18 jul. 2016

La Historia de Queitaris (VI): El ocaso de Áquiros.

He aquí un nuevo capítulo de la historia de Queitaris, de la mano del ínclito Subödai. En esta nueva entrada se narra el final de la historia de Tergocles Antodeo, sus últimas hazañas y pesares. Con su muerte se puso fin a una larga era de dominio aquíreo, y les llegó el turno a otros pueblos de Helárissos de brillar y reclamar su justo lugar en la historia.

“Y así, con la inesperada proclama de Tergocles desde lo alto del Muro, llegaron los extraños Años de la Partición. Toda Áquiros quedó en manos de un Senado corrupto bajo el liderazgo cada vez más despótico de Ecnérides Voreo, quien, en su creciente soberbia, se hacía llamar “El Deseado”. Queitaris quedó aislada tras sus inexpugnables defensas, protegida por el Muro de Tergocles, su flota y su habilidosa diplomacia.

Fueron tiempos extraños en la Ciudad Eterna, tiempos de aislamiento y cautela, pero también de prosperidad y emoción, tiempos que alumbraron un sentimiento cada vez mayor de independencia y cultura propia. Pues, por primera vez desde los años antiguos, Queitaris se gobernaba a sí misma, libre de los caprichos y las ambiciones de otros pueblos.

Durante un tiempo reinó una paz vigilante entre Queitaris y Áquiros. Ecnérides y sus adláteres trataron en varias ocasiones de quebrar las defensas de la Ciudad Eterna, por la fuerza y mediante traición, pero todas sus intrigas fueron desbaratadas y sólo provocaron un inútil derramamiento de sangre.

El Senado también trató de hacer regresar a las guarniciones de las provincias para fortalecer su poder, pero la última orden de Tergocles seguía vigente y los legados en Kemoia, en Alberanir y en la Marca se negaron a abandonar sus puestos, conscientes de que sólo la presencia de las legiones mantenía la paz y el dominio de Áquiros sobre los pueblos conquistados. Al final los senadores se vieron obligados a desistir, ya que no tenían medios para castigar la desobediencia de las tropas. Cuentan las crónicas de la época que Ecnérides redobló la virulencia de sus invectivas contra Tergocles, pues veía que el poder que tan fácilmente había conseguido se le escurría de entre las manos como agua.

Mientras Ecnérides y sus esbirros trataban de asentar su dominio, Tergocles se dedicó en cuerpo y alma a embellecer y mejorar Queitaris. Se acometieron grandes obras urbanas y se promulgaron varias leyes que aún hoy siguen vigentes, y a pesar del aislamiento el comercio no dejó de florecer a través de los acuerdos que Tergocles logró firmar con Punnaq y con el Concejo de la Confederación de Puertos.

Pero Tergocles, a pesar de las apariencias, no se había olvidado del resto de Áquiros, y mantenía espías en Táberis y en otras ciudades. A través de estos agentes supo que sus palabras sobre el Muro habían agitado las conciencias de muchos aquíreos recelosos del dominio imperial, y que la creciente tiranía de Ecnérides comenzaba a levantar ampollas entre la misma población que le había aupado al poder.

Así transcurrieron unos pocos años convulsos. El auto-proclamado Cónsul Supremo se había convertido, salvo por su título, en una amalgama de los peores monarcas de la historia imperial, y en su inagotable soberbia ambicionaba la gloria militar de los antiguos líderes. Dicen quienes le acompañaron en esa época que no dejaba de soñar con el dominio sobre toda Helárissos, y peroraba sobre la multitud de pueblos que se arrodillarían ante sus tropas.

Ahíto de su propia arrogancia, Ecnérides se decidió a lanzar una campaña de conquistas. Con Kemoia y Alberanir todavía sometidas (y no por él, cosa que le amargaba sobremanera), Voreo puso sus ojos sedientos de victoria en el oeste y el norte: Las tierras más occidentales de la Marca, todavía independientes, y las provincias bárbaras septentrionales: Samatea, Garonar y Firnea.

Sin duda parecían premios menores, pues se trataba de tierras poco pobladas, hogar de tribus bárbaras y pueblos nómadas. Pero Ecnérides no se dejó amilanar por tales argumentos y ordenó armar un ejército numeroso, formado por contingentes mercenarios y levas de ciudadanos. En cuanto todo estuvo listo, lo dividió en dos cuerpos y envió uno a la Marca y otro al Norte entre graves proclamas y fastos victoriosos. Dicen las malas lenguas que, cuando Tergocles supo de todo esto, sonrió, pues adivinaba lo que iba a ocurrir.

