que han visto Queitaris pueden explicar. Un amor que le acompañó toda su vida y que, tal vez, sea la verdadera razón de todas las gestas y hechos sorprendentes que Tergocles estaba destinado a realizar.

Sin embargo, hasta Queitaris podía resultar demasiado pequeña para alguien como Tergocles. Así, cuando llegó a la madurez, sintió el deseo de viajar y conocer el ancho mundo. Contra los deseos de su padre, se enroló en la legión y durante unos años aprendió a luchar y a sangrar. En Alberanir, en Kemoia y en la Marca fue testigo de primera mano de cómo el dominio imperial comenzaba a derrumbarse ante los afanes de libertad de los pueblos oprimidos.

Y cuentan las leyendas que fue entonces, durante estos años de viajes y combates, cuando Tergocles conoció a la única mujer a la que habría de amar hasta el último latido de su corazón. Una mujer poderosa, solitaria, errante. Una druida dicen algunos; una simple curandera, dicen otros; una auténtica hechicera del Magis ekón, susurran aquéllos… ¿quién sabe? Los sabios ríen ante semejantes chismorreos, los piadosos se niegan a admitir que, a veces, hasta la voluntad de los mismos Dioses puede flaquear ante el azar. ¿Y quién, sino el propio Tergocles, podría responder por sus más profundas pasiones?

Sin embargo, aunque los Dioses no puedan escribir en los corazones de los mortales, si pueden trazar los senderos que habremos de recorrer. Así, Tergocles dejó atrás su vida de legionario y se instaló por un tiempo en Táberis, la antigua capital de Áquiros. Allí aprendió los entresijos de la política y conoció de primera mano el descontento, el recelo, incluso el odio que la figura del Emperador despertaba en el propio núcleo de sus dominios. El Senado era, ya entonces, una maraña de idealistas, rebeldes ansiosos de devolver el poder al pueblo, codiciosos sedientos de gloria y políticos calculadores y manipuladores. Y todos, ya fuera animados por nobles ideales o por la más abyecta ambición, conspiraban contra un monarca encerrado entre sus paredes doradas.

Y así, con apenas treinta años, cicatrices en su piel y ondas preocupaciones en su mente, Tergocles regresó por fin a su amada Queitaris. Pero seguía siendo un segundón sin más esperanza ni deseo que ocupar el lugar de su padre como un legado más en el gran puerto de la ciudad. Y en verdad se dice, entre aquellos que alguna vez le conocieron, que Tergocles no ansiaba nada más, pues nunca fue un hombre de grandes ambiciones.

Pero el destino le tenía reservado un lugar de honor en la historia de Queitaris, y por tanto de toda Helárissos. Porque he aquí que el Emperador, Galviro, era un hombre arrogante y despreocupado. Cuando una temible rebelión estalló en la lejana Kemoia, animada por el furor de los fanáticos, se desentendió del asunto y envió a un par de legiones mal preparadas y peor dirigidas. La derrota fue tan terrible, tan sangrienta, que los mismos cimientos del Imperio se estremecieron de horror.

Estalló el descontento en Táberis, como un volcán que hubiera aguardado a una simple chispa para explotar con un estertor ensordecedor. El Senado en pleno se alzó contra Galviro por su incompetencia, las conjuras se extendieron por toda Áquiros y por Queitaris, medrando incluso en el propio palacio imperial, mientras las revueltas seguían en Kemoia y amenazaban con incendiar también Alberanir. El Imperio comenzó a desangrarse en sus propias entrañas a la par que en sus dominios más alejados.

Finalmente, el mismísimo general de la guardia imperial, un cortesano ambicioso y despiadado llamado Tigos Elírigues Urneo, urdió una conspiración contra el Emperador. Tergocles supo de ella y la apoyó, ya que pensaba que era necesario deponer a Galviro para salvar al Imperio. Pero Tigos era un hombre sediento de sangre y, en una noche oscura y maldita, echó por tierra todos los planes previstos y asesinó con sus propias manos al Emperador mientras sus esbirros eliminaban a casi toda la familia imperial.

Horrorizado, Tergocles y otros conspiradores detuvieron a Tigos cuando se regodeaba de su matanza. En pocas horas se apoderaron del palacio, detuvieron a todos los culpables y tomaron el control de Queitaris. Acto seguido Tergocles, quien sin proponérselo se había convertido en el líder de esta segunda conspiración, convocó al Senado de Táberis y puso en las manos de los desconcertados senadores a los criminales para que fueran juzgados por su terrible crimen.

Así los Dioses se ríen a menudo de las jactancias de los mortales. Los propios senadores que tanto habían llegado a aborrecer al Emperador y a cuanto representaba tuvieron que condenar a muerte a sus asesinos, pues así lo demandaban las leyes que ellos mismos habían escrito. Pero mayor fue su decepción y cólera cuando escucharon al pueblo aclamar a Tergocles como nuevo Emperador.

Porque he aquí que la masacre perpetrada por Tigos había dejado a Tergocles como principal heredero al trono. ¿Fue casualidad, destino, o resultado de un plan tan retorcido como sutil? Ni los más sabios podrían decirlo. Aquéllos que conocieron al gran Tergocles hablan de su horror ante la matanza, de su escasa ambición y deseo de paz. Pero son éstas voces alimentadas de su gloria y su grandeza posterior, y nada hay más voluble e incierto que la memoria de los hombres.

Y así, de pronto, el segundón a quien nadie conocía era vitoreado en Queitaris y en Táberis como salvador y hombre justo, merecedor de ceñir la corona imperial. Tergocles rechazó repetidas veces el honor, pero nadie más podía subir al trono sin desatar una guerra civil entre bandos ferozmente enfrentados, de modo que acabó por aceptar y fue ungido como Emperador de Áquiros y soberano de toda Helárissos, el último digno de tal nombre.

Tergocles se sentó en el trono de Queitaris con gran alabanza de un pueblo harto de abusos y caprichos que veía en él una pequeña chispa de esperanza. Pero bajo ese velo de emoción tan ardiente como voluble muy pocos pensaban que aquel insignificante cortesano, que aquel mediocre segundón podría salvar a Áquiros del desastre.

Coronado por un Senado intrigante que le detestaba, rodeado de una Corte henchida de conspiraciones, cuchicheos y deseos de vengar la sangre derramada, con una rebelión abierta en Kemoia y otra a punto de estallar en Alberanir, Tergocles se enfrentaba a una tarea colosal.

Nadie creía realmente en él. Nadie, salvo una mujer misteriosa, nómada, tan sutil como el viento y tan ardiente como el fuego. Nadie, salvo el destino que seguía forjando, implacable, los senderos de los mortales. Nadie, salvo el propio Tergocles Antondeo, cuyo corazón comenzaba a palpitar al son de las leyendas aún por escribir.

Una tormenta terrible se formaba por toda Helárissos, un temporal implacable que habría de azotar la tierra durante varios años. Era el comienzo de las llamadas Guerras Tergoclias, que pondrían a prueba la grandeza de Tergocles, y también la medida de su dolor. Y, sin embargo, en medio de la oscuridad que se cernía sobre Helárissos, los árboles de Queitaris comenzaban a florecer de nuevo, y su verdor volvió a teñir de anhelos las calles milenarias de la Ciudad Eterna.”

Subödai u-Xiúr

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