7 ene. 2017

La Historia de Queitaris (VIII): El fin del Ducado y el nacimiento del Foederus.

Con un poco de retraso llega el siguiente capítulo de la historia de Queitaris, donde se narra el auge y la debacle del Gran Ducado Alberaní y los inicios de la Queitaris independiente que se ha convertido en faro de toda Helárissos en la época en la que transcurren las aventuras de Erban y compañía. ¡Ya sólo falta un capítulo para completar estas crónicas queitaris!

"Tras sus conquistas, Aelarus gobernó con justicia y equidad durante veinte años, y muy pronto se empapó del espíritu de Queitaris, de su cultura, del latido de sus calles arboladas. El hombre maduro que gobernaba desde la Ciudad Eterna poco tenía que ver ya con el joven jinete. A su muerte fue enterrado con honores, y los queitari le lloraron como uno más entre los suyos.

Sus sucesores controlaron el Gran Ducado durante cerca de un siglo. Pero el poderío alberaní, fundado exclusivamente sobre las espadas de sus caballeros, era frágil y no estaba destinado a durar mucho. El propio Aelarus ya tuvo que lidiar con algunas revueltas en las ciudades conquistadas, que no se dejaban asimilar por la cultura alberaní, más tosca y primitiva. También tuvo que afrontar algunas sublevaciones de los barones más levantiscos que no aceptaban la primacía de Queitaris. Aelarus supo resolver todos estos problemas gracias a su mano de hierro y su valor, y su hijo gobernó en relativa paz. Fue entonces cuando muchos alberaníes se asentaron en Queitaris y dejaron su impronta, que se mezcló rápidamente con las huellas de tantos otros pueblos y contribuyó a crear ese carácter propio, esa cultura que no era aquírea ni punneq ni marquisa ni alberaní, sino genuinamente queitari.

El reinado de los siguientes duques, en cambio, fue por regla general tumultuoso. Cuando no se enfrentaban con sus propios barones por una de tantas disputas feudales, tan comunes en aquel pueblo belicoso y orgulloso, se enfangaban en la compleja red de intereses y facciones que siempre han caracterizado a las populosas ciudades aquíreas, tan diferentes de las pequeñas aldeas y poblados de las montañas. Por si eso no bastara, el tercer duque se enfrascó en una larga guerra contra el Fad de Kemoia que acabó en tablas y obligó a los alberaníes a liberar las franjas norteñas de Kemoia que Aelarus había conquistado tras su victoria contra los fanáticos.

Y así por fin llegó también para el Gran Ducado la inevitable hora de la decadencia. El sexto duque reinante, Barlais, era un hombre débil de carácter y tan enamorado de Queitaris que vivía de espaldas a los asuntos de Alberanir, rechazando por completo un legado que todos sus antecesores, incluso aquéllos más influidos por la cultura queitari, se habían preocupado de conocer y respetar. Pronto surgió una fuerte oposición contra Barlais en las montañas y varios barones poderosos se sublevaron contra un duque al que consideraban extranjero y traidor. Por las mismas fechas se inflamó también la disidencia en varias ciudades aquíreas bajo control alberaní. Los disturbios no tardaron en tornarse rebelión abierta en Coszio, gracias al oro de la Confederación de Puertos, que siempre había tenido una relación cuanto menos tirante con los duques.

La situación fue agravándose paulatinamente sin que Barlais se mostrase capaz, o tan siquiera interesado, en resolverla. Tras varios meses de conflicto latente, un barón llamado Gaëris se hizo coronar duque en Berstad con el apoyo de la asamblea de barones. Sólo entonces Barlais se decidió a convocar a sus mesnadas y cabalgó hacia Alberanir para combatir al usurpador, dejando apenas una guarnición simbólica a sus espaldas para mantener el orden en Áquiros y Queitaris.

Mientras los dos duques guerreaban en las montañas, la rebelión en el Áquiros conquistado se agravó, aunque no contaba con ningún liderazgo claro. En las ciudades más occidentales el Senado de Táberis encabezó las revueltas y recuperó el control de buena parte de su antiguo territorio, mientras que en el este y el sur cundió el caos, con enfrentamientos a varias bandas entre las diversa facciones rebeldes y las guarniciones alberaníes.

¿Y qué ocurría mientras tanto en Queitaris? La Ciudad Eterna, como es habitual, siguió su propio rumbo al margen del resto del mundo, y se libró de la anarquía y el descontento que asolaban Áquiros. La guarnición que mantenía el orden estaba formada íntegramente por soldados queitaris (una costumbre que habían adoptado varios duques) lo cual evitó disturbios pero también socavó aún más el dominio alberaní, ya que en cuanto Barlais se marchó con sus caballeros, los magnates queitaris expulsaron a los regentes alberaníes y declararon la independencia de Queitaris. Una asamblea de notables tomó el poder, formada por personas de todo origen y cultura, si bien en su mayoría eran mestizos de varias generaciones, auténticos hijos de Queitaris.

Así nació la Eclessía, la Voz del Pueblo de Queitaris. Aunque su origen fue tumultuoso y sus primeros años difíciles, en verdad era ya muy similar a la asamblea que nos gobierna ahora con sabiduría y justicia. Bajo la advocación de la sagrada memoria de Tergocles Antodeo, la Eclessía proclamó a Queitaris como polis independiente y escogió al primer Pritán, un filósofo con reputación de rectitud y honestidad llamado Parnicles Orneo.