En la Marca, tras unos primeros ataques sencillos y un avance sin demasiadas complicaciones, las tropas de Ecnérides se vieron apabulladas por la ferocidad, la estrategia guerrillera y la astucia de los “incivilizados” marquíes. Varios cuerpos de mercenarios, como las Manos de Acero, fueron aniquilados, y otros como las Guardianas de Hacra sufrieron muchas pérdidas y renegaron de Ecnérides, a quien aborrecían. Entre las eruditas de la Orden se dice que fue entonces cuando adoptaron la falcata como arma característica, tras haber sufrido en sus propias carnes su brutal eficacia en manos de los marquíes.

En el norte las cosas no fueron mejor para las tropas del déspota. Aunque las tribus bárbaras no eran rivales tan terribles como los marquíes, la propia tierra fría, estéril y oscura causó centenares de bajas aquíreas. Entre uno y otro conflicto se perdieron miles de vidas durante casi dos años. Para cuando Ecnérides cedió y abandonó sus fútiles planes de conquista, se había quedado sin apenas tropas leales, y con un pueblo cada vez más harto de su tiranía. Incluso entre sus esbirros comenzaban a pesar demasiado sus locuras y arbitrariedades. Ecnérides respondió con brutales purgas y ajusticiamientos que no hicieron sino exacerbar aún más los ánimos.

No pasaron muchos meses antes de que estallara una rebelión general por toda Áquiros, y al mismo tiempo el Muro de Tergocles se abrió por primera vez en años y la legión kemonisea avanzó hacia Táberis. A la cabeza cabalgaba en propio Tergocles, aclamado por el mismo pueblo que no tanto tiempo atrás había protestado contra él. ¿Qué pensamientos rumió Tergocles mientras marchaba entre vítores y muestras de lealtad? Sólo los Dioses lo saben, pero se cuenta que sus ojos miraban con tristeza, y su sonrisa era una mueca amarga.

Todo el poder de Ecnérides Voreo y sus acólitos se derrumbó en un suspiro, sin apenas violencia. Aunque algunos senadores fueron linchados por la masa enfurecida, la mayoría fueron capturados y juzgados por Tergocles, quien les dispensó un trato firme pero compasivo. Ecnérides, en cambio, se libró del escarnio público y de la vergüenza de someterse a su odiado rival al arrojarse desde lo alto de la cúpula del Senado antes de que lo prendiera una escuadra de guardianas.

Y así Áquiros quedó reunificado de nuevo, pero sólo por un instante, pues a pesar del apoyo popular para que volviera a asumir el trono imperial, Tergocles era esclavo de sus palabras, y así lo hizo saber a sus allegados: ‘El Imperio está muerto, como dije. Muerto de podredumbre y tiranía. Aunque estos falsos senadores cayeron en el mismo mal, sus razones eran ciertas al principio. Áquiros debe volver a sus orígenes bajo un Senado justo y legítimo, o se consumirá entre los estertores de su arrogancia’.

Y con un último gesto que terminó de esculpir su leyenda, Tergocles renunció de nuevo al Imperio y promovió la elección de un nuevo Senado al que entregó la soberanía de Áquiros y el control de todas las legiones. Sólo puso como condición seguir gobernando Queitaris con su fiel legión kemonisea, con la firme promesa de que, tras su muerte, la Ciudad Eterna volvería al Senado, ya que no tenía descendientes que pudieran heredarle. Cuando todo estuvo dispuesto, Tergocles cabalgó de nuevo a su amada Queitaris, buscando por fin un poco de paz y reposo para su espíritu agotado.

Pero los Dioses a menudo son despiadados, y la grandeza sólo puede templarse con dolor y penuria. Todavía le quedaban batallas por librar a Tergocles, y la más terrible le llegó de forma inesperada cuando, según cuentan los cronistas, supo de la muerte de aquella mujer misteriosa cuya sombre le había acompañado durante tantos años. Sólo entonces se supo que su nombre era Larsti, y su pérdida infringió una terrible herida en el corazón de Tergocles.