Fue Parnicles quien, desde el estrado que aún hoy se alza junto a la Cámara de la Eclessía, ante la ciudadanía allí congregada, pronunció unas palabras que han resonado durante siglos en los corazones de todo queitari de bien:

‘Nunca más un señor extranjero dictará nuestros destinos, sea aquíreo, alberaní o punneq. Queitaris es desde hoy libre, ¡libre para forjar su propio futuro! En vuestras manos, conciudadanos, está el poder para decidir qué será de nosotros de ahora en adelante. Una nueva era comienza hoy. ¡Alegraos, queitaris, pues nos pertenece a todos nosotros!

Para cualquiera que se emocione con el estudio de la historia, pocos instantes en los largos siglos de Helárissos brillan con mayor esplendor que aquella gloriosa jornada. A Queitaris le aguardaban todavía años oscuros por delante, guerras y miseria, pero también gloria y esplendor. Y en definitiva, ¿acaso vislumbrar la oscuridad que empaña el sendero a nuestros pies nos impediría seguir caminando, siempre hacia delante, sin echar la vista atrás?

Y mientras Queitaris escribía un nuevo capítulo de su historia, una guerra fratricida asolaba Alberanir. Muchas batallas se libraron al pie de las montañas y en los pasos de las tierras altas, hasta que por fin Barlais se impuso, mató al usurpador y reclamó de nuevo el control de su patria ancestral, la misma que durante tantos años había ignorado y despreciado.

Pero en su victoria se vislumbraba una derrota aún mayor, ya que había perdido Queitaris, y el Senado de Táberis controlaba ya más de la mitad del territorio aquíreo, si bien todavía con dificultades y revueltas. En la región más oriental reinaba el caos, y el gran puerto de Coszio se desangraba en una terrible guerra civil. El Gran Ducado de Aelarus se había deshilachado como una sábana vieja y raída.

Barlais se encontraba en una posición muy incómoda, pero todavía contaba con un ejército poderoso, y una vez pacificada Alberanir, se dispuso a reconquistar su Imperio. Tras asentar su posición en las montañas, reunió a sus caballeros y marchó de nuevo hacia el oeste. Pero el Senado no estaba dispuesto a ceder terreno, y las huestes senatoriales le plantaron cara en medio del desorden que reinaba en las ciudades más orientales de Áquiros.

La guerra que siguió fue terrible, pródiga en matanzas y abusos, hasta el punto que muchos entonces creyeron que los Dioses les habían abandonado y el mundo se precipitaba a su final. No era así, es cierto, ¿pero cómo culparles? Empujado por el odio, el hombre es capaz de atrocidades sin fin, y es harto difícil conservar la esperanza mientras la sangre derramada amenaza con asfixiarte.

Tanta muerte y tanto horror acabó resultando estéril, como suele suceder. Amenazado por nuevas revueltas de los barones levantiscos, Barlais se vio obligado a ceder y regresar a Alberanir a riesgo de perderlo todo. El Senado no pudo aprovecharse de la retirada alberaní, ya que se enfrentaba a sus propias revueltas. Áquiros estaba devastada y ahíta de sangre, y la guerra terminó por agotamiento de ambos bandos.

Así terminó la hegemonía alberaní de Helárissos. Barlais todavía reinó como duque unos pocos años convulsos, y sus sucesores estuvieron demasiado ocupados lidiando con guerras entre nobles y disputas feudales como para pensar en iniciar nuevas guerras de conquista. Tal vez, en otras circunstancias, Áquiros podría haber tomado el relevo y recuperar su papel como potencia dominante, pero su poderío se había derrumbado por completo. A duras penas pudo el Senado restablecer el orden y reafirmar su autoridad sobre ciudades empobrecidas y señoríos asolados.

Y fue entonces, en medio de tan incierta situación, cuando la nueva Queitaris independiente comenzó a despuntar. La ciudad, ya de por sí próspera, se había librado de los terribles conflictos de los últimos años y, bajo la sabía guía de Parnicles y la Eclessía, crecía y mutaba en algo nuevo, una mezcla insólita que bebía de todas las tradiciones que alguna vez se habían aposentado en la ciudad en su larga y sorprendente historia. La Polis abrazó la tradición comercial de Punnaq, la compleja cultura legal y judicial aquírea, la audacia y el sentido del honor alberaní, la laboriosidad kemoní, y quién sabe cuántas otras costumbres y visiones del mundo, y las fundió en su crisol de razas y pueblos.

En medio de un mundo sin grandes poderes, sin generales ambiciosos ni héroes invencibles, sin países en expansión ni imperios en su apogeo, la luz de Queitaris resplandeció como nunca lo había hecho hasta entonces, ni siquiera en tiempos de Tergocles Antodeo. Ya no era la perla de los grandes imperios del pasado, ni el trono dorado de los señores de Helárissos. Era una joya en sí misma, una ciudad populosísima, floreciente, centro de comercio e inexpugnable en su posición privilegiada, punto neurálgico de las rutas del Mesogeis y depositaria de una historia milenaria.

Y por si todo esto no fuera poco, Queitaris era un lugar sagrado, pues allí se había forjado la mítica Alianza entre los Dioses Antiguos y el hombre primitivo, el Cognós indescifrable. Aún hoy muchos sacuden la cabeza con escepticismo o ríen ante tales cuentos, pero este mito está muy arraigado en el corazón de cada hombre y mujer de Helárissos, y contribuye aún más a engrandecer el aura mítica de Queitaris.

Y así, haciendo gala de tal esplendor entre las ruinas de guerras atroces, había llegado por fin la hora de Queitaris para ocupar su legítimo lugar como señora de toda Helárissos, verdadera Ciudad Eterna y Sagrada. Pero, haciendo honor a su carácter singular, Queitaris no afianzaría su poder por medio de las armas como los imperios de antaño, sino recurriendo a medios más sutiles y, sin embargo, más duraderos. Se acercaba la Era del Foederus, el Solemne Tratado. Se acercaba la Edad de los Arcontes.”

Subödai u-Xiúr

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