Más ni siquiera entonces pudo retirarse y dolerse en silencio por su pérdida, porque el último acto de las Guerras Tergoclias se había desatado en las lejanas tierras de Kemoia. Una nueva corriente religiosa, heredera de las proclamas del Profeta contra el que habían combatido años atrás, se había alzado con tal fervor que había derrocado al rey-títere de la Menopdría e impuesto un nuevo monarca ungido por su Dios-Mesías. El nuevo Senado, abrumado por las circunstancias, pidió ayuda a Tergocles.

A regañadientes, éste aceptó el encargo y se puso al frente de las legiones una última vez. A pesar de sus años y su dolor, luchó con gran habilidad y fiereza y, tras meses de combates inciertos, logró una victoria decisiva que contuvo la amenaza, aunque, por primera vez, Áquiros se vio obligado a retroceder y renunciar a buena parte de Kemoia. Sólo así se garantizó la paz, al menos por un tiempo.

Tergocles, herido y agotado, amargado por la pérdida de su leal Sécrato en esta última campaña, regresó lentamente a Queitaris por tierra, atravesando en su periplo la región de Alberanir. Allí, cuentan las leyendas que se reunión con su antiguo enemigo, Föerius. El caudillo alberaní era ya un anciano, pero su sed de libertad no se había saciado. Dicen que Tergocles le convenció para no desatar otra guerra, y la tradición recoge estas palabras del gran Antodeo: ‘Tus hijos serán libres, señores de muchas tierras. Porque yo soy Áquiros, la última estrella del poder de mi pueblo. Cuando muera, su luz se extinguirá conmigo. Es tiempo de otros pueblos y otros astros’.

Sin duda este discurso es apócrifo, pero dicen los eruditos que recoge muy bien el pensamiento de un Tergocles que regresaba a su hogar con el corazón extenuado tras tantos años de tareas ingentes y sinsabores. Cuando llegó por fin a Queitaris, rechazó los fastos y las ceremonias y se encerró en su palacio, y durante días vagó en solitario por las estancias vacías y los senderos de los acantilados. Cuentan que a menudo se detenía bajo los pinos y contemplaba el mar embravecido, una figura enjuta de pelo cano y rostro apagado, apenas una sombra del hombre que había reescrito varias veces la historia de Áquiros y de toda Helárissos.

Sólo un par de viejos confidentes le acompañaban de vez en cuando, y gracias a ellos conocemos algunos retazos de sus últimos pensamientos. Así, durante una de aquellas largas caminatas, Tergocles vio el atardecer sentado a la sombra de una encina, y derramó lágrimas amargas, y con voz quebrada dijo: ‘He ayudado a dar forma a un nuevo mundo. Pero llegada esta hora, no sé si será mejor o peor que el que derribé, más justo o más cruel, más luminoso o más oscuro. Toda mi obra, todos mis desvelos me parecen fútiles ahora. Cuánta sangre, cuánto dolor para tanta incertidumbre.’

Y así, tras unos pocos meses, Tergocles enfermó y murió. Con su último aliento, según cuenta la tradición, pronunció el nombre de Larsti, cuya memoria le había acompañado durante sus últimas horas. Grande fue la pena y el dolor que recorrió Queitaris y toda Áquiros al saberse la noticia, y grandes fueron los fastos de sus exequias, a pesar de que había dejado dispuesto que se le enterrara con humildad. Cuando se hubieron acallado los últimos lamentos y oraciones, Queitaris volvió al redil del Senado, y así Áquiros quedó reunificada una vez más.

Con Tergocles murió el último vestigio del Viejo Imperio. Una nueva época daba comienzo, pero ni los más sabios podían augurar qué aguardaba aguas abajo del incontenible río del tiempo. De lo que no cabe duda es que, para Queitaris, los años de independencia bajo el sabio reinado de Tergocles no cayeron en el olvido, y las semillas de su futuro esplendor habían quedado firmemente sembradas.

Muchos hombres y mujeres han contribuido a labrar los destinos de la Ciudad Eterna, muchos pueblos y muchas culturas han aportado al crisol que la define y corona como reina de las ciudades y verdadero corazón de Helárissos. Pero nadie en la larga cuenta de los siglos ha dejado su impronta en las calles teñidas del verde de los árboles como Tergocles Antodeo, el Gran Constructor, el Último Emperador.”

Subödai u-Xiúr

